hemos aprendido que podemos gastar cientos de millones y, al parecer, no sufrir por ello. Evidentemente, no explotamos al máximo las posibilidades de nuestra vida económica. Aspiramos, por tanto, no solo a un retorno a las comodidades de 1914, sino a una inmensa ampliación e intensificación de estas. Todas las clases sociales por igual trazan así sus planes: los ricos, para gastar más y ahorrar menos; los pobres, para gastar más y trabajar menos.
Pero tal vez solo en Inglaterra (y en América) sea posible ser tan inconsciente. En la Europa continental la tierra se agita y no hay nadie que no sea consciente de los retumbos. Allí no se trata solo de extravagancia o de «problemas laborales»; sino de vida y muerte, de inanición y existencia, y de las temibles convulsiones de una civilización moribunda.
Para quien pasó en París la mayor parte de los seis meses que siguieron al Armisticio, una visita ocasional