te mostraré el miedo en un puñado de
Fresco sopla el viento Hacia la patria, Niña mía de Irlanda, ¿Dónde te demoras?
“Me diste jacintos por primera vez hace un año; «Me llamaron la muchacha de los jacintos».
—Sin embargo, cuando volvimos, tarde, del jardín de los jacintos, con los brazos llenos y el cabello mojado, no pude hablar, y los ojos me fallaban, yo no estaba ni viva ni muerta, y no sabía nada, mirando hacia el corazón de la luz, el silencio.
Oed’ und leer das Meer.
Madame Sosostris, famosa clarividente, Tenía un fuerte resfriado, sin embargo Es tenida por la mujer más sabia de Europa, Con un malvado barajamiento. He aquí, dijo, Su carta, el marinero fenicio ahogado, (Son perlas lo que eran sus ojos. ¡Mirad!) He aquí a Belladonna, la Dama de las Rocas, La dama de las situaciones. He aquí el hombre de los tres bastos, y aquí la Rueda, Y aquí el mercader tuerto, y esta carta, Que está en blanco, es algo que lleva a la espalda, Que me está prohibido ver. No encuentro Al Ahorcado. Temed la muerte por el agua. Veo multitudes de gente, dando vueltas en círculo. Gracias. Si veis a la querida señora Equitone, Decidle que yo misma le llevo el horóscopo: Uno ha de ser tan prudente en estos días.
Ciudad Iridiscente, Bajo la parda niebla de un alba invernal, Una multitud fluía sobre el Puente de Londres, tantos, Yo no habría creído que la muerte deshecho hubiera a tantos. Suspiros, cortos y espaciados, exhalaban, Y cada cual clavaba los ojos ante sus pies. Fluyendo cuesta arriba y cuesta abajo por King William Street, Hasta donde Saint Mary Woolnoth marcaba las horas Con un sonido muerto al dar el último golpe de las nueve.