La eugenesia fortalece el sentido del deber social en tantos aspectos importantes que las conclusiones derivadas de su estudio deberían encontrar una acogida favorable en toda religión tolerante. Promueve una filantropía clarividente, la aceptación de la paternidad como una seria responsabilidad y una concepción más elevada del patriotismo. El credo de la eugenesia se funda en la idea de la evolución; no en una forma pasiva de esta, sino en una que puede hasta cierto punto dirigir su propio curso.
Puramente pasiva, o lo que puede denominarse evolución mecánica, despliega el espectáculo imponente de un vasto torbellino de agitaciones orgánicas, que se origina no sabemos cómo, y avanza hacia donde no sabemos.
Forma un todo continuo de principio a fin, extendiéndose hacia atrás más allá de nuestro conocimiento más temprano y estendiéndose hacia adelante tanto como creemos poder prever. Pero está moldeada por procesos ciegos y derrochadores, a saber, por una producción extravagante de materia prima y el rechazo despiadado de todo lo superfluo, a través de los torpes pasos de la prueba y el error.
La condición en cada momento sucesivo de este enorme sistema, tal como emerge del pasado ya tranquilo y está a punto de invadir el futuro aún por perturbar, es de una violenta conmoción interna. Sus elementos se encuentran en constante flujo y cambio, aunque su forma general apenas se altera con lentitud. A este respecto se parece a la curiosa corriente de nube que a veces parece adherida a la cima de una montaña durante la persistencia de una brisa fuerte; sus componentes cambian siempre, aunque su forma en conjunto apenas varía.
La evolución es en cualquier caso una gran fantasmagoría, pero adquiere un aspecto infinitamente más interesante bajo el conocimiento de que la acción inteligente de la voluntad humana es capaz, en pequeña medida, de guiar su curso.
El hombre tiene el poder de hacer esto en gran medida en lo que respecta a la evolución de la humanidad; ya ha afectado la calidad y distribución de la vida orgánica de manera tan amplia que los cambios en la superficie de la tierra, meramente a través de sus deforestaciones y su agricultura, serían reconocibles desde una distancia tan grande como la de la luna.
En cuanto al aspecto práctico de la eugenesia, no necesitamos detenernos a reabrir la interminable discusión sobre si el hombre posee o no algún poder creativo de voluntad, o si su voluntad no está también predeterminada por fuerzas ciegas o por agencias inteligentes tras el velo, y si la creencia de que el hombre puede actuar de forma independiente es algo más que una mera ilusión. Esto importa poco en la práctica, porque los hombres, sean fatalistas o no, trabajan con igual vigor siempre que perciben que tienen el poder de actuar con eficacia.
La creencia eugénica amplía la función de la filantropía hacia las generaciones futuras, hace que su acción sea más omnipresente que hasta ahora, al ocuparse de las familias y de las sociedades en su totalidad, y refuerza la importancia del pacto matrimonial al dirigir una atención seria hacia la calidad probable de la descendencia futura.
Prohíbe severamente todas las formas de caridad sentimental que sean nocivas para la raza, al tiempo que busca con ahínco oportunidades para actos de bondad personal, como cierta compensación por la pérdida de aquello que prohíbe.
Pone de relieve el vínculo de parentesco y fomenta firmemente el amor y el interés por la familia y la raza. En resumen, la eugenesia es un credo viril, lleno de esperanza, que apela a muchos de los sentimientos más nobles de nuestra naturaleza.