En cualquier caso, un inglés que tomó parte en la Conferencia de París y fue durante esos meses miembro del Consejo Económico Supremo de las Potencias Aliadas, estaba obligado a convertirse, para él una nueva experiencia, en un europeo en sus preocupaciones y perspectivas. Allí, en el centro neurálgico del sistema europeo, sus preocupaciones británicas debían desvanecerse en gran medida y debía verse atormentado por otros y más espantosos espectros.
París era una pesadilla, y todos allí eran mórbidos. Una sensación de catástrofe inminente se cernía sobre la escena frívola; la futilidad y pequeñez del hombre ante los grandes acontecimientos que se le venían encima; el significado y la irrealidad mezclados de las decisiones; la ligereza, la ceguera, la insolencia, los gritos confusos desde fuera... todos los elementos de la tragedia antigua estaban allí.
Sentado en verdad en medio de los atrezos teatrales de los salones de Estado franceses, uno podía preguntarse si los extraordinarios rostros de Wilson y de Clemenceau, con su tinte fijo y su caracterización inmutable, eran realmente rostros o más bien las máscaras tragi-cómicas de algún extraño drama o guiñol.
Los procedimientos de París tenían todos este aire de extraordinaria importancia y de insignificancia al mismo tiempo. Las decisiones parecían cargadas de consecuencias para el futuro de la sociedad humana; sin embargo, el ambiente susurraba que el verbo no se hacía carne, que era inútil, insignificante, carente de efecto, disociado de los acontecimientos; y uno percibía con gran fuerza la impresión, descrita por Tolstói en Guerra y paz o por Hardy en Los dinastas, de unos acontecimientos que marchaban hacia su conclusión fatales, sin dejarse influir ni afectar por las cerebraciones de los hombres de Estado reunidos en Consejo: