tramos de escalera, a través del pasillo trasero, cruzando el patio abierto y atravesando el anfiteatro anatómico, desde donde yo me hallaba entonces petrificado por el horror. Ciertamente, cabría la posibilidad de cubrirme la cara; pero ¿de qué servía eso si era incapaz de ocultar la alteración de mi estatura? Y entonces, con una abrumadora dulzura de alivio, vino a mi mente el recuerdo de que los criados ya estaban acostumbrados a las idas y venidas de mi segundo «yo». No tardé en vestirme, tan bien como pude, con ropas de mi propia talla; no tardé en atravesar la casa, donde Bradshaw se quedó mirándome fijamente y retrocedió al ver al señor Hyde a semejante hora y con tan extraña indumentaria; y diez minutos más tarde, el doctor Jekyll había recuperado su propia forma y se sentaba, con el ceño fruncido, a fingir que desayunaba.
Muy pequeño era en verdad mi apetito. Este inexplicable incidente, esta inversión de mi experiencia previa, parecía, como el dedo babilónico en la pared, estar deletreando las letras de mi condena; y comencé a reflexionar con más seriedad que nunca antes sobre los asuntos y las posibilidades de mi doble existencia.
Aquel aspecto de mí mismo que tenía el poder de proyectar había sido recientemente muy ejercitado y nutrido; me había parecido últimamente como si el cuerpo de Edward Hyde hubiera crecido en estatura, como si (cuando vestía esa forma) fuera consciente de un torrente de sangre más generoso; y comencé a vislumbrar el peligro de que, si esto se prolongaba mucho, el equilibrio de mi naturaleza pudiera alterarse permanentemente, el poder de la transformación voluntaria se perdiera y la personalidad de Edward Hyde se volviera irrevocablemente mía.
El poder de la droga no se había manifestado siempre con la misma intensidad.