vistazo al aparato. Miren también la mesa y convéncense de que no hay ningún truco. No quiero destruir este modelo para que luego me llamen farsante.
Hubo una pausa de un minuto tal vez. El Psicólogo pareció dispuesto a hablarme, pero cambió de idea.
Luego el Viajero del Tiempo avanzó el dedo hacia la palanca. «No —dijo de pronto—. Dame la mano».
Y, volviéndose hacia el Psicólogo, tomó la mano de este individuo en la suya y le indicó que extendiera el dedo índice. De modo que fue el propio Psicólogo quien puso en marcha la diminuta Máquina del Tiempo en su viaje interminable.
Todos vimos girar la palanca. Estoy absolutamente seguro de que no hubo ningún truco.
Se sintió una ráfaga de aire y la llama de la lámpara dio un salto. Una de las velas de la chimenea se apagó, y la pequeña máquina giró de repente, se volvió borrosa, se dejó ver como un fantasma quizá durante un segundo, como un remolino de bronce y marfil tenuemente brillantes; ¡y se fue—desapareció!
A excepción de la lámpara, la mesa estaba vacía.