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nydus/The Economic Consequences of the PeacePublic
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Europa después del Tratado

Este capítulo debe ser de pesimismo. El Tratado no incluye ninguna disposición para la rehabilitación económica de Europa; nada para convertir a los Imperios Centrales derrotados en buenos vecinos, nada para estabilizar los nuevos Estados de Europa, nada para readaptar a Rusia; ni promueve de ninguna manera un pacto de solidaridad económica entre los propios Aliados; no se llegó a ningún acuerdo en París para restaurar las finanzas desordenadas de Francia e Italia, ni para ajustar los sistemas del Viejo Mundo y del Nuevo.

El Consejo de los Cuatro no prestó atención a estas cuestiones, ya que estaba ocupado en otras: Clemenceau en aplastar la vida económica de su enemigo, Lloyd George en cerrar un trato y traer a casa algo que pudiera pasar el corte por una semana, el Presidente en no hacer nada que no fuera justo y correcto.

Es un hecho extraordinario que los problemas económicos fundamentales de una Europa hambrienta y en desintegración ante sus ojos, fueran la única cuestión en la que era imposible despertar el interés de los Cuatro. La reparación fue su principal incursión en el terreno económico, y la resolvieron como un problema de teología, de politiquería, de chanchullo electoral, desde todos los puntos de vista excepto el del futuro económico de los Estados cuyos destinos estaban manejando.

Dejo, a partir de este momento, París, la Conferencia y el Tratado, para considerar brevemente la situación actual de Europa, tal como la guerra y la paz la han configurado; y ya no formará parte de mi propósito distinguir entre los frutos inevitables de la guerra y las desgracias evitables de la paz.

Los hechos esenciales de la situación, tal como yo los veo, se expresan con sencillez.

Europa consiste en la concentración de población más densa de la historia del mundo. Esta población está acostumbrada a un nivel de vida relativamente alto, en el cual, incluso ahora, algunos sectores de ella anticipan una mejora en lugar de un deterioro.

En relación con otros continentes, Europa no es autosuficiente; en particular, no puede alimentarse a sí misma.

Internamente la población no está distribuida de manera uniforme, sino que gran parte de ella se aglomera en un número relativamente pequeño de densos centros industriales.

Esta población se aseguró un sustento antes de la guerra, sin un gran margen de excedente, por medio de una organización delicada e inmensamente complicada, cuyas bases se sostenían en el carbón, el hierro, el transporte y un suministro ininterrumpido de alimentos y materias primas importados de otros continentes.

Mediante la destrucción de esta organización y la interrupción del flujo de suministros, una parte de esta población se ve privada de sus medios de subsistencia.

La emigración no está abierta al excedente superfluo. Pues llevaría años transportarlos al ultramar, incluso en el caso, que no lo es, de que pudieran encontrarse países dispuestos a recibirlos. El peligro que tenemos ante nosotros es, por tanto, la rápida depresión del nivel de vida de las poblaciones europeas hasta un punto que significará la inanición real para algunos (un punto ya alcanzado en Rusia y aproximadamente alcanzado en Austria).

Los hombres no siempre morirán calladamente. Porque el hambre, que a unos sumerge en el letargo y en una desesperación desvalida, empuja a otros temperamentos hacia la inestabilidad nerviosa de la histeria y hacia una desesperación frenética. Y estos, en su angustia, pueden derribar los restos de organización y sumergir a la civilización misma en sus intentos de satisfacer desesperadamente las abrumadoras necesidades del individuo. Este es el peligro contra el cual todos nuestros recursos, valor e idealismo deben cooperar ahora.

El 13 de mayo de 1919, el conde Brockdorff-Rantzau dirigió a la Conferencia de Paz de las Potencias Aliadas y Asociadas el Informe de la Comisión Económica Alemana encargada de estudiar el efecto de las condiciones de Paz sobre la situación de la población alemana.

"En el transcurso de las últimas dos generaciones", informaron, "Alemania se ha transformado de un Estado agrícola en un Estado industrial. Mientras fue un Estado agrícola, Alemania pudo alimentar a cuarenta millones de habitantes. Como Estado industrial pudo asegurar los medios de subsistencia para una población de sesenta y siete millones; y en 1913 la importación de productos alimenticios ascendió, en números redondos, a doce millones de toneladas. Antes de la guerra, un total de quince millones de personas en Alemania aseguraban su existencia mediante el comercio exterior, la navegación y el uso, directa o indirectamente, de materias primas extranjeras".

Tras exponer las principales disposiciones pertinentes del Tratado de Paz, el informe prosigue:

"Después de esta merma de sus productos, después de la depresión económica resultante de la pérdida de sus colonias, de su flota mercante y de sus inversiones extranjeras, Alemania no estará en condiciones de importar del extranjero una cantidad adecuada de materia prima. Una parte enorme de la industria alemana quedará, por lo tanto, condenada inevitablemente a la destrucción. La necesidad de importar productos alimenticios aumentará considerablemente al mismo tiempo que la posibilidad de satisfacer esta demanda se verá sumamente disminuida.

En muy poco tiempo, por consiguiente, Alemania no estará en condiciones de dar pan y trabajo a sus numerosos millones de habitantes, a quienes la navegación y el comercio impiden ganarse el sustento. Estas personas deberían emigrar, pero esto constituye una imposibilidad material, tanto más cuanto que muchos países, y los más importantes, se opondrán a cualquier inmigración alemana. Poner en ejecución las condiciones de la Paz implicaría lógicamente, por lo tanto, la pérdida de varios millones de personas en Alemania. Esta catástrofe no tardaría en producirse, dado que la salud de la población ha sido quebrantada durante la Guerra por el Bloqueo, y durante el Armisticio por el agravamiento del Bloqueo de hambre. Ninguna ayuda, por grande que fuera o por mucho tiempo que se prolongara, podría evitar esas muertes en masa."

«No sabemos, y de hecho dudamos —concluye el informe—, si los Delegados de las Potencias Aliadas y Asociadas son conscientes de las inevitables consecuencias que se producirán si Alemania, un Estado industrial, muy densamente poblado, estrechamente vinculado al sistema económico mundial y con la necesidad de importar enormes cantidades de materias primas y productos alimenticios, se ve repentinamente empujada de regreso a la fase de su desarrollo que corresponde a su condición económica y al número de su población de hace medio siglo. Quienes firmen este tratado firmarán la sentencia de muerte de muchos millones de hombres, mujeres y niños alemanes».

No conozco ninguna respuesta adecuada para estas palabras. La acusación es, al menos, tan cierta para el arreglo austriaco como para el alemán.

Este es el problema fundamental ante nosotros, frente al cual las cuestiones de ajuste territorial y el equilibrio del poder europeo carecen de importancia. Algunas de las catástrofes de la historia pasada, que han hecho retroceder el progreso humano durante siglos, se han debido a las reacciones posteriores a la conclusión repentina, ya sea por el curso de la naturaleza o por la acción del hombre, de condiciones temporalmente favorables que habían permitido el crecimiento de la población más allá de lo que podía mantenerse cuando dichas condiciones favorables llegaban a su fin.

Las características significativas de la situación inmediata pueden agruparse bajo tres encabezamientos:

  • primero, el descenso absoluto, por el momento, de la productividad interna de Europa;
  • segundo, la interrupción del transporte y del intercambio por medio de los cuales sus productos podían ser trasladados allí donde más se necesitaban; y
  • tercero, la incapacidad de Europa para adquirir sus suministros habituales de ultramar.

La disminución de la productividad no puede estimarse fácilmente y puede ser objeto de exageración. Pero la evidencia primâ facie de la misma es abrumadora, y este factor ha sido el peso principal de las bien meditadas advertencias del Sr. Hoover.

Una variedad de causas lo han producido:—violentos y prolongados desórdenes internos como en Rusia y Hungría; la creación de nuevos gobiernos y su inexperiencia en la reajustación de las relaciones económicas, como en Polonia y Checoslovaquia; la pérdida en todo el Continente de mano de obra eficiente, debido a las bajas de la guerra o a la continuidad de la movilización; la disminución de la eficiencia debido a la continua desnutrición en los Imperios Centrales; el agotamiento de la tierra por la falta de las aplicaciones habituales de abonos artificiales durante el transcurso de la guerra; la desestabilización de las mentes de las clases trabajadoras sobre las cuestiones económicas fundamentales de sus vidas.

Pero por encima de todo (citando al Sr. Hoover), «existe una gran relajación del esfuerzo como reflejo del agotamiento físico de grandes sectores de la población debido a la privación y a la tensión mental y física de la guerra».

Muchas personas están, por una u otra razón, completamente sin empleo.

Según el Sr. Hoover, un resumen de las oficinas de desempleo en Europa en julio de 1919 mostraba que 15.000.000 de familias recibían subsidios de desempleo de una u otra forma, y se les pagaba principalmente mediante una constante inflación de la moneda.

En Alemania existe el disuasivo añadido para el trabajo y para el capital (en la medida en que los términos de las Reparaciones se tomen literalmente) de que cualquier cosa que puedan producir más allá del más básico nivel de subsistencia les será arrebatada durante años.

Los datos tan precisos que poseemos no añaden mucho, tal vez, al panorama general de la decadencia. Pero le recordaré al lector uno o dos de ellos.

  • Se calcula que la producción de carbón de Europa en su conjunto ha disminuido un 30 por ciento; y del carbón depende la mayor parte de las industrias de Europa y todo su sistema de transporte.
  • Mientras que antes de la guerra Alemania producía el 85 por ciento del total de los alimentos consumidos por sus habitantes, la productividad del suelo ha disminuido ahora en un 40 por ciento y la calidad efectiva del ganado en un 55 por ciento.148

De los países europeos que antes poseían un gran excedente exportable, Rusia, tanto por razones de deficiente transporte como de menor producción, puede llegar a pasar hambre. Hungría, al margen de sus otros problemas, fue pillaje de los rumanos inmediatamente después de la cosecha. Austria habrá consumido la totalidad de su propia cosecha de 1919 antes de que termine el año natural.

Las cifras resultan casi demasiado abrumadoras como para convencernos; si no fuesen tan malas, nuestra creencia efectiva en ellas podría ser mayor.

Pero aun cuando se pueda conseguir carbón y cosechar grano, el colapso del sistema ferroviario europeo impide su transporte; y aun cuando se puedan fabricar mercancías, el colapso del sistema monetario europeo impide su venta.

Ya he descrito las pérdidas sufridas por el sistema de transporte de Alemania debido a la guerra y a las entregas impuestas por el Armisticio. Pero aun así, la situación de Alemania, si se toma en cuenta su capacidad de reposición mediante la manufactura, probablemente no sea tan grave como la de algunos de sus vecinos.

En Rusia (sobre la cual, sin embargo, tenemos muy poca información exacta o precisa), se cree que el estado del material rodante es completamente desesperado y constituye uno de los factores más fundamentales de su actual desorden económico. Y en Polonia, Rumanía y Hungría la posición no es mucho mejor.

Sin embargo, la vida industrial moderna depende esencialmente de unas instalaciones de transporte eficientes, y la población que se ganaba la vida por estos medios no puede seguir viviendo sin ellas. El colapso de la moneda y la desconfianza en su poder adquisitivo agravan estos males, los cuales deben analizarse con un poco más de detalle en relación con el comercio exterior.

¿Cuál es, entonces, nuestra imagen de Europa? Una población rural capaz de sustentar la vida con los frutos de su propia producción agrícola, pero sin el excedente habitual para las ciudades y también (como resultado de la falta de materias primas importadas y, por tanto, de variedad y cantidad en las manufacturas vendibles de las ciudades) sin los incentivos usuales para comercializar alimentos a cambio de otros bienes; una población industrial incapaz de mantener sus fuerzas por falta de alimentos, incapaz de ganarse la vida por falta de materias primas y, por ende, incapaz de compensar mediante importaciones del extranjero el fallo de la productividad interna.

Sin embargo, según el Sr. Hoover, «un cálculo aproximado indicaría que la población de Europa es al menos 100.000.000 mayor de lo que puede sostenerse sin importaciones, y debe vivir de la producción y distribución de exportaciones».

El problema de la reinauguración del círculo perpetuo de producción y intercambio en el comercio exterior me conduce a una digresión necesaria sobre la situación monetaria de Europa.

Se dice que Lenin declaró que la mejor manera de destruir el sistema capitalista era corromper la moneda.

Mediante un proceso continuo de inflación, los gobiernos pueden confiscar, de forma secreta e imperceptible, una parte importante de la riqueza de sus ciudadanos. Con este método no solo confiscan, sino que confiscan arbitrariamente; y, mientras el proceso empobrece a muchos, en realidad enriquece a algunos.

El espectáculo de esta reordenación arbitraria de las riquezas atenta no solo contra la seguridad, sino contra la confianza en la equidad de la distribución existente de la riqueza. Aquellos a quienes el sistema les depara ganancias inesperadas, más allá de sus méritos e incluso de sus expectativas o deseos, se convierten en «especuladores», que son objeto del odio de la burguesía, a la que el inflacionismo ha empobrecido, ni más ni menos que del proletariado.

A medida que la inflación avanza y el valor real de la moneda fluctúa violentamente de mes en mes, todas las relaciones permanentes entre deudores y acreedores, que constituyen el cimiento último del capitalismo, se desorganizan tanto que pierden casi todo significado; y el proceso de obtención de riqueza degenera en un juego de azar y en una lotería.

Lenin tenía ciertamente razón. No hay medio más sutil ni más seguro para socavar las bases existentes de la sociedad que corromper la moneda.

El proceso pone en marcha todas las fuerzas ocultas de la ley económica del lado de la destrucción, y lo hace de una manera que ni uno solo de entre un millón es capaz de diagnosticar.

En las últimas etapas de la guerra, todos los gobiernos beligerantes practicaron, por necesidad o incompetencia, lo que un bolchevique podría haber hecho por premeditación. Incluso ahora, terminada la guerra, la mayoría de ellos continúa por debilidad con las mismas malas prácticas.

Pero además, los Gobiernos de Europa, siendo muchos de ellos en este momento tan imprudentes en sus métodos como débiles, buscan dirigir hacia una clase conocida como «especuladores» la indignación popular contra las consecuencias más evidentes de sus viciosos métodos.

Estos «especuladores» son, en términos generales, la clase empresarial de capitalistas, es decir, el elemento activo y constructivo de toda la sociedad capitalista, que en un período de precios en rápida alza no puede evitar enriquecerse rápidamente, lo deseen, lo quieran o no.

Si los precios suben continuamente, todo comerciante que haya comprado existencias o que posea bienes e instalaciones obtiene inevitablemente beneficios.

Al dirigir el odio contra esta clase, por lo tanto, los gobiernos europeos están llevando un paso más allá el proceso fatal que la mente sutil de Lenin había concebido conscientemente.

Los especuladores son una consecuencia y no una causa del aumento de los precios. Al combinar el odio popular hacia la clase de los empresarios con el golpe ya propinado a la seguridad social por la perturbación violenta y arbitraria de los contratos y del equilibrio establecido de la riqueza —resultado inevitable de la inflación—, estos gobiernos están haciendo imposible rápidamente la continuidad del orden social y económico del siglo XIX.

Pero no tienen ningún plan para reemplazarlo.

Nos encontramos así en Europa ante el espectáculo de una debilidad extraordinaria por parte de la gran clase capitalista, que ha surgido de los triunfos industriales del siglo XIX y que hace muy pocos años parecía nuestra todopoderosa ama. El terror y la timidez personal de los individuos de esta clase son ahora tan grandes, su confianza en su lugar en la sociedad y en su necesidad para el organismo social se ha visto tan disminuida, que son fáciles víctimas de la intimidación.

Esto no era así en Inglaterra hace veinticinco años, del mismo modo que no lo es ahora en los Estados Unidos. Entonces los capitalistas creían en sí mismos, en su valor para la sociedad, en la legitimidad de su continua existencia en el pleno disfrute de sus riquezas y el ejercicio ilimitado de su poder.

Ahora tiemblan ante cualquier insulto; —tildadlos de proalemanes, financieros internacionales o especuladores, y os darán el rescate que queráis pedirles a cambio de no hablar de ellos con tanta dureza. Se permiten a sí mismos ser arruinados y totalmente deshechos por sus propios instrumentos, gobiernos creados por ellos mismos y una prensa de la que son propietarios.

Quizá sea históricamente cierto que ningún orden social fenece jamás sino por su propia mano. En el mundo más complejo de la Europa occidental, la Voluntad Inmanente puede lograr sus fines de manera más sutil y traer la revolución de forma no menos inevitable a través de un Klotz o un George que mediante los intelectualismos, demasiado despiadados y conscientes de sí mismos para nosotros, de los filósofos sangrientos de Rusia.

El inflacionismo de los sistemas monetarios de Europa ha alcanzado extremos extraordinarios. Los diversos Gobiernos beligerantes, incapaces, demasiado timidos o demasiado cortos de miras para obtener de empréstitos o impuestos los recursos que necesitaban, han impreso billetes para cubrir el saldo.

En Rusia y Austria-Hungría este proceso ha llegado a un punto en el que, para los fines del comercio exterior, la moneda carece prácticamente de valor. El marco polaco se puede comprar por unos tres centavos y la corona austríaca por menos de dos centavos, pero no se pueden vender en absoluto. El marco alemán vale menos de cuatro centavos en los mercados cambiarios.

En la mayoría de los demás países de Europa oriental y sudoriental la situación real es casi igual de mala. La moneda de Italia ha caído a poco más de la mitad de su valor nominal a pesar de estar todavía sujeta a cierto grado de regulación; la moneda francesa mantiene un mercado inccierto; y incluso la libra esterlina ha visto seriamente disminuido su valor actual y comprometidas sus perspectivas futuras.

Pero mientras estas monedas disfrutan de un valor precario en el extranjero, nunca han perdido por completo, ni siquiera en Rusia, su poder adquisitivo en el interior.

Un sentimiento de confianza en el dinero legal del Estado está tan profundamente arraigado en los ciudadanos de todos los países que no pueden evitar creer que algún día este dinero habrá de recuperar, al menos en parte, su valor anterior. En sus mentes parece que el valor es inherente al dinero como tal, y no comprenden que la riqueza real, que este dinero pudo haber representado, se ha disipado de una vez por todas.

Este sentimiento se ve respaldado por las diversas normativas legales con las que los gobiernos se esfuerzan por controlar los precios internos y preservar así cierto poder adquisitivo para su moneda de curso legal. Así, la fuerza de la ley preserva una medida de poder adquisitivo inmediato sobre algunos productos básicos, y la fuerza del sentimiento y la costumbre mantiene, especialmente entre los campesinos, la disposición a atesorar un papel que en realidad carece de valor.

La presunción de un valor espurio para la moneda, por la fuerza de la ley expresada en la regulación de los precios, contiene en sí misma, sin embargo, el germen de la decadencia económica final, y pronto seca las fuentes del suministro último.

Si a un hombre se le obliga a cambiar los frutos de su trabajo por papel que, como la experiencia pronto le enseña, no puede utilizar para comprar lo que necesita a un precio comparable al que ha recibido por sus propios productos, se guardará su producción para sí mismo, se la disipará a sus amigos y vecinos como un favor, o relajará sus esfuerzos para producirla.

Un sistema que obliga al intercambio de productos básicos a lo que no es su valor relativo real no sólo relaja la producción, sino que conduce finalmente al desperdicio y a la ineficiencia del trueque.

Si, no obstante, un gobierno se abstiene de regular y permite que las cosas sigan su curso, los productos esenciales alcanzan pronto un nivel de precios fuera del alcance de todos excepto de los ricos, la inutilidad del dinero se hace evidente y el fraude al público ya no puede ocultarse.

El efecto sobre el comercio exterior de la regulación de precios y la persecución de especuladores como remedios contra la inflación es aún peor. Cualquiera que sea la situación en el país, la moneda no tardará en alcanzar su nivel real en el extranjero, con el resultado de que los precios dentro y fuera del país pierdan su ajuste normal.

El precio de las mercancías importadas, al convertirse al tipo de cambio actual, supera con creces el precio local, de modo que muchos bienes esenciales no serán importados en absoluto por la agencia privada, y deberán ser proporcionados por el gobierno, el cual, al revender los bienes por debajo del precio de coste, se hunde de este modo un poco más en la insolvencia.

Los subsidios al pan, hoy casi universales en toda Europa, son el principal ejemplo de este fenómeno.

Los países de Europa se dividen en la actualidad en dos grupos distintos en lo que respecta a sus manifestaciones de lo que es en realidad un mismo mal en todas partes, según hayan sido aislados del intercambio internacional por el Bloqueo, o se les hayan pagado las importaciones con los recursos de sus aliados.

Tomo a Alemania como ejemplo típico del primero, y a Francia e Italia del segundo.

La circulación de billetes de Alemania es aproximadamente diez veces149 lo que era antes de la guerra. El valor del marco en términos de oro es aproximadamente una octava parte de su valor anterior. Como los precios mundiales en términos de oro son más del doble de lo que eran, se deduce que los precios en marcos dentro de Alemania deberían ser de dieciséis a veinte veces su nivel de antes de la guerra si han de estar en sintonía y debida conformidad con los precios fuera de Alemania.150

Pero esto no es así. A pesar de una subida muy grande de los precios alemanes, probablemente estos aún no alcancen de media mucho más de cinco veces su nivel anterior, en lo que respecta a los productos básicos; y es imposible que sigan subiendo a menos que se produzca un ajuste simultáneo y no menos violento del nivel de los salarios nominales.

El desajuste existente dificulta de dos maneras (aparte de otros obstáculos) esa reactivación del comercio de importación que constituye el requisito previo indispensable para la reconstrucción económica del país.

En primer lugar, los productos importados escapan al poder adquisitivo de la gran masa de la población,151 y la avalancha de importaciones que cabría haber esperado tras el levantamiento del bloqueo no fue, de hecho, comercialmente posible.152

En segundo lugar, constituye una empresa peligrosa para un comerciante o un fabricante comprar con crédito extranjero materia prima para la cual, una vez que la haya importado o manufacturado, recibirá una moneda en marcos de un valor bastante incierto y posiblemente irrealizable.

Este último obstáculo para la reactivación del comercio es de los que pasan desapercibidos con facilidad y merece un poco de atención. Es imposible en el momento actual decir cuánto valdrá el marco en términos de moneda extranjera de aquí a tres, seis meses o un año, y el mercado de cambios no puede cotizar ninguna cifra fiable.

Puede darse el caso, por tanto, de que un comerciante alemán, celoso de su futuro crédito y reputación, a quien de hecho se le ofrezca un crédito a corto plazo en libras esterlinas o en dólares, se muestre reacio y dude en aceptarlo. Deberá libras esterlinas o dólares, pero venderá su producto a cambio de marcos, y su capacidad, llegado el momento, para convertir esos marcos en la divisa con la que ha de saldar su deuda es totalmente problemática.

Los negocios pierden su carácter genuino y no pasan de ser una especulación con los tipos de cambio, cuyas fluctuaciones anulan por completo los beneficios normales del comercio.

Por consiguiente, existen tres obstáculos distintos para la reactivación del comercio:

  • una desadaptación entre los precios internos y los precios internacionales,
  • una falta de crédito individual en el extranjero con el cual comprar las materias primas necesarias para asegurar el capital de trabajo y reiniciar el ciclo de intercambio, y
  • un sistema monetario desordenado que hace que las operaciones de crédito sean arriesgadas o imposibles, al margen de los riesgos ordinarios del comercio.

La circulación fiduciaria de Francia supera en más de seis veces su nivel anterior a la guerra. El valor de cambio del franco en términos de oro es un poco inferior a las dos terceras partes de su valor anterior; es decir, el valor del franco no ha caído en proporción al mayor volumen de la moneda.153

Esta situación, aparentemente superior, de Francia se debe a que, hasta hace poco, una gran parte de sus importaciones no se han pagado, sino que se han cubierto mediante préstamos de los gobiernos de Gran Bretaña y de los Estados Unidos. Esto ha permitido que se establezca un desequilibrio entre las exportaciones y las importaciones, el cual se está convirtiendo en un factor muy grave ahora que la ayuda exterior se va retirando gradualmente.154

La economía interna de Francia y su nivel de precios en relación con la circulación fiduciaria y los cambios extranjeros se basan actualmente en un exceso de importaciones sobre las exportaciones que no puede continuar de ningún modo. Sin embargo, resulta difícil ver cómo se puede reajustar la situación si no es mediante una reducción del nivel de consumo en Francia, lo cual, aun cuando sea solo temporal, provocará una gran cantidad de descontento.

La situación de Italia no es muy distinta. Allí la circulación de billetes es de cinco a seis veces su nivel de antes de la guerra, y el valor de cambio de la lira en términos de oro, aproximadamente la mitad de su valor anterior. Por lo tanto, el ajuste del tipo de cambio al volumen de la circulación fiduciaria ha avanzado más en Italia que en Francia. Por otra parte, los ingresos «invisibles» de Italia, procedentes de las remesas de emigrantes y de los gastos de los turistas, se han visto muy perjudicados; la desintegración de Austria la ha privado de un mercado importante; y su dependencia particular del transporte marítimo extranjero y de las materias primas importadas de todo tipo la ha expuesto a daños especiales derivados del aumento de los precios mundiales. Por todas estas razones, su posición es grave, y su exceso de importaciones constituye un síntoma tan preocupante como en el caso de Francia.155

La inflación existente y el desajuste del comercio internacional se ven agravados, tanto en Francia como en Italia, por la desafortunada situación presupuestaria de los Gobiernos de estos países.

En Francia, la incapacidad para imponer tributos es notoria. Antes de la guerra, los presupuestos agregados francés y británico, así como la imposición fiscal media por habitante, eran aproximadamente iguales; pero en Francia no se ha hecho ningún esfuerzo considerable para cubrir el aumento de los gastos.

«Los impuestos aumentaron en Gran Bretaña durante la guerra», se ha estimado, «de 95 francos por habitante a 265 francos, mientras que el aumento en Francia fue solo de 90 a 103 francos».

Los impuestos votados en Francia para el año financiero que finalizó el 30 de junio de 1919 representaban menos de la mitad del gasto normal estimado post-bellum. El presupuesto normal para el futuro no puede fijarse por debajo de los 4.400.000.000 de dólares (22 mil millones de francos), y puede superar esta cifra; pero incluso para el año fiscal 1919-1920 los ingresos estimados por tributación no cubren mucho más de la mitad de esta cantidad.

El Ministerio de Hacienda francés carece por completo de un plan o política para hacer frente a este prodigioso déficit, salvo la expectativa de recibir percepciones de Alemania a una escala que los propios funcionarios franceses saben que carece de fundamento. Entre tanto, se auxilian mediante la venta de material de guerra y de excedentes de existencias estadounidenses, y no dudan en recurrir, incluso en el segundo semestre de 1919, a sufragar el déficit mediante una expansión aún mayor de la emisión de billetes del Banco de Francia.156

La situación presupuestaria de Italia es quizás un poco superior a la de Francia. Las finanzas italianas durante la guerra fueron más audaces que las francesas, y se hicieron esfuerzos mucho mayores para imponer impuestos y pagar la guerra. Sin embargo, el Signor Nitti, el primer ministro, en una carta dirigida al electorado en vísperas de las elecciones generales (oct., de 1919), consideró necesario hacer público el siguiente análisis desesperado de la situación:—(1) Los gastos del Estado ascienden a unas tres veces los ingresos. (2) Todas las empresas industriales del Estado, incluidos los ferrocarriles, telégrafos y teléfonos, están funcionando con pérdidas. Aunque el público compra pan a un precio alto, ese precio representa una pérdida para el Gobierno de alrededor de mil millones al año. (3) Las exportaciones que ahora salen del país están valoradas en solo una cuarta o una quinta parte de las importaciones del extranjero. (4) La deuda nacional está aumentando a razón de unos mil millones de liras al mes. (5) Los gastos militares de un mes siguen siendo mayores que los del primer año de la guerra.

Pero si esta es la situación presupuestaria de Francia e Italia, la del resto de la Europa beligerante es aún más desesperada. En Alemania, el gasto total del Imperio, los Estados federales y los municipios en 1919-1920 se calcula en 25 mil millones de marcos, de los cuales no más de 10 mil millones están cubiertos por los impuestos existentes con anterioridad. Esto sin tener en cuenta nada para el pago de la indemnización. En Rusia, Polonia, Hungría o Austria no se puede considerar seriamente que exista algo parecido a un presupuesto.157

Así, la amenaza del inflacionismo descrita anteriormente no es meramente un producto de la guerra, de la cual la paz comienza la cura. Es un fenómeno continuo cuyo fin aún no se vislumbra.

Todas estas influencias se combinan no solo para impedir que Europa proporcione de inmediato un flujo suficiente de exportaciones con el que pagar los bienes que necesita importar, sino que también socavan su crédito para asegurar el capital de trabajo requerido para reiniciar el ciclo de cambio y, además, al desviar las fuerzas de la ley económica aún más lejos del equilibrio en lugar de acercarlas a él, favorecen la permanencia de las condiciones actuales en vez de una recuperación de estas.

Una Europa ineficiente, desempleada y desorganizada se presenta ante nosotros, desgarrada por la discordia interna y el odio internacional, combatiendo, muriendo de hambre, pillando y mintiendo. ¿Qué justificación hay para un cuadro de colores menos sombríos?

En este libro he prestado poca atención a Rusia, Hungría o Austria.158 Allí las miserias de la vida y la desintegración de la sociedad son demasiado notorias como para requerir análisis; y estos países ya están experimentando la actualidad de lo que para el resto de Europa sigue estando en el ámbito de la predicción. Sin embargo, abarcan un vasto territorio y una gran población, y son un ejemplo existente de cuánto puede sufrir el hombre y cuán lejos puede decaer la sociedad.

Por encima de todo, son para nosotros la señal de cómo en la catástrofe final la enfermedad del cuerpo se transmuta en enfermedad de la mente. La privación económica avanza por etapas graduales, y mientras los hombres la soportan con paciencia al mundo exterior le importa poco.

La eficiencia física y la resistencia a las enfermedades disminuyen lentamente,159 pero la vida prosigue de algún modo, hasta que por fin se alcanza el límite de la resistencia humana y los consejos de desesperación y locura agitan a los sufridos de la modorra que precede a la crisis. Entonces el hombre se sacude, y los lazos de la costumbre se desatan. El poder de las ideas es soberano, y escucha cualquier instrucción de esperanza, ilusión o venganza que el viento le lleve.

Mientras escribo, las llamas del bolchevismo ruso parecen haberse consumido, al menos por el momento, y los pueblos de Europa Central y Oriental se encuentran sumidos en un sopor terrible. La cosecha recientemente recogida previene las privaciones más graves, y se ha declarado la paz en París.

Pero se acerca el invierno. Los hombres no tendrán nada que esperar ni en qué alimentar sus esperanzas. Habrá poco combustible para moderar el rigor de la estación o para reconfortar los cuerpos hambrientos de los habitantes de las ciudades.

Pero ¿quién puede decir cuánto es soportable, o en qué dirección buscarán al fin los hombres escapar de sus desgracias?

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