explicación era aquel en el que pudieran estar seguros de no ser ni interrumpidos ni oídos por nadie. «Nos hallamos ante una crisis grave en nuestros asuntos, Percival —dijo—, y si hemos de tomar alguna decisión sobre el futuro, debemos decidirlo en secreto esta noche». Aquella frase del conde fue la primera que mi atención estuvo dispuesta a captar exactamente tal como fue pronunciada. A partir de ese momento, con ciertas pausas e interrupciones, todo mi interés se fijó sin aliento en la conversación y la seguí palabra por palabra. —¿Crisis? —repitió Sir Percival—. Es una crisis peor de lo que te piensas, te lo aseguro. —Eso supongo, a juzgar por tu comportamiento en el último día o dos —replicó el otro con frialdad—. Pero espera un poco. Antes de avanzar hacia lo que desconozco, estemos bien seguros de lo que conozco. Veamos primero si estoy en lo cierto respecto al tiempo pasado, antes de hacerte ninguna propuesta para el tiempo futuro. —Espera a que traiga el brandy con agua. Sírvete tú también. —Gracias, Percival. El agua fría con mucho gusto, una cucharilla y el azucarero. Eau sucrée , amigo mío, nada más. —¡Agua con azúcar para un hombre de tu edad! ¡Toma! Prepárate tu pócima empalagosa. Los extranjeros sois todos iguales. —Escucha ahora, Percival. Te voy a exponer nuestra postura claramente, tal como la entiendo, y tú dirás si tengo razón o no. Tú y yo regresamos a esta casa desde el continente con nuestros asuntos muy seriamente embarazados... —¡Déjate de rodeos! Yo necesitaba unos miles y tú unos cientos, y sin el dinero ambos íbamos directos a
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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