Si creyera que mi respuesta fuera a persona que jamás volviese al mundo, esta llama estaría sin más sacudidas. Pero puesto que jamás de este fondo no tornó vivo nadie, si oigo lo verdadero, sin temor de infamia te respondo.
Vayamos pues, tú y yo, Cuando la tarde se extiende contra el cielo Como un paciente eterizado sobre una mesa; Vayamos, por ciertas calles medias desiertas, Los retiros murmurantes De noches inquietas en baratos hoteles de una noche Y restaurantes de serrín con cáscaras de ostra: Calles que siguen como un tedioso argumento De insidiosa intención Para conducirte a una pregunta abrumadora. … Oh, no preguntes: «¿Qué es?». Vayamos a hacer nuestra visita.
En la habitación las mujeres van y vienen hablando de Miguel Ángel.
La niebla amarilla que frota su lomo contra los cristales, El humo amarillo que frota su hocico contra los cristales Pasó la lengua por los rincones de la tarde, Se demoró en los charcos que hay en los desagües, Dejó caer sobre su lomo el hollín que cae de las chimeneas, Se deslizó por la terraza, dio un repentino salto, Y viendo que era una suave noche de octubre, Se acurrucó una vez en torno a la casa, y se durmió.
Y de verdad habrá tiempo Para el humo amarillo que se desliza por la calle, Frotando su lomo contra los cristales de las ventanas; Habrá tiempo, habrá tiempo Para preparar un rostro que conozca a los rostros que conoces; Habrá tiempo para asesinar y crear, Y tiempo para todas las obras y los días de las manos Que levantan y dejan caer una pregunta en tu plato; Tiempo para ti y tiempo para mí, Y tiempo aún para cien