“Desde la cresta de la siguiente colina vi un bosque espeso que se extendía amplio y negro ante mí. Vacilé ante esto. No le veía fin, ni a la derecha ni a la izquierda. Sintiéndome cansado —los pies, en particular, me dolían mucho— bajé con cuidado a Weena de mi hombro al detenerne, y me senté sobre el césped. Ya no podía ver el Palacio de Porcelana Verde, y dudaba de mi dirección. Miré hacia la espesura del bosque y pensé en lo que podría ocultar. Bajo ese denso enredo de ramas uno quedaría fuera de la vista de las estrellas. Aun de no haber ningún otro peligro oculto —un peligro en el que no me importaba dejar suelta a mi imaginación—, todavía estarían todas las raíces con las que tropezar y los troncos contra los que chocar.
«Yo también estaba muy cansado después de las emociones del día, así que decidí no enfrentarme a ello, sino pasar la noche en lo alto de la colina».
“Weena, me alegró encontrarla, estaba profundamente dormida. La envolví con cuidado en mi chaqueta y me senté junto a ella a esperar la salida de la luna.
La ladera estaba tranquila y desierta, pero de la negrura del bosque surgía de vez en cuando el rumor de seres vivos.
Sobre mí brillaban las estrellas, pues la noche estaba muy despejada. Sentí una cierta sensación de amable consuelo en su titilar. Sin embargo, todas las viejas constelaciones habían desaparecido del cielo: aquel lento movimiento, imperceptible en cien vidas humanas, hacía tiempo que las había reordenado en agrupaciones desconocidas.
Pero la Vía Láctea, según me pareció, seguía siendo la misma serpentina desgarrada de polvo estelar de antaño. Hacia el sur (a mi juicio) había una estrella roja muy brillante que era nueva para mí; era incluso más espléndida que nuestro propio Sirius verde. Y entre todos estos centelleantes puntos de luz, un planeta brillante brillaba amigable y firmemente como el rostro de un viejo amigo.