Fue en vano que mirara a mi alrededor; en vano que viera el mobiliario decente y las altas proporciones de mi habitación en la plaza; en vano que reconociera el estampado de las cortinas de la cama y el diseño del marco de caoba; algo seguía insistiendo en que no estaba donde estaba, en que no me había despertado donde parecía estar, sino en la pequeña habitación del Soho donde solía dormir en el cuerpo de Edward Hyde. Me sonreí a mí mismo y, a mi manera psicológica, comencé a indagar perezosamente en los elementos de esta ilusión, recayendo de vez en tanto, incluso mientras lo hacía, en una placentera modorra matutina. Aún estaba enfrascado en ello cuando, en uno de mis momentos de mayor lucidez, mis ojos se posaron en mi mano. Pues bien, la mano de Henry Jekyll (como a menudo has observado) era de forma y tamaño profesionales: era grande, firme, blanca y agraciada. Pero la mano que ahora veía, con toda claridad, a la luz amarillenta de una mañana en el centro de Londres, tendida a medio cerrar sobre las sábanas, era flaca, correosa, nudosa, de una palidez cetrina y poblada de una oscura capa de vello. Era la mano de Edward Hyde.
Debí de quedarme mirándolo durante casi medio minuto, sumido como estaba en la pura estupidez del asombro, antes de que el terror se despertara en mi pecho tan súbito y estridente como un golpe de platillos; y, saltando de la cama, corrí hacia el espejo. Ante la visión que salió al encuentro de mis ojos, mi sangre se mudó en algo exquisitamente tenue y helado. Sí, me había acostado siendo Henry Jekyll, me había despertado siendo Edward Hyde. ¿Cómo iba a explicarse esto?, me pregunté; y luego, con un nuevo salto de terror, ¿cómo iba a remediarse? Ya era bien entrada la mañana; los criados estaban levantados; todos mis medicamentos estaban en el armario —un largo trayecto bajando dos