CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/On LibertyPublic
EspañolEnglish
Página 12 de 14
Table of Contents

III. De la individualidad, como uno de los elementos del bienestar

De la individualidad, como uno de los elementos del bienestar

Siendo tales los motivos que hacen imperativo que los seres humanos gocen de libertad para formar opiniones y para expresarlas sin reservas; y tales las nefastas consecuencias para la naturaleza intelectual, y a través de ella para la naturaleza moral del hombre, a menos que esta libertad sea concedida, o afirmada a pesar de la prohibición; examinemos a continuación si esas mismas razones no exigen que los hombres sean libres de actuar según sus opiniones —de llevarlas a la práctica en sus vidas, sin impedimento, ya sea físico o moral, por parte de sus semejantes, siempre que sea bajo su propio riesgo y peligro.

Esta última salvedad es por supuesto indispensable. Nadie pretende que las acciones deban ser tan libres como las opiniones.

Por el contrario, incluso las opiniones pierden su inmunidad cuando las circunstancias en las que se expresan son tales que constituyen su expresión una instigación positiva a algún acto pernicioso.

Una opinión de que los comerciantes de grano son los que hambrientan a los pobres, o de que la propiedad privada es un robo, debe ser tolerada cuando se circula simplemente por la prensa, pero puede incurrir justamente en castigo cuando se pronuncia oralmente ante una muchedumbre enardecida congregada frente a la casa de un comerciante de grano, o cuando se reparte entre la misma muchedumbre en forma de pancarta.

Los actos de cualquier clase que, sin causa justificada, perjudican a los demás pueden ser —y en los casos más importantes requieren absolutamente ser— controlados por los sentimientos desfavorables y, cuando sea necesario, por la intervención activa de la humanidad.

La libertad del individuo debe ser limitada hasta este punto: no debe convertirse en una molestia para las otras personas.

Pero si se abstiene de molestar a los demás en lo que les concierne, y actúa meramente según su propia inclinación y juicio en cosas que le conciernen a él mismo, las mismas razones que demuestran que la opinión debe ser libre demuestran también que se le debe permitir, sin molestia alguna, llevar sus opiniones a la práctica bajo su propio riesgo.

Que la humanidad no es infalible; que sus verdades, en su mayor parte, son solo verdades a medias; que la unidad de opinión, a menos que resulte de la más completa y libre comparación de opiniones opuestas, no es deseable, y que la diversidad no es un mal, sino un bien, hasta que la humanidad sea mucho más capaz que en la actualidad de reconocer todos los aspectos de la verdad, son principios aplicables a los modos de acción de los hombres, ni más ni menos que a sus opiniones.

Así como es útil que, mientras la humanidad sea imperfecta, existan diferentes opiniones, también lo es que haya diferentes experimentos de vida; que se dé vía libre a las variedades de carácter, siempre que no perjudiquen a los demás; y que el valor de los diferentes modos de vida se pruebe de manera práctica, cuando alguien crea conveniente probarlos.

Es deseable, en resumen, que en las cosas que no conciernen primariamente a los demás, la individualidad deba afirmarse. Donde no es el carácter propio de la persona, sino las tradiciones o costumbres de otras personas la regla de conducta, falta uno de los ingredientes principales de la felicidad humana, y casi el ingrediente principal del progreso individual y social.

En el mantenimiento de este principio, la mayor dificultad que ha de encontrarse no radica en la apreciación de los medios para un fin reconocido, sino en la indiferencia de las personas en general hacia el fin en sí mismo.

Si se sintiera que el libre desarrollo de la individualidad es uno de los elementos esenciales principales del bienestar; que no es solo un elemento coordinado con todo lo que se designa con los términos civilización, instrucción, educación, cultura, sino que es en sí mismo una parte y condición necesaria de todas esas cosas; no habría peligro de que la libertad fuera desvalorizada, y el ajuste de los límites entre ella y el control social no presentaría ninguna dificultad extraordinaria.

Pero el mal es que la espontaneidad individual apenas es reconocida por los modos comunes de pensar como poseedora de algún valor intrínseco, o como merecedora de alguna consideración por sí misma.

La mayoría, al estar satisfecha con las costumbres de la humanidad tal como son ahora (pues son ellos quienes las hacen como son), no puede comprender por qué esas costumbres no habrían de ser lo suficientemente buenas para todos; y lo que es más, la espontaneidad no forma parte del ideal de la mayoría de los reformadores morales y sociales, sino que más bien se la mira con recelo, como un obstáculo molesto y tal vez rebelde para la aceptación general de lo que estos reformadores, según su propio juicio, piensan que sería lo mejor para la humanidad.

Pocas personas, fuera de Alemania, comprenden siquiera el significado de la doctrina que Wilhelm von Humboldt, tan eminente como sabio y como político, hizo objeto de un tratado: que «el fin del hombre, o aquello que le prescriben los dictados eternos e inmutables de la razón, y no lo que le sugieren los deseos vagos y transitorios, es el desarrollo más alto y armonioso de sus facultades para formar un todo completo y coherente»; que, por lo tanto, el objetivo «hacia el cual todo ser humano debe dirigir incesantemente sus esfuerzos, y sobre el cual deben fijar los ojos especialmente aquellos que se proponen influir en sus semejantes, es la individualidad de la fuerza y del desarrollo»; que para ello se requieren dos cosas: «libertad y variedad de situaciones»; y que de la unión de estas surgen «el vigor individual y la múltiple diversidad», que se combinan en «la originalidad».

Por poco acostumbradas que estén, sin embargo, las personas a una doctrina como la de Von Humboldt, y por mucho que les sorprenda ver que se le concede un valor tan alto a la individualidad, la cuestión, hay que pensar no obstante, solo puede ser de grado.

La idea que nadie tiene sobre la excelencia en la conducta es que las personas no deban hacer absolutamente nada más que copiarse unas a otras. Nadie afirmaría que los seres humanos no debieran plasmar en su modo de vida, y en la gestión de sus asuntos, impronta alguna de su propio juicio o de su propio carácter individual.

Por otra parte, sería absurdo pretender que la gente deba vivir como si no se hubiera sabido absolutamente nada en el mundo antes de su llegada; como si la experiencia no hubiera hecho todavía nada para demostrar que un modo de existencia, o de conducta, es preferible a otro.

Nadie niega que a las personas se las deba enseñar y educar en su juventud de modo que conozcan y se beneficien de los resultados comprobados de la experiencia humana. Pero es privilegio y condición propia de un ser humano, una vez alcanzada la madurez de sus facultades, usar e interpretar la experiencia a su manera. A él le corresponde averiguar qué parte de la experiencia registrada es aplicable de manera adecuada a sus propias circunstancias y carácter.

Las tradiciones y costumbres de otros pueblos son, hasta cierto punto, testimonio de lo que su experiencia les ha enseñado; testimonio presuntivo y, como tal, digno de respeto: pero, en primer lugar, puede que su experiencia haya sido demasiado limitada, o que no la hayan interpretado correctamente. En segundo lugar, su interpretación de la experiencia puede ser correcta, pero inadecuada para él. Las costumbres están hechas para circunstancias habituales y caracteres habituales: y es posible que sus circunstancias o su carácter no sean habituales. En tercer lugar, aunque las costumbres sean buenas en sí mismas y adecuadas para él, someterse a la costumbre meramente por ser costumbre no educa ni desarrolla en él ninguna de las cualidades que constituyen el distintivo del ser humano.

Las facultades humanas de percepción, juicio, sentimiento discriminativo, actividad mental e incluso preferencia moral, solo se ejercitan mediante la realización de una elección.

Aquel que hace algo porque es costumbre, no hace ninguna elección. No adquiere práctica ni en discernir ni en desear lo que es mejor.

Las facultades mentales y morales, al igual que las potencias musculares, solo mejoran al ser utilizadas. Las facultades no se ponen en ejercicio al hacer una cosa meramente porque los demás la hacen, ni más ni menos que al creer en algo solo porque los demás creen en ello.

Si los fundamentos de una opinión no son concluyentes para la propia razón de la persona, su razón no puede fortalecerse, sino que es probable que se debilite al adoptarla; y si los incentivos para un acto no son tales que concuerden con sus propios sentimientos y carácter (cuando no están de por medio el afecto o los derechos de los demás), esto contribuye en gran medida a hacer que sus sentimientos y su carácter se vuelvan inertes y torpes, en lugar de activos y enérgicos.

Aquel que deja que el mundo, o su propia porción de este, elija por él su plan de vida, no tiene necesidad de otra facultad que no sea la simiesca de la imitación.

Aquel que elige su plan por sí mismo, emplea todas sus facultades. Debe usar la observación para ver, el raciocinio y el juicio para prever, la actividad para reunir materiales para la decisión, el discernimiento para decidir, y cuando ha decidido, firmeza y autocontrol para mantenerse en su deliberada decisión.

Y estas cualidades las requiere y las ejerce exactamente en proporción a cuán grande sea la parte de su conducta que determina según su propio juicio y sus propios sentimientos.

Es posible que sea guiado por algún buen camino, y mantenido a salvo del daño, sin ninguna de estas cosas.

Pero ¿cuál será su valía comparativa como ser humano? En realidad, importa no solo lo que los hombres hacen, sino también qué clase de hombres son los que lo hacen.

Entre las obras del hombre, en cuya perfección y embellecimiento se emplea con razón la vida humana, la primera en importancia es sin duda el hombre mismo.

Suponiendo que fuera posible construir casas, cultivar grano, librar batallas, juzgar causas e incluso erigir iglesias y rezar oraciones mediante maquinaria⁠—mediante autómatas con forma humana⁠—, constituiría una pérdida considerable cambiar por estos autómatas ni siquiera a los hombres y mujeres que en la actualidad habitan las partes más civilizadas del mundo, y que sin duda no son más que especímenes famélicos de lo que la naturaleza puede y ha de producir. La naturaleza humana no es una máquina que quepa construir según un modelo y poner a hacer exactamente el trabajo que se le prescribe, sino un árbol, que requiere crecer y desarrollarse por todas partes, según la tendencia de las fuerzas interiores que hacen de él un ser vivo.

Probablemente se concederá que es deseable que las personas ejerzan su entendimiento, y que un seguimiento inteligente de la costumbre, o incluso ocasionalmente una desviación inteligente de la misma, es mejor que una adhesión ciega y simplemente mecánica a ella.

Hasta cierto punto se admite que nuestro entendimiento debe ser propio: pero no existe la misma disposición a admitir que nuestros deseos e impulsos deban ser asimismo propios; o que poseer impulsos propios, y de cualquier intensidad, sea otra cosa que un peligro y una trampa.

Sin embargo, los deseos y los impulsos forman parte de un ser humano perfecto tanto como las creencias y las restricciones; y los impulsos fuertes solo son peligrosos cuando no están debidamente equilibrados; cuando un conjunto de propósitos e inclinaciones se desarrolla hasta alcanzar fuerza, mientras que otros, que deberían coexistir con ellos, permanecen débiles e inactivos.

No es porque los deseos de los hombres sean fuertes por lo que actúan mal; es porque sus conciencias son débiles. No hay conexión natural entre los impulsos fuertes y una conciencia débil. La conexión natural es a la inversa.

Decir que los deseos y sentimientos de una persona son más fuertes y variados que los de otra, es simplemente decir que posee una mayor cantidad de la materia prima de la naturaleza humana y que, por tanto, es capaz, tal vez, de más maldad, pero ciertamente de más bondad.

Los impulsos fuertes no son sino otro nombre para la energía. La energía puede destinarse a malos fines; pero siempre se puede sacar más provecho de una naturaleza enérgica que de una indolente e impasible.

Aquellos que tienen más sensibilidad natural son siempre aquellos cuyos sentimientos cultivados pueden llegar a ser los más fuertes. Las mismas susceptibilidades intensas que hacen que los impulsos personales sean vívidos y poderosos son también la fuente de donde surgen el amor más apasionado por la virtud y el más severo autocontrol.

Es mediante el cultivo de estas cualidades como la sociedad cumple con su deber y protege sus intereses: no rechazando la materia de la que están hechos los héroes, por no saber cómo fabricarlos.

Una persona cuyos deseos e impulsos son propios —son la expresión de su propia naturaleza, tal como ha sido desarrollada y modificada por su propia cultura— se dice que tiene carácter. Aquel cuyos deseos e impulsos no son propios, no tiene carácter, ni más ni menos que una máquina de vapor tiene carácter. Si, además de ser propios, sus impulsos son fuertes y están bajo el gobierno de una voluntad fuerte, tiene un carácter enérgico. Quienquiera que piense que no debe alentarse el desarrollo de la individualidad de los deseos e impulsos, debe sostener que la sociedad no tiene necesidad de naturalezas fuertes —que no sale ganando por contener a muchas personas que tienen mucho carácter— y que un alto promedio general de energía no es deseable.

En algunos estados primitivos de la sociedad, estas fuerzas pudieron ser, y lo fueron, demasiado superiores al poder que la sociedad poseía entonces para disciplinarlas y controlarlas. Hubo un tiempo en que el elemento de espontaneidad e individualidad era excesivo, y el principio social libró una dura lucha contra él. La dificultad entonces consistía en inducir a los hombres de cuerpos o mentes vigorosos a obedecer cualquier regla que les exigiere controlar sus impulsos. Para superar esta dificultad, la ley y la disciplina, al igual que los Papas luchando contra los Emperadores, afirmaron un poder sobre el hombre entero, pretendiendo controlar toda su vida con el fin de controlar su carácter —un poder para el cual la sociedad no había hallado ningún otro medio suficiente de atadura.

Pero la sociedad se ha impuesto ya bastante sobre la individualidad; y el peligro que amenaza a la naturaleza humana no es el exceso, sino la deficiencia, de los impulsos y preferencias personales.

Las cosas han cambiado enormemente desde los tiempos en que las pasiones de quienes eran poderosos por su posición o por sus dotes personales se hallaban en un estado de rebelión habitual contra las leyes y ordenanzas, y exigían ser encadenadas rigurosamente para permitir que las personas a su alcance disfrutaran de alguna partícula de seguridad.

En nuestros tiempos, desde la clase más alta de la sociedad hasta la más baja, todos viven como bajo la mirada de una censura hostil y temida. No solo en lo que concierne a los demás, sino en lo que concierne únicamente a sí mismos, el individuo o la familia no se preguntan: ¿qué prefiero? o ¿qué se adaptaría a mi carácter y disposición? o ¿qué permitiría que lo mejor y más elevado que hay en mi interior se desarrolle libremente y le permitiría crecer y prosperar? Se preguntan: ¿qué es adecuado para mi posición? ¿qué es lo que suelen hacer las personas de mi estatus y circunstancias económicas? o (lo que es peor aún) ¿qué es lo que suelen hacer las personas de un estatus y circunstancias superiores a las mías?

No quiero decir que elijan lo que es costumbre con preferencia a lo que se adapta a su propia inclinación. No se les ocurre tener ninguna inclinación, excepto por lo que es costumbre.

Así, la mente misma se pliega al yugo:

  • aun en lo que la gente hace por placer, la conformidad es lo primero en lo que se piensa;
  • les gusta en multitudes;
  • solo ejercen su capacidad de elección entre las cosas que se hacen comúnmente:

la singularidad del gusto, la excentricidad de la conducta, se evitan tanto como los crímenes; hasta que, a fuerza de no seguir su propia naturaleza, no les queda naturaleza que seguir: sus capacidades humanas se marchitan y mueren de hambre; se vuelven incapaces de albergar deseos intensos o placeres genuinos, y por lo general carecen de opiniones o sentimientos de cosecha propia, o que sean propiamente suyos.

Ahora bien, ¿es esta, o no es esta, la condición deseable de la naturaleza humana?

Así es, según la teoría calvinista. De acuerdo con ella, la gran ofensa del hombre es la propia voluntad. Todo el bien de que la humanidad es capaz se resume en la obediencia. No tienes elección; así debes actuar y no de otro modo: «todo lo que no es un deber, es un pecado».

Como la naturaleza humana está radicalmente corrompida, no hay redención para nadie hasta que la naturaleza humana sea aniquilada en su interior. Para quien sustenta esta teoría de la vida, sofocar cualquiera de las facultades, capacidades y susceptibilidades humanas no constituye ningún mal: el hombre no necesita más capacidad que la de entregarse a la voluntad de Dios; y si utiliza alguna de sus facultades con cualquier otro fin que no sea cumplir más eficazmente esa supuesta voluntad, mejor estaría sin ellas.

Esa es la teoría del calvinismo; y la sostienen, de forma mitigada, muchos que no se consideran calvinistas; la mitigación consiste en dar una interpretación menos ascética de la supuesta voluntad de Dios, afirmando que es voluntad suya que la humanidad gratifique algunas de sus inclinaciones; por supuesto, no de la manera que ellos mismos prefieren, sino por la vía de la obediencia, es decir, de un modo prescrito por la autoridad y, por lo tanto, debido a las condiciones necesarias del caso, el mismo para todos.

En alguna forma tan insidiosa como esta hay actualmente una fuerte tendencia a esta estrecha teoría de la vida, y al tipo de carácter humano, achicado y endurecido, que ella patrocina.

Muchas personas, sin duda, creen sinceramente que los seres humanos así encogidos y empequeñecidos son tal como su Creador ideó que fuesen; del mismo modo que muchos han pensado que los árboles son mucho más bellos cuando se los poda en forma de árboles desmochados, o se los recorta con figuras de animales, que tal como la naturaleza los hizo.

Pero si es parte de la religión creer que el hombre fue creado por un ser bondadoso, es más coherente con esa fe creer que este Ser dio todas las facultades humanas para que fuesen cultivadas y desplegadas, no extirpadas y consumidas, y que se complace en cada aproximación mayor hecha por sus criaturas a la concepción ideal encarnada en ellas, en cada aumento de cualquiera de sus capacidades de comprensión, de acción o de disfrute.

Hay un tipo diferente de excelencia humana respecto al calvinista; una concepción de la humanidad según la cual su naturaleza le ha sido conferida para otros fines que no sean el mero abnegarse.

La «autoafirmación pagana» es uno de los elementos del valor humano, al igual que la «abnegación cristiana».

Existe un ideal griego de autodesarrollo, con el cual el ideal platónico y cristiano de autogobierno se combina, pero al cual no suple. Puede ser preferible ser un John Knox antes que un Alcibíades, pero es preferible ser un Pericles antes que cualquiera de los dos; ni un Pericles, si lo tuviéramos en nuestros días, carecería de nada de lo bueno que perteneciera a John Knox.

No es mediante el desgaste en la uniformidad de todo lo que hay de individual en ellos, sino cultivándolo y haciéndolo surgir, dentro de los límites impuestas por los derechos e intereses de los demás, como los seres humanos se convierten en un objeto de contemplación noble y hermoso; y como las obras participan del carácter de quienes las realizan, por el mismo proceso la vida humana también se vuelve rica, diversificada y estimulante, proporcionando un alimento más abundante a los pensamientos elevados y a los sentimientos edificantes, y fortaleciendo el vínculo que une a cada individuo con la especie, al hacer que la especie merezca infinitamente más la pena de pertenecer a ella.

En proporción al desarrollo de su individualidad, cada persona se vuelve más valiosa para sí misma y, por tanto, es capaz de ser más valiosa para los demás. Hay una mayor plenitud de vida en su propia existencia, y cuando hay más vida en las unidades, hay más en la masa que las compone.

Tanta compresión como sea necesaria para evitar que los especímenes más fuertes de la naturaleza humana invadan los derechos de los demás no puede dispensarse; pero para ello hay una amplia compensación incluso desde el punto de vista del desarrollo humano.

Los medios de desarrollo que el individuo pierde al impedírsele gratificar sus inclinaciones en detrimento de los demás se obtienen principalmente a expensas del desarrollo de otras personas.

Y aun para sí mismo existe una plena equivalencia en el mejor desarrollo de la parte social de su naturaleza, hecho posible por el freno impuesto a la parte egoísta. Estar sujeto a reglas rígidas de justicia por el bien de los demás desarrolla los sentimientos y las capacidades que tienen por objeto el bien ajeno.

Pero estar cohibido en cosas que no afectan al bien de los demás, por su mera displicencia, no desarrolla nada valioso, excepto aquella fuerza de carácter que pueda desplegarse al resistir dicha coacción.

Si se acepta pacíficamente, entumece y embota toda la naturaleza. Para dar un margen equitativo a la naturaleza de cada cual, es esencial que se permita a diferentes personas llevar vidas distintas.

En la medida en que esta latitud se ha ejercido en cualquier época, dicha época ha resultado notable para la posteridad. Incluso el despotismo no produce sus peores efectos mientras la individualidad exista bajo él; y todo lo que aplasta la individualidad es despotismo, cualquiera que sea el nombre con que se le llame, y ya sea que pretenda hacer cumplir la voluntad de Dios o los mandatos de los hombres.

Habiendo dicho que la individualidad es lo mismo que el desarrollo, y que es solo el cultivo de la individualidad el que produce, o puede producir, seres humanos bien desarrollados, podría dar aquí por terminada la argumentación: pues, ¿qué más o mejor puede decirse de cualquier condición de los asuntos humanos que el hecho de acercar a los seres humanos mismos a lo mejor que pueden llegar a ser?, ¿o qué peor puede decirse de cualquier obstrucción al bien que el hecho de impedir esto?

Sin embargo, es indudable que estas consideraciones no bastarán para convencer a quienes más necesitan ser convencidos; y es necesario mostrar, además, que estos seres humanos desarrollados son de alguna utilidad para los no desarrollados⁠—señalar a quienes no desean la libertad, y no harían uso de ella, que pueden ser recompensados de algún modo comprensible por permitir que otras personas hagan uso de ella sin impedimentos.

En primer lugar, pues, sugeriría que posiblemente podrían aprender algo de ellos.

Nadie negará que la originalidad es un elemento valioso en los asuntos humanos. Siempre se necesitan personas no solo para descubrir nuevas verdades y señalar cuándo lo que antes eran verdades ya no lo son, sino también para iniciar nuevas prácticas y dar ejemplo de una conducta más ilustrada, así como de un mejor gusto y sentido en la vida humana.

Esto difícilmente puede ser refutado por nadie que no crea que el mundo ya ha alcanzado la perfección en todas sus formas y prácticas.

Es verdad que este beneficio no puede ser aportado por todo el mundo por igual: son muy pocas las personas, en comparación con el conjunto de la humanidad, cuyos experimentos, de ser adoptados por otros, probablemente constituirían una mejora respecto a la práctica establecida.

Pero estos pocos son la sal de la tierra; sin ellos, la vida humana se convertiría en un estanque estancado.

No solo son ellos quienes introducen cosas buenas que antes no existían; son ellos quienes mantienen con vida aquellas que ya existían.

Si no hubiera nada nuevo por hacer, ¿dejaría de ser necesario el intelecto humano? ¿Sería esto una razón para que aquellos que hacen las cosas viejas olviden por qué se hacen, y las hagan como ganado, no como seres humanos?

Existe una tendencia demasiado grande en las mejores creencias y prácticas a degenerar en lo mecánico; y a menos que hubiera una sucesión de personas cuya originalidad siempre recurrente evite que los fundamentos de esas creencias y prácticas se conviertan meramente en tradicionales, esa materia muerta no resistiría el más mínimo impacto de algo realmente vivo, y no habría razón para que la civilización no se extinguitera, como en el Imperio bizantino.

Las personas de genio, es verdad, son, y es probable que siempre sean, una pequeña minoría; pero para tenerlas, es necesario preservar el suelo en el que crecen. El genio solo puede respirar libremente en una atmósfera de libertad. Las personas de genio son, ex vi termini, más individuales que cualquier otra gente —menos capaces, por consiguiente, de encajar, sin una compresión dañina, en cualquiera del pequeño número de moldes que la sociedad proporciona para ahorrar a sus miembros la molestia de formar su propio carácter. Si por timidez consienten en ser forzadas a entrar en uno de estos moldes, y en dejar sin desarrollar toda esa parte de sí mismas que no puede expandirse bajo la presión, la sociedad sacará poco provecho de su genio. Si son de carácter fuerte, y rompen sus cadenas, se convierten en blanco para que la sociedad que no ha logrado reducirlas a la mediocridad las señale con solemne advertencia como «salvajes», «erráticas» y cosas por el estilo; poco más o menos como si uno se quejara del río Niágara por no fluir suavemente entre sus orillas como un canal holandés.

Insisto así con tanta vehemencia en la importancia del genio, y en la necesidad de permitirle desenvolverse libremente tanto en el pensamiento como en la práctica, plenamente consciente de que nadie negará esta postura en teoría, pero sabiendo también que casi todo el mundo, en la realidad, se muestra totalmente indiferente ante ella.

La gente piensa que el genio es algo excelente si le permite a un hombre escribir un poema emocionante, o pintar un cuadro. Pero en su verdadero sentido, el de la originalidad en el pensamiento y en la acción, aunque nadie dice que no sea algo digno de admiración, casi todos, en el fondo, creen que pueden prescindir perfectamente de él.

Desgraciadamente, esto es demasiado natural como para causar extrañeza. La originalidad es lo único cuya utilidad no pueden percibir las mentes sin originalidad. No logran ver qué puede hacer por ellas; ¿cómo iban a hacerlo? Si pudieran ver lo que haría por ellas, ya no sería originalidad.

El primer servicio que la originalidad ha de prestarles es el de abrirles los ojos; una vez logrado esto por completo, tendrían la oportunidad de ser originales por sí mismas.

Entre tanto, recordando que hasta ahora nunca se ha hecho nada sin que alguien fuera el primero en hacerlo, y que todas las cosas buenas que existen son los frutos de la originalidad, séan lo bastante modestas como para creer que aún queda algo por lograr para ella, y ténganse por seguras de que cuanto menos conscientes son de su necesidad, más la necesitan.

A decir verdad, por mucho que se profese, o incluso se rinda, homenaje a la superioridad mental real o supuesta, la tendencia general de las cosas en todo el mundo es hacer de la mediocridad el poder dominante entre la humanidad.

En la historia antigua, en la edad media y, en un grado cada vez menor, a lo largo de la larga transición del feudalismo a la época actual, el individuo era un poder en sí mismo; y si poseía grandes talentos o una alta posición social, era un poder considerable.

En la actualidad los individuos se pierden en la multitud.

En política es casi una perogrullada decir que la opinión pública ahora gobierna el mundo. El único poder que merece ese nombre es el de las masas, y el de los gobiernos en la medida en que se hacen órgano de las tendencias e instintos de las masas.

Esto es tan cierto en las relaciones morales y sociales de la vida privada como en las transacciones públicas. Aquellos cuyas opiniones pasan por ser la opinión pública no son siempre el mismo tipo de público: en América son toda la población blanca; en Inglaterra, principalmente la clase media.

Pero siempre son una masa, es decir, una mediocridad colectiva. Y lo que es una novedad aún mayor, la masa ya no toma sus opiniones de los dignatarios de la Iglesia o del Estado, de los líderes ostensibles o de los libros. Su pensamiento se lo hacen hombres muy parecidos a ellos, que les dirigen la palabra o hablan en su nombre, en el calor del momento, a través de los periódicos.

No me quejo de todo esto. No afirmo que algo mejor sea compatible, como regla general, con el actual estado de retraso de la mente humana.

Pero eso no impide que el gobierno de la mediocridad sea un gobierno mediocre. Ningún gobierno de una democracia o de una aristocracia numerosa, ni en sus actos políticos ni en las opiniones, cualidades y tono mental que fomenta, ha estado jamás o podría estar por encima de la mediocridad, excepto en la medida en que la mayoría soberana se ha dejado guiar (lo cual en sus mejores momentos siempre ha hecho) por los consejos y la influencia de Uno o Unos pocos más altamente dotados e instruidos.

La iniciación de todas las cosas sabias o nobles proviene y debe provenir de los individuos; por lo general, al principio, de un solo individuo.

El honor y la gloria del hombre promedio es que es capaz de seguir esa iniciativa; de que puede responder internamente a las cosas sabias y nobles, y ser conducido hacia ellas con los ojos abiertos.

No estoy avalando el tipo de «culto al héroe» que aplaude al hombre fuerte de genio por apoderarse por la fuerza del gobierno del mundo y hacer que este cumpla su voluntad a pesar de sí mismo.

Todo lo que puede reclamar es la libertad de señalar el camino. El poder de obligar a otros a tomarlo no solo es incompatible con la libertad y el desarrollo de todos los demás, sino también corruptor para el propio hombre fuerte.

Parece ser, sin embargo, que cuando las opiniones de las masas de hombres meramente corrientes se convierten o están convirtiendo en todas partes en el poder dominante, el contrapeso y corrector de esa tendencia debería ser la individualidad cada vez más pronunciada de aquellos que se encuentran en las más altas cumbres del pensamiento.

Es en estas circunstancias, muy especialmente, cuando los individuos excepcionales, en lugar de verse disuadidos, deberían ser alentados a actuar de manera diferente a la masa. En otros tiempos no había ventaja en que lo hiciesen, a menos que actuaran no solo de manera diferente, sino mejor.

En esta época, el mero ejemplo de la no conformidad, la mera negativa a doblar la rodilla ante la costumbre, es en sí mismo un servicio. Precisamente porque la tiranía de la opinión es tal que convierte la excentricidad en un reproche, es deseable, para romper esa tiranía, que la gente sea excéntrica.

La excentricidad ha abundado siempre cuando y donde ha abundado la fuerza de carácter; y la cantidad de excentricidad en una sociedad ha sido generalmente proporcional a la cantidad de genio, vigor mental y valor moral que contenía. Que tan pocos se atrevan ahora a ser excéntricos marca el peligro principal de la época.

He dicho que es importante dar la mayor amplitud posible a las cosas poco habituales, para que con el tiempo pueda verse cuáles de ellas son aptas para convertirse en costumbres.

Pero la independencia de acción y el desprecio por la costumbre no solo merecen ser alentados por la oportunidad que brindan de descubrir mejores modos de acción y costumbres más dignas de adopción general; ni son solo las personas de decidida superioridad mental las que tienen un justo derecho a llevar sus vidas a su manera.

No hay ninguna razón para que todas las existencias humanas deban construirse según un único modelo o un número reducido de ellos.

Si una persona posee una cantidad tolerable de sentido común y experiencia, su propio modo de organizar su existencia es el mejor, no porque sea el mejor en sí mismo, sino porque es su propio modo.

Los seres humanos no son como las ovejas; y ni siquiera las ovejas son idénticas e indistinguibles.

Un hombre no puede conseguir un abrigo o un par de botas que le queden bien a menos que estén hechos a su medida, o tenga un almacén entero donde elegir; ¿y acaso es más fácil ajustarle una vida que un abrigo, o se parecen más los seres humanos entre sí en toda su conformación física y espiritual que en la forma de sus pies?

Si fuera solo que las personas tienen diversidad de gustos, esa es razón suficiente para no intentar moldearlas a todas según un solo modelo.

Pero las personas diferentes también requieren condiciones diferentes para su desarrollo espiritual; y no pueden existir saludablemente en la misma atmósfera y clima moral, del mismo modo que toda la variedad de plantas no puede hacerlo en la misma atmósfera y clima físico.

Las mismas cosas que son ayudas para una persona hacia el cultivo de su naturaleza superior, son impedimentos para otra. El mismo modo de vida es un estímulo saludable para una, que mantiene todas sus facultades de acción y disfrute en su mejor orden, mientras que para otra es una carga desconcertante, que suspende o aplasta toda vida interna.

Tales son las diferencias entre los seres humanos en sus fuentes de placer, sus susceptibilidades al dolor y la acción sobre ellos de diferentes agencias físicas y morales, que a menos que haya una diversidad correspondiente en sus modos de vida, ni obtienen su justa proporción de felicidad, ni crecen hasta alcanzar la estatura mental, moral y estética de la que su naturaleza es capaz.

¿Por qué, entonces, en lo que respecta al sentimiento público, la tolerancia ha de extenderse únicamente a los gustos y modos de vida que arrancan la aquisición por la multitud de sus adeptos?

En ninguna parte (salvo en algunas instituciones monásticas) la diversidad de gustos deja de ser totalmente reconocida; a una persona se le permite, sin reproche, que le guste o le disguste el remo, o fumar, o la música, o los ejercicios atléticos, o el ajedrez, o las cartas, o el estudio, porque tanto los que gustan de cada una de estas cosas como los que las aborrecen son demasiado numerosos como para ser reprimidos.

Pero el hombre, y más aún la mujer, a quien se pueda acusar ya sea de hacer «lo que nadie hace», ya de no hacer «lo que todo el mundo hace», es objeto de tantos comentarios despectivos como si hubiera cometido alguna falta moral grave.

Las personas necesitan poseer un título, u otra insignia de rango, o de la consideración de la gente de rango, para poder permitirse en cierta medida el lujo de hacer lo que les plazca sin menoscabo de su reputación.

Permitírselo en cierta medida, repito: pues quien se concede a sí mismo mucho de ese margen, corre el riesgo de algo peor que los comentarios despectivos; corre el peligro de una commission de lunatico, y de que le confisquen sus bienes para entregárselos a sus parientes.

Hay una característica de la dirección actual de la opinión pública que está peculiarmente calculada para hacerla intolerante ante cualquier manifestación marcada de individualidad.

El promedio general de la humanidad no solo es moderado en intelecto, sino también moderado en inclinaciones: no tienen gustos ni deseos lo suficientemente fuertes como para inclinarlos a hacer nada inusual, y en consecuencia no comprenden a quienes los tienen, y clasifican a todos ellos junto con los desenfrenados e indisciplinados a quienes están acostumbrados a mirar por encima del hombro.

Ahora, además de este hecho que es general, solo tenemos que suponer que se ha iniciado un fuerte movimiento hacia el mejoramiento de la moral, y es evidente lo que debemos esperar.

En estos días dicho movimiento se ha iniciado; mucho se ha logrado en efecto en el camino de una mayor regularidad de conducta y del desaliento de los excesos; y hay un espíritu filantrópico en el ambiente, para cuyo ejercicio no hay campo más tentador que el mejoramiento moral y prudente de nuestros semejantes.

Estas tendencias de los tiempos hacen que el público esté más dispuesto que en la mayoría de las épocas anteriores a prescribir reglas generales de conducta y a esforzarse por hacer que todos se ajusten a la norma aprobada. Y esa norma, expresa o tácita, es no desear nada con intensidad. Su ideal de carácter es carecer de cualquier carácter marcado; mutilar mediante la compresión, como el pie de una dama china, cada parte de la naturaleza humana que sobresale de manera prominente y tiende a hacer que la persona sea marcadamente distinta en su contorno de la humanidad común.

Como suele ocurrir con los ideales que excluyen la mitad de lo deseable, el presente modelo de aprobación solo produce una imitación inferior de la otra mitad.

En lugar de grandes energías guiadas por una razón vigorosa, y fuertes sentimientos fuertemente controlados por una voluntad concienzuda, su resultado son sentimientos débiles y energías débiles, que por lo tanto pueden mantenerse en conformidad externa con la regla sin necesidad de ninguna fuerza ni de voluntad ni de razón.

Los caracteres enérgicos a gran escala ya se están volviendo meramente tradicionales. Hoy en día apenas hay otra salida para la energía en este país que los negocios. La energía gastada en ellos aún puede considerarse considerable.

Lo poco que queda de esa ocupación se gasta en alguna afición; la cual puede ser una afición útil, incluso filantrópica, pero es siempre una sola cosa, y por lo general una cosa de pequeñas dimensiones.

La grandeza de Inglaterra es ahora totalmente colectiva: individualmente pequeños, solo parecemos capaces de algo grande por nuestro hábito de asociarnos; y con esto nuestros filántropos morales y religiosos están perfectamente contentos.

Pero fueron hombres de otro sello que este los que hicieron a Inglaterra lo que ha sido; y se necesitarán hombres de otro sello para impedir su decadencia.

El despotismo de la Costumbre es en todas partes el obstáculo permanente para el progreso humano, al hallarse en incesante antagonismo con esa disposición a aspirar a algo mejor de lo habitual, que se denomina, según las circunstancias, espíritu de libertad, o bien de progreso o mejora.

El espíritu de mejora no es siempre un espíritu de libertad, pues puede aspirar a imponer mejoras a un pueblo reacio; y el espíritu de libertad, en la medida en que se resiste a tales intentos, puede aliarse local y temporalmente con los opositores de la mejora; pero la única fuente infalible y permanente de mejora es la libertad, ya que mediante ella existen tantos centros independientes posibles de mejora como individuos hay.

El principio progresivo, sin embargo, bajo cualquiera de sus dos formas, ya sea como amor a la libertad o a la mejora, es antagónico al dominio de la Costumbre, e implica al menos la emancipación de ese yugo; y la lucha entre ambos constituye el interés principal de la historia de la humanidad.

La mayor parte del mundo no tiene, propiamente hablando, historia, porque el despotismo de la Costumbre es completo. Este es el caso en todo Oriente. La Costumbre es allí, en todas las cosas, la última instancia; justicia y derecho significan conformidad con la Costumbre; nadie, a no ser algún tirano embriagado de poder, piensa en resistir el argumento de la Costumbre.

Y vemos el resultado. Esas naciones debieron de tener en otro tiempo originalidad; no surgieron de la tierra pobladas, instruidas y versadas en muchas de las artes de la vida; se hicieron a sí mismas todo esto, y fueron entonces las naciones más grandes y poderosas del mundo.

¿Qué son ahora? Los súbditos o dependientes de tribus cuyos antepasados vagaban por los bosques cuando los suyos tenían palacios magníficos y templos suntuosos, pero sobre las cuales la Costumbre ejercía un dominio compartido únicamente con la libertad y el progreso.

Un pueblo, al parecer, puede ser progresista durante cierto tiempo y luego detenerse: ¿cuándo se detiene?

Cuando deja de poseer individualidad.

Si un cambio semejante corriera la suerte de las naciones de Europa, no adoptará exactamente la misma forma: el despotismo de la Costumbre con el que estas naciones se ven amenazadas no es precisamente el estancamiento. Proscribe la singularidad, pero no impide el cambio, siempre que todos cambien a la vez.

Hemos descartado los trajes fijos de nuestros antepasados; todo el mundo aún debe vestir como los demás, pero la moda puede cambiar una o dos veces al año. Nos ocupamos así de que, cuando haya un cambio, sea por el cambio mismo, y no por ninguna idea de belleza o comodidad; pues la misma idea de belleza o comodidad no se le ocurriría a todo el mundo en el mismo momento, ni sería descartada simultáneamente por todos en otro momento.

Pero somos progresistas además de mudables: continuamente hacemos nuevos inventos en las cosas mecánicas, y los conservamos hasta que son reemplazados de nuevo por otros mejores; estamos ávidos de mejoras en la política, en la educación, incluso en la moral, aunque en esto último nuestra idea de mejora consiste principalmente en persuadir u obligar a los demás a ser tan buenos como nosotros.

No es al progreso al que nos oponemos; por el contrario, nos halaga pensar que somos el pueblo más progresista que jamás ha existido. Es contra la individualidad contra lo que batallamos: creeríamos haber hecho maravillas si nos hubiésemos hecho a todos iguales; olvidando que la diferencia de una persona respecto a otra es por lo general lo primero que atrae la atención de cualquiera hacia la imperfección de su propio modelo, y la superioridad de otro, o la posibilidad, al combinar las ventajas de ambos, de producir algo mejor que cualquiera de los dos.

Tenemos un ejemplo de advertencia en China, una nación de mucho talento y, en algunos aspectos, incluso de sabiduría, debido a la rara buena fortuna de haber sido provista en una época temprana de un conjunto de costumbres particularmente bueno, obra, en cierta medida, de hombres a quienes incluso el europeo más ilustrado debe conceder, bajo ciertas limitaciones, el título de sabios y filósofos. Son notables también por la excelencia de su aparato para grabar, en la medida de lo posible, la mejor sabiduría que poseen en cada mente de la comunidad, y para asegurar que aquellos que se han apropiado de la mayor parte de ella ocupen los puestos de honor y poder. Ciertamente, el pueblo que hizo esto ha descubierto el secreto de la progresividad humana y debe de haberse mantenido firmemente a la cabeza del movimiento mundial. Por el contrario, se han vuelto estacionarios, han permanecido así durante miles de años; y si alguna vez han de mejorar aún más, ha de ser por obra de los extranjeros. Han triunfado más allá de toda esperanza en aquello en lo que los filántropos ingleses trabajan tan industriosamente: en hacer que un pueblo sea todo igual, que todos gobiernen sus pensamientos y su conducta mediante las mismas máximas y reglas; y estos son los frutos. El régimen moderno de la opinión pública es, de forma desorganizada, lo que los sistemas educativo y político chinos son de forma organizada; y a menos que la individualidad sea capaz de afirmarse con éxito contra este yugo, Europa, a pesar de sus nobles antecedentes y su cristianismo confeso, tenderá a convertirse en otra China.

¿Qué es lo que hasta ahora ha librado a Europa de esta suerte? ¿Qué ha hecho de la familia europea de naciones una porción de la humanidad en progreso, en lugar de una parte estacionaria?

No una excelencia superior en ellos, la cual, cuando existe, existe como efecto, no como causa; sino su notable diversidad de carácter y cultura. Individuos, clases, naciones, han sido sumamente desemejantes entre sí: han abierto una gran variedad de caminos, cada uno de los cuales conduce a algo valioso; y aunque en todo período quienes transitaban por sendas distintas han sido intolerantes unos con otros, y cada cual habría considerado excelente que todos los demás se hubieran visto forzados a transitar su ruta, sus intentos de obstaculizar el desarrollo ajeno rara vez han tenido un éxito permanente, y cada uno ha acabado por tolerar recibir el bien que los otros le ofrecían.

Europa debe enteramente, a mi juicio, esta pluralidad de caminos a su desarrollo progresivo y multifacético.

Pero ya comienza a poseer este beneficio en un grado considerablemente menor. Está avanzando decididamente hacia el ideal chino de hacer a todas las personas iguales.

M. de Tocqueville, en su última obra importante, señala cuánto más se asemejan entre sí los franceses de hoy en día que los de la generación pasada. La misma observación podría hacerse de los ingleses en un grado mucho mayor.

En un pasaje ya citado de Wilhelm von Humboldt, este señala dos cosas como condiciones necesarias para el desarrollo humano, por ser necesarias para hacer que las personas sean diferentes unas de otras; a saber, la libertad y la variedad de situaciones. La segunda de estas dos condiciones disminuye cada día en este país. Las circunstancias que rodean a las diferentes clases e individuos, y moldean sus caracteres, se asemejan cada día más.

Antiguamente, diferentes clases sociales, diferentes barrios, diferentes oficios y profesiones vivían en lo que podría llamarse mundos distintos; en la actualidad, en gran medida, viven en el mismo.

En términos comparativos, hoy leen las mismas cosas, escuchan las mismas cosas, ven las mismas cosas, van a los mismos lugares, tienen sus esperanzas y temores dirigidos hacia los mismos objetos, poseen los mismos derechos y libertades, y los mismos medios para hacerlos valer.

Por grandes que sean las diferencias de posición que aún subsisten, no son nada en comparación con aquellas que han desaparecido. Y la asimilación sigue su curso.

  • Todos los cambios políticos de la época la promueven, ya que todos tienden a elevar a los humildes y a rebajar a los poderosos.
  • Cada ampliación de la educación la promueve, porque la educación somete a las personas a influencias comunes y les da acceso al fondo general de hechos y sentimientos.
  • Las mejoras en los medios de comunicación la promueven, al poner a los habitantes de lugares distantes en contacto personal y mantener un flujo rápido de cambios de residencia de un lugar a otro.
  • El crecimiento del comercio y de las manufacturas la promueve, al difundir más ampliamente las ventajas de la holgura económica y abrir todos los objetos de ambición, incluso los más elevados, a la competencia general, por lo cual el deseo de superación deja de ser el carácter distintivo de una clase particular para convertirse en el de todas las clases.

Una agencia más poderosa aún que todas estas para producir una general similitud entre los hombres es el establecimiento completo, en este y en otros países libres, del ascendiente de la opinión pública en el Estado.

A medida que las diversas eminencias sociales que permitían a las personas atrincheradas en ellas desdeñar la opinión de la multitud van nivelándose gradualmente; a medida que la idea misma de resistir la voluntad del público, cuando se sabe positivamente que este tiene una voluntad, desaparece cada vez más de la mente de los políticos prácticos, deja de existir cualquier apoyo social para la disconformidad⁠ —cualquier poder sustantivo en la sociedad que, opuesto en sí mismo al ascendiente de las mayorías numéricas, tenga interés en tomar bajo su protección opiniones y tendencias contrarias a las del público.

La combinación de todas estas causas forma una masa tan grande de influencias hostiles a la Individualidad, que no es fácil ver cómo esta puede mantenerse en pie. Lo hará con creciente dificultad, a menos que se logre hacer sentir al sector inteligente del público su valor; que se vea que es bueno que haya diferencias, aunque no sean para mejor, aunque, según pueda parecerles, algunas sean para peor. Si alguna vez han de reivindicarse los derechos de la Individualidad, el momento es ahora, cuando todavía falta mucho para completar la asimilación forzosa. Solo en las etapas más tempranas se puede presentar una resistencia exitosa contra la usurpación. La exigencia de que todas las demás personas se parezcan a nosotros crece con lo que se alimenta. Si la resistencia espera hasta que la vida se reduzca casi a un tipo uniforme, todas las desviaciones de ese tipo pasarán a ser consideradas impías, inmorales, incluso monstruosas y contrarias a la naturaleza. La humanidad rápidamente se vuelve incapaz de concebir la diversidad cuando lleva algún tiempo deshabituada a verla.

12