El lado maligno de mi naturaleza, al que ahora había transferido la eficacia moldeadora, era menos robusto y menos desarrollado que el bueno que acababa de deponer. Además, en el transcurso de mi vida, que había sido, después de todo, en sus nueve décimas partes una vida de esfuerzo, virtud y control, había sido mucho menos ejercitado y mucho menos agotado. Y de ahí, según creo, provino que Edward Hyde fuera tanto más pequeño, esbelto y joven que Henry Jekyll. Del mismo modo que el bien resplandecía en el rostro del uno, el mal estaba escrita amplia y claramente en la cara del otro. El mal además (el cual sigo creyendo que es el lado letal del hombre) había dejado en ese cuerpo una impronta de deformidad y decadencia. Y sin embargo, cuando contemplaba a aquel ídolo feo en el espejo, no sentía repugnancia alguna, sino más bien un salto de bienvenida. Esto también era yo mismo. Parecía natural y humano. A mis ojos llevaba una imagen más viva del espíritu, parecía más expresivo y singular que el rostro imperfecto y dividido al que hasta entonces había estado acostumbrado a llamar mío. Y en esa medida indudablemente tenía razón. He observado que, cuando vestía la apariencia de Edward Hyde, nadie podía acercarse a mí por primera vez sin un visible recelo de la carne. Esto, según entiendo, se debía a que todos los seres humanos, tal como los encontramos, están mezclados de bien y de mal: y Edward Hyde, solo en las filas de la humanidad, era el mal puro.
Me detuve solo un instante ante el espejo: aún faltaba por intentar el segundo y definitivo experimento; aún quedaba por ver si había perdido mi identidad sin remisión y debía huir antes del amanecer de una casa que ya no era mía; y apresurándome a volver a mi gabinete, una vez más preparé y bebí el cáliz, una vez más sufrí las punzadas de la disolución, y volví a mí una vez más con el carácter, la estatura y el rostro de Henry Jekyll.