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III. La Cámara de los Lores

La Cámara de los Lores

En mi último ensayo demostré que era posible que un monarca constitucional resultara, cuando la ocasión se presentaba, de primera categoría tanto en los inicios como durante la vigencia de un gobierno; pero que, de hecho, no era probable que fuese útil. Las ideas, hábitos y facultades requeridos superan con mucho la competencia habitual de un hombre medio, educado a la manera común de los soberanos. Los mismos argumentos son enteramente aplicables al final de una administración. Pero en esa coyuntura entran en juego las dos prerrogativas más singulares de un rey inglés —la facultad de crear nuevos pares y la facultad de disolver los Comunes—, y no podemos criticar debidamente el uso o abuso de estas facultades hasta que sepamos qué son los pares y qué es la Cámara de los Comunes.

El uso de la Cámara de los Lores, o más bien de los Lores, en su capacidad dignificada, es muy grande. No atrae tanta reverencia como la Reina, pero atrae muchísima. La función de una orden de nobleza es imponerse a la gente común —no necesariamente imponerle lo que es falso, y menos aún lo que es dañino; sino aun así imponer a sus imaginaciones quiescentes lo que de otro modo no estaría allí—. La fantasía de la masa de los hombres es increíblemente débil; no puede ver nada sin un símbolo visible, y hay mucho que apenas puede distinguir con un símbolo. La nobleza es el símbolo de la mente. Posee las marcas a partir de las cuales la masa de los hombres siempre solía inferir la mente, y a menudo todavía la infiere. Un hombre común y listo que va a un lugar rural no obtendñrá reverencia; pero el «viejo hacendado» la obtendrá. Incluso después de estar insolvente, cuando todos saben que su ruina es solo cuestión de tiempo, obtendrá cinco veces más respeto de los campesinos comunes que el hombre enriquecido de reciente data que se sienta a su lado. Los campesinos comunes escucharán sus tonterías de manera más sumisa que la sensatez del hombre nuevo. Un viejo lord obtendrá un respeto infinito. Su propia existencia es útil en la medida en que despierta la sensación de obediencia a una especie de mente en la multitud grosera, obtusa y contraída, que no podría apreciar ni percibir ninguna otra.

El orden de la nobleza es también de gran utilidad, no solo por lo que crea, sino por lo que previene. Previene el gobierno de la riqueza: la religión del oro. Este es el ídolo obvio y natural del anglosajón. Siempre está intentando ganar dinero; lo calcula todo en moneda; se postra ante un gran montón y se burla al pasar junto a un montón pequeño. Tiene una «admiración natural e instintiva por la riqueza en sí misma».

Y dentro de buenos límites el sentimiento es bastante correcto. Mientras juguemos al juego de la industria con energía y entusiasmo (y espero que lo juguemos durante mucho tiempo, pues habremos de ser muy distintos de lo que somos si hacemos algo mejor), por fuerza respetaremos y admiraremos a quienes jueguen con éxito, y despreciaremos un poco a quienes jueguen sin él. Ya sea este sentimiento correcto o incorrecto, es inútil discutirlo; hasta cierto punto, es involuntario; no corresponde a los mortales decidir si lo tendremos o no; la naturaleza decide por nosotros que, dentro de límites moderados, debemos tenerlo.

Pero la admiración por la riqueza en muchos países va mucho más allá de esto; deja de considerar en absoluto la habilidad de adquisición; respeta la riqueza en manos del heredero tanto como en las del creador; es una simple envidia y amor por un montón de oro en cuanto montón de oro. De esto nos preserva nuestra aristocracia. No hay país donde un «pobre diablo de millonario la pase tan mal como en Inglaterra». El experimento se prueba todos los días, y todos los días se demuestra que el dinero solo —el dinero pur et simple— no comprará la «Sociedad Londinense». El dinero se mantiene a raya y, por decirlo así, acobardado por la autoridad predominante de un poder diferente.

Pero podrá decirse que esto no es ninguna ganancia; que, culto por culto, el culto al dinero es tan bueno como el culto a la jerarquía. Aun concediendo que así fuera, es una gran ventaja para la sociedad tener dos ídolos: en la competencia de las idolatrías, el culto verdadero tiene una oportunidad.

Pero no es cierto que la veneración por la jerarquía —al menos, por la jerarquía hereditaria— sea tan baja como la veneración por el dinero. Tal como ha marchado el mundo, los modales han sido semihereditarios en ciertas castas, y los modales son una de las bellas artes. Son el estilo de la sociedad; son en el trato cotidiano y hablado de los seres humanos lo que el arte de la expresión literaria es en su trato escrito ocasional.

Al venerar la riqueza no veneramos a un hombre, sino a un apéndice de un hombre; al venerar la nobleza heredada, veneramos la probable posesión de una gran facultad: la facultad de hacer aflorar lo que uno lleva dentro.

La gracia inconsciente de la vida puede darse en las clases medias; personas de finos modales nacen en todas partes, pero debe darse en la aristocracia: y un hombre ha de nacer con un defecto en los nervios si no posee algo de ella. Es una posesión fisiológica de la estirpe, aunque a veces falte en el individuo.

Hay una tercera idolatría de la que la del rango nos libra, y tal vez sea la peor de todas: la del cargo. La divinidad más abyecta es un empleado subalterno y, sin embargo, ahora mismo en los Gobiernos civilizados es la más común. En Francia y en todo lo mejor del continente impera como una superstición. De nada sirve demostrar que el sueldo de los pequeños funcionarios es menor que el mercantil, que su trabajo es más monótono que el trabajo mercantil; que su mente es menos útil y su vida más sosa. A pesar de todo, se les cree más grandes y mejores. Están décorés; llevan un poco de rojo en el lado izquierdo de la solapa y ningún argumento servirá contra eso.

En Inglaterra, por el curioso curso de nuestra sociedad, lo que un teórico desearía ha acabado por suceder.

Los grandes cargos, ya sean permanentes o parlamentarios, que exigen intelecto otorgan ahora prestigio social, y casi solo esos.

Un subsecretario de Estado con 2.000 libras al año es un hombre mucho más influyente que el director de una compañía financiera con 5.000, y el país se ahorra la diferencia.

Pero excepto en unas pocas oficinas como la del Tesoro, que en su día estuvieron ocupadas por gente aristocrática y conservan un tufillo a nobleza de segunda mano, un puesto menor no tiene ninguna utilidad social.

Un gran tendero desprecia al empleado de impuestos; y lo que en muchos países se consideraría imposible, el empleado de impuestos envidia al tendero.

La riqueza sólida cuenta allí donde no se concede ninguna dignidad artificial a las funciones públicas insignificantes. Un empleado de la administración pública es «nadie», y no lograrías que un inglés corriente entendiera por qué debería ser alguien.

Pero debe reconocerse que esta conversión de la sociedad en un recurso político la ha medio arruinado.

Una gran parte de la «mejor» gente inglesa mantiene su mente en un estado de decorosa atonía. Mantienen su dignidad; logran ser obedecidos; son buenos y caritativos con sus subordinados. Pero no tienen la menor noción de agilidad mental: ninguna idea de que el encanto de la sociedad depende de ello.

Consideran que la inteligencia es una payasada y sienten un terror constante, aunque innecesario, de que se les atribuya alguna. Hasta tal punto marca la pauta esta rígida dignidad que los pocos ingleses capaces de brillar socialmente la ocultan por lo general. Se la reservan para personas en las que confían y de las que saben que son capaces de apreciar sus matices.

Pero un buen Gobierno bien vale una gran dosis de sosa inercia social. El torpor digno de la sociedad inglesa es inevitable si damos la preferencia, no a las clases más inteligentes, sino a las clases más antiguas, y ya hemos visto cuán útil es eso.

El prestigio social de la aristocracia es, como todo el mundo sabe, inmensamente menor de lo que era hace cien o incluso cincuenta años. Dos grandes movimientos —los dos más importantes de la sociedad moderna— le han sido desfavorables. El auge de la riqueza industrial en innumerables formas ha introducido un competidor que por lo general tiene más intelecto, y que sería supremo de no ser por su torpeza y su gêne intelectual. Cada día nuestras compañías, nuestros ferrocarriles, nuestras obligaciones y nuestras acciones tienden cada vez más a multiplicar estos entornos de la aristocracia, y con el tiempo la ocultarán. Y mientras este sotobosque ha crecido, la aristocracia ha descendido. Tienen menos medios para sobresalir que antes. Su poder radica en su exhibición teatral, en su boato. Pero la sociedad es cada día menos suntuosa. Como ha observado nuestro gran satírico: «El último duque de St. David’s solía cubrir el camino del norte con sus carrozas; las mesoneras y los camareros se inclinaban ante él. El duque actual se escabulle de una estación de ferrocarril, fumando un puro, en un carruaje brougham». La aristocracia no puede llevar la vida de antaño aunque quisiera; está gobernada por un poder superior. Sufren la tendencia de toda la sociedad moderna a elevar el promedio y a rebajar —comparativa y quizás absolutamente a rebajar— la cúspide. A medida que lo pintoresco y los rasgos distintivos de la sociedad disminuyen, la aristocracia pierde el único instrumento de su poder peculiar.

Si recordamos la gran reverencia que solía rendirse a la nobleza como tal, nos sorprenderá que la Cámara de los Lores, como asamblea, siempre haya sido inferior; que siempre haya sido, al igual que ahora, no la primera, sino la segunda de nuestras asambleas.

No estoy hablando, por supuesto, de la edad media; no me ocupo de la forma embrionaria o infantil de nuestra Constitución; solo hablo de su forma adulta.

Tomemos los tiempos de Sir R. Walpole. Fue primer ministro porque controlaba la Cámara de los Comunes; fue destituido porque fue derrotado en una petición electoral en esa Cámara; gobernaba Inglaterra porque gobernaba esa Cámara.

Sin embargo, la nobleza era entonces el poder gobernante en Inglaterra. En muchos distritos, la palabra de algún lord era ley. El «malvado Lord Lowther», como era llamado, dejó un nombre de terror en Westmoreland durante la memoria de hombres aún vivos.

Una gran parte de los diputados de los distritos urbanos y una gran parte de los diputados de los condados eran sus candidatos designados; se les rendía una deferencia obediente e indiscutible. Como individuos, los pares eran la gente más importante; como Cámara, los pares reunidos no eran más que la segunda Cámara.

Varias causas contribuyeron a crear esta anomalía, pero la causa principal fue de orden natural. La Cámara de los Lores nunca ha sido una Cámara donde los pares más importantes fuesen los más importantes. No podía ser de otro modo. Las cualidades que preparan a un hombre para una eminencia destacada en una asamblea deliberativa no son hereditarias ni van unidas a grandes patrimonios.

En la nación, en las provincias, en su propia provincia, un duque de Devonshire o un duque de Bedford era un hombre mucho más importante que lord Thurlow.

Tenían grandes haciendas, muchos burgos, innumerables vasallos, séquitos dignos de una corte. Lord Thurlow no tenía burgos ni vasallos; vivía de su sueldo.

Hasta que se reunía la Cámara de los Lores, los duques no solo eran los más importantes, sino inconmensurablemente los más importantes. Pero tan pronto como la Cámara se reunía, lord Thurlow pasaba a ser el más importante.

Él sabía hablar, y los demás no sabían hablar. Podía despachar en media hora asuntos que ellos no habrían podido despachar en un día, o que no habrían podido despachar en absoluto.

Cuando algún necio par, que desaprobaba su dominación, se mofó de su cuna, él tuvo palabras para responder a la situación: dijo que era mejor para cualquiera deber su puesto a su propio esfuerzo que deberlo a la ascendencia, a ser el «accidente de un accidente».

Pero una Cámara como esta no podía ser grata a los grandes nobles. No les gustaba ser secundarios en su propia asamblea (y sin embargo esa fue su posición de generación en generación) frente a un abogado de ayer —a quien todo el mundo recordaba sin escritos, que había hablado por «sueldo», que había «andado hambriento tras seis chelines y ocho peniques»—. Los grandes pares no obtenían gloria de la Cámara; al contrario, perdían gloria cuando estaban en la Cámara.

Idearon dos recursos para salir de este apuro:

  • inventaron los poderes, que les permitían votar sin estar presentes, sin sentirse ofendidos por la energía y la invectiva, sin ser molestados por el ridículo, sin abandonar la mansión rural o el palacio urbano donde eran semidioses.
  • Y lo que fue aún más eficaz, utilizaron su influencia en la Cámara de los Comunes en lugar de en la Cámara de los Lores.

De ese modo indirecto, un magnate rural, que medio elegía a dos diputados del condado y totalmente a dos diputados de distrito, que tal vez concedía escaños a miembros del Gobierno, que posiblemente sentaba al líder de la Oposición, se convertía en un hombre mucho más importante que sentado en su propio escaño, en su propia Cámara, escuchando hablar a un canciller.

La Cámara de los Lores era una fuerza de segunda categoría, incluso cuando los Lores eran una fuerza de primera categoría, porque los Lores más grandes, aquellos con mayor importancia social, no se interesaban por su propia Cámara ni les gustaba, sino que obtenían una gran parte de su poder político mediante una influencia oculta pero potente en la Cámara rival.

Cuando dejamos de mirar a la Cámara de los Lores bajo su aspecto digno y pasamos a considerarla bajo su aspecto estrictamente útil, hallamos que la teoría literaria de la Constitución inglesa es totalmente errónea, como de costumbre.

Esta teoría sostiene que la Cámara de los Lores es un orden coordinado del reino, de igual rango que la Cámara de los Comunes; que es la rama aristocrática, así como los Comunes son la rama popular; y que, según el principio de nuestra Constitución, la rama aristocrática posee la misma autoridad que la rama popular.

Tan rotundamente falsa es esta doctrina que constituye una peculiaridad notable, una excelencia capital de la Constitución británica, el hecho de contener una especie de Cámara Alta que no posee la misma autoridad que la Cámara Baja, pero que aun así conserva cierta autoridad.

El mal de dos Cámaras coiguales de naturalezas distintas es obvio.

Cada Cámara puede detener toda legislación, y sin embargo cierta legislación puede ser necesaria. En este momento tenemos el mejor ejemplo de esto que cabría concebir.

La Cámara Alta de nuestra Constitución victoriana, que representa a los ricos productores de lana, ha disentido de la Asamblea Baja, y la mayor parte de los asuntos están suspendidos. De no ser por una estratagema de lo más curiosa, la maquinaria del Gobierno se detendría.

La mayoría de las Constituciones han cometido este error. Las dos instituciones republicanas más notables del mundo lo cometen. Tanto en la Constitución americana como en la suiza, la Cámara Alta tiene tanta autoridad como la segunda: podría producir el máximo impedimento —el bloqueo, si quisiera—; si no lo hace, no se debe a la bondad de la constitución legal, sino a la discreción de los miembros de la Cámara.

En ambas Constituciones, esta peligrosa división es defendida por una doctrina peculiar con la que ahora no tengo nada que ver.

Se dice que debe haber en un Gobierno Federal alguna institución, alguna autoridad, algún órgano que posea un veto en el cual los Estados separados que componen la Confederación sean todos iguales. Confieso que esta doctrina no me resulta evidente por sí misma, y se da por supuesta, pero no se demuestra.

El Estado de Delaware no es igual en poder ni en influencia al Estado de Nueva York, y no se puede lograr que lo sea otorgándole un veto igualitario en una Cámara Alta.

La historia de una institución semejante es, en verdad, de lo más natural.

A un pequeño Estado le gustará, y debe gustarle, ver algún símbolo, algún monumento conmemorativo de su antigua independencia preservado en la Constitución por la cual dicha independencia es extinguida.

Pero una cosa es que una institución sea natural, y otra muy distinta que sea conveniente.

Si en verdad es cierto que un Gobierno Federal impone la erección de una Cámara Alta de autoridad concluyente y coordinada, se trata de un defecto más que se añade a los muchos otros defectos inherentes a esa forma de Gobierno. Puede que sea necesario tener la mancha, pero no deja de ser una mancha por ello.

Debería haber en toda Constitución una autoridad disponible en alguna parte. El poder soberano debe ser asequible. Y los ingleses lo han hecho así. La Cámara de los Lores, durante la aprobación de la Ley de Reforma de 1832, mostraba tanta renuencia a coincidir con la Cámara de los Comunes como la Cámara Alta de Victoria a coincidir con la Cámara Baja. Pero coincidió. La Corona tiene la autoridad para crear nuevos pares; y el rey de entonces le había prometido al ministerio de entonces crearlos. A la Cámara de los Lores no le agradaba el precedente, y aprobaron el proyecto de ley. El poder no fue utilizado, pero su existencia fue tan útil como su energía. Así como el saber que sus hombres pueden ir a la huelga hace que un patrón ceda para que no vayan a la huelga, del mismo modo el saber que su Cámara podía ser inundada a voluntad del rey —a voluntad del pueblo— hizo que los Lores cedieran ante el pueblo.

Desde la Ley de Reforma, la función de la Cámara de los Lores ha cambiado en la historia inglesa. Antes de dicha ley era, si no una Cámara directora, al menos una Cámara de Directores. Los principales nobles, que tenían mayor influencia en los Comunes y dominaban a los Comunes, se sentaban en ella. La influencia aristocrática era tan poderosa en la Cámara de los Comunes que nunca hubo una ruptura seria de la unidad. Cuando las Cámaras se disputaban, era, como en el gran caso de Aylesbury, por sus respectivos privilegios, y no sobre la política nacional. La influencia de la nobleza era entonces tan potente que no era necesario ejercerla. La Constitución inglesa, aunque entonces muy diferente en este punto de lo que es ahora, ni siquiera en aquel momento contenía el error de la Constitución victoriana o de la suiza. No tenía dos Cámaras de origen distinto; tenía dos Cámaras de origen común⁠—dos Cámaras en las que el elemento predominante era el mismo. El peligro de discordancia se evitaba mediante una unidad latente.

Desde la Ley de Reforma, la Cámara de los Lores se ha convertido en una cámara revisora y suspensiva.

Puede modificar proyectos de ley; puede rechazar proyectos de ley sobre los cuales la Cámara de los Comunes aún no muestra una determinación absoluta —sobre los cuales la nación aún no se ha decidido—.

Su veto es una especie de veto hipotético. Vienen a decir: «Rechazamos vuestro proyecto de ley por esta vez, o estas dos veces, o incluso estas tres veces; pero si insistís en remitírnoslo, al fin dejaremos de rechazarlo».

La Cámara ha dejado de ser un órgano de directores latentes para convertirse en uno de detractores temporales y modificadores palpables.

El único título del duque de Wellington al nombre de estadista es que presidió este cambio. Deseaba guiar a los Lores hacia su verdadera posición, y los guio. En 1846, en plena crisis de la lucha por las Leyes de Granos, y cuando se planteaba si la Cámara de los Lores debía resistir o ceder, escribió una carta muy curiosa al difunto Lord Derby:⁠—

“Durante muchos años, en realidad desde el año 1830, cuando me retiré del cargo, me he esforzado por dirigir la Cámara de los Lores basándome en el principio en el que concibo que la institución existe en la Constitución del país, el del conservadurismo. Me he opuesto invariablemente a toda medida violleta y extrema, lo cual no es exactamente el modo de adquirir influencia en un partido político en Inglaterra, particularmente en uno que se halla en la oposición al Gobierno. He apoyado invariablemente al Gobierno en el Parlamento en ocasiones importantes, y siempre he ejercido mi influencia personal para prevenir el daño de cualquier atisbo de diferencia o división entre las dos Cámaras —de lo cual hay algunos ejemplos notables, a los que haré referencia aquí, ya que tenderán a mostraros la naturaleza de mi gestión y, posiblemente, en cierta medida, explicar el extraordinario poder que he ejercido durante tantos años, sin ninguna pretensión aparente a él—.

“Al percatarme de las dificultades en las que se hallaba envuelto el difunto rey Guillermo debido a una promesa hecha de crear pares, cuyo número, creo, era indefinido, decidí yo mismo, y persuadí a otros, en un número muy elevado, a ausentarse de la Cámara durante el debate de las últimas etapas del proyecto de ley de Reforma, tras haber fracasado las negociaciones para la formación de una nueva administración. Este proceder causó en su tiempo un gran descontento en el partido; a pesar de lo cual creo que salvó entonces la existencia de la Cámara de los Lores y la Constitución del país.

“Posteriormente, a lo largo del período comprendido entre 1835 y 1841, persuadí a la Cámara de los Lores para que se apartara de muchos principios y sistemas que ellos, al igual que yo, habían adoptado y votado en materia de diezmos irlandeses, corporaciones irlandesas y otras medidas, para gran disgusto y molestia de muchos. Pero recuerdo una medida en particular, la unión de las provincias del Alto y del Bajo Canadá, en cuyas primeras etapas había hablado en contra de la medida y me había manifestado en su contra; y en las últimas etapas de la misma persuadí a la Cámara para que la aprobara y la sacara adelante, con el fin de evitar el perjuicio a los intereses públicos de un litigio entre las Cámaras sobre una cuestión de tanta importancia. Después apoyé las medidas del Gobierno y protegí al servidor del Gobierno, el capitán Elliot, en China. Todo lo cual tendió a debilitar mi influencia entre algunos miembros del partido; otros, posiblemente una mayoría, habrán aprobado el rumbo que tomé. Al mismo tiempo era bien sabido que, desde el comienzo al menos del Gobierno de lord Melbourne, estuve en constante comunicación con él sobre todos los asuntos militares, ya ocurrieran en el país o en el extranjero, en cualquier caso. Pero también sobre muchos otros.

“Todo esto tendió por supuesto a disminuir mi influencia en el partido conservador, a la vez que tendía fundamentalmente a la tranquilidad y satisfacción de la soberana, y al mantenimiento del buen orden. Por fin llegó la dimisión del Gobierno por parte de sir Robert Peel, en el mes de diciembre pasado, y el deseo de la Reina de que lord John Russell formara una administración. El 12 de diciembre la Reina me escribió la carta de la cual os adjunto copia, así como la copia de mi respuesta de la misma fecha; de las cuales parece que nunca habéis visto copias, a pesar de que se las comuniqué inmediatamente a sir Robert Peel. Me era imposible obrar de otro modo que el indicado en mi carta a la Reina. Soy servidor de la Corona y del pueblo. Se me ha pagado y recompensado, y me considero retenido; y no puedo hacer otra cosa que servir según se me requiera, cuando puedo hacerlo sin deshonor, es decir, mientras tenga salud y fuerzas para permitirme servir. Pero es obvio que hay, y debe haber, un fin a toda conexión y consejo entre el partido y yo. Podría haber declinado con coherencia, y algunos pueden pensar que debería haber declinado, pertenecer al gabinete de sir Robert Peel en la noche del 20 de diciembre. Pero mi opinión es que, de haberlo hecho, el Gobierno de sir Robert Peel no se habría formado; que habríamos tenido a ⸻ y a ⸻ en el poder a la mañana siguiente.

“Pero, en cualquier caso, es bien obvio que cuando llegue ese arreglo, que tarde o temprano ha de llegar, se acabará toda influencia por mi parte sobre el partido conservador, si fuera tan indiscreto como para intentar ejercer alguna. Veréis, por tanto, que el terreno está totalmente despejado para vos, y que no debéis temer las consecuencias de disentir en opinión conmigo cuando entréis en él; puesto que, en verdad, he puesto fin, mediante mi carta a la Reina del 12 de diciembre, a la relación entre el partido y mi persona, cuando el partido se halle en la oposición al Gobierno de su Majestad.

“Mi opinión es que el gran objetivo de todo esto es que asumáis la posición y ejerzáis la influencia que yo he ejercido durante tanto tiempo en la Cámara de los Lores. La cuestión es: ¿cómo ha de alcanzarse ese objetivo? ¿Guiando su opinión y su decisión, o siguiéndolas? Veréis que me he esforzado por guiar su opinión, y lo he conseguido en algunas ocasiones de lo más notables. Pero ha sido a base de bastante manejo.

“En la importante ocasión y cuestión que ahora tiene ante sí la Cámara, me propongo intentar inducirlos a evitar involucrar al país en las dificultades adicionales de una diferencia de opinión, posiblemente un litigio entre las Cámaras, sobre una cuestión en cuya resolución se ha afirmado frecuentemente que sus señorías tenían un interés personal; aseveración que, por muy falsa que sea en lo que respecta a cada uno de ellos personalmente, no podía negarse en cuanto afecta a los propietarios de tierras en general. Soy consciente de la dificultad, pero no desespero de sacar adelante el proyecto de ley. Debéis ser el mejor juez del rumbo que debéis tomar, y del rumbo más propicio para granjearos la confianza de la Cámara de los Lores. Mi opinión es que debéis aconsejar a la Cámara que vote aquello que más contribuya al orden público y sea más beneficioso para los intereses inmediatos del país.”

Este es el modo en que la Cámara de los Lores llegó a ser lo que es ahora, una cámara con (en la mayoría de los casos) un veto suspensivo, con (en la mayoría de los casos) un poder de revisión, pero sin otros derechos ni poderes.

La pregunta que debemos responder es: «Siendo la Cámara de los Lores de este modo, ¿para qué sirven los Lores?».

Evidentemente falla la creencia común de que es un baluarte contra una revolución inminente. Como la carta del duque demuestra en cada línea, los miembros más sabios, los miembros rectores de la Cámara, saben que la Cámara debe ceder ante el pueblo si el pueblo está decidido.

Los dos casos —el de la Ley de Reforma y el de las Leyes de Cereales— fueron casos decisivos. La gran mayoría de los Lores consideraba que la Reforma era la revolución; el Libre Comercio, la confiscación; y ambas cosas juntas, la ruina. Si alguna vez se hubiera podido confiar en que resistirían al pueblo, entonces habrían resistido.

Pero, a decir verdad, es vano esperar que una segunda cámara —una cámara de notables— resista jamás a una cámara popular, la cámara de una nación, cuando esa cámara es vehemente y la nación también lo es. No hay fuerza en ella para tal propósito. Toda cámara de clase, toda cámara minoritaria, por decirlo así, se siente débil y desamparada cuando la nación está agitada.

En tiempos de revolución no hay más que dos poderes: la espada y el pueblo. El ejecutivo manda sobre la espada; la gran lección que el Primer Napoleón enseñó a la población parisina —la aportación que hizo a la teoría de las revoluciones en el 18 de Brumario— es hoy bien conocida. Cualquier militar fuerte al frente del ejército puede usar el ejército. Pero una segunda cámara no puede usarlo. Es una asamblea pacífica compuesta por pares tímidos, abogados ancianos o, como en el extranjero, hombres de letras ingeniosos. Tal cuerpo no tiene fuerza para someter a la nación, y si la nación quiere que haga algo, tiene que hacerlo.

La naturaleza misma también, como se ha visto, de los Lores en la Constitución inglesa, muestra que esta no puede detener la revolución. La Constitución contiene una disposición excepcional para impedir que la detenga. El ejecutivo, el designado por la cámara popular y la nación, puede crear nuevos pares y, por tanto, una mayoría en la cámara de los Lores; puede decirles a los Lores: «Usad los poderes de vuestra Cámara como queramos, o no los usaréis en absoluto. Encontraremos a otros para que los usen; vuestra virtud se extinguirá si no se utiliza como nos gusta, y se detendrá cuando nos plazca».

Una asamblea bajo semejante amenaza no puede frenar, y no pudo haber tenido la intención de frenar, a un ejecutivo resuelto e insistente.

De hecho, la Cámara de los Lores, en tanto que Cámara, no es un baluarte que impedirá la revolución, sino un indicador de que la revolución es improbable.

Dado que se apoya en la vieja deferencia y en el homenaje inveterado, demuestra que el espasmo de las nuevas fuerzas, el estallido de las nuevas agencias, a lo que llamamos revolución, es por el momento sencillamente imposible.

Mientras muchas hojas viejas persistan en los árboles de noviembre, sabréis que ha habido poca helada y nada de viento; del mismo modo, mientras la Cámara de los Lores conserve gran parte de su poder, podréis saber que no hay un descontento desesperado en el país, ni ninguna agencia violenta capaz de provocar una gran demolición.

Existía antes la idea preconcebida de que dos cámaras —una cámara revisora y una cámara sugerente— eran esenciales para un gobierno libre. La primera persona que arrojó una piedra dura —una piedra que dio en el blanco de manera efectiva— contra dicha teoría fue alguien muy poco propenso a favorecer la influencia democrática o a ignorar la utilidad de la aristocracia: el actual Lord Grey. Él tuvo que abordar el asunto de manera práctica. Fue el primer gran ministro colonial de Inglaterra que se propuso introducir instituciones representativas en todas sus colonias aptas para ello, y se estrelló de frente con la dificultad de que en dichas colonias apenas había gente lo bastante idónea para una sola asamblea, y ni de lejos había suficiente gente idónea para dos asambleas. Ocurrió —y ocurrió de la forma más natural— que la segunda asamblea resultaba perniciosa. La segunda asamblea o bien era designada por la Corona, que en tales lugares se aliaba de manera natural con las mentes mejor instrucritas, o bien era elegida por personas con un censo electoral más elevado —gente dotada de un juicio singularmente certero—. Ambos selectores escogían a los mejores hombres de la colonia y los situaban en la segunda asamblea. Pero de este modo la asamblea popular quedaba desprovista de esos mejores hombres. La asamblea popular se veía privada de aquellos guías y aquellos líderes que mejor la habrían guiado y dirigido. Esos hombres superiores eran relegados a parlamentar entre sí, y tal vez a disputar entre sí; constituían un ejemplo concentrado de fuerzas elevadas pero neutralizadas. Deseaban hacer el bien, pero no podían hacer nada. La Cámara Baja, habiendo extraído de su seno a toda la gente de valía de la colonia, hacía lo que le placía. La democracia se veía fortalecida antes que debilitada por el aislamiento de sus mejores oponentes en una posición de debilidad. Tan pronto como la experiencia demostró esto, o pareció demostrarlo, la teoría de que dos cámaras eran esenciales para un gobierno bueno y libre se desvaneció.

Con una Cámara Baja perfecta es seguro que una Cámara Alta carecería casi por completo de valor.

Si tuviéramos una Cámara de los Comunes ideal que representara perfectamente a la nación, siempre moderada, nunca apasionada, pródiga en hombres con tiempo libre, que nunca omitiera las formas lentas y constantes necesarias para una buena deliberación, es seguro que no necesitaríamos una cámara superior.

El trabajo se haría tan bien que no querríamos que nadie lo revisara ni supervisara. Y todo lo que es innecesario en el Gobierno es pernicioso. La vida humana hace necesaria tanta complejidad que un añadido artificial seguramente causará daño: no se puede saber dónde la pieza innecesaria de maquinaria atrapará y atascará las cien ruedas necesarias; pero las probabilidades son concluyentes de que las obstaculizará en alguna parte, tan finas y delicadas son.

Pero aunque junto a una Cámara de los Comunes ideal los Lores serían innecesarios, y por tanto perniciosos, junto a la Cámara real un poder legislativo revisor y con tiempo libre es sumamente útil, si no del todo necesario.

En la actualidad, las mayorías fortuitas sobre cuestiones menores en la Cámara de los Comunes no están sometidas a ningún control efectivo. La nación nunca presta atención a otra cosa que no sean los asuntos principales de política y Estado. Sobre estos forma ese juicio rudo, tosco y rector que llamamos opinión pública; pero acerca de las demás cosas no piensa en absoluto, y sería inútil que lo hiciese.

Carece de los elementos para formarse un juicio: el detalle de los proyectos de ley, la parte instrumental de la política, la parte latente de la legislación, escapan por completo de su alcance. No sabe nada de ellos y no podría encontrar el tiempo ni el esfuerzo para la investigación minuciosa mediante la cual únicamente pueden ser comprendidos.

Una mayoría casual de la Cámara de los Comunes detenta, por tanto, un poder dominante: puede legislar como le plazca. Y aunque toda la Cámara de los Comunes sobre los grandes temas representa con bastante justicia a la opinión pública, y aunque su juicio sobre cuestiones menores es, por ciertas excelencias secretas de su composición, notablemente sensato y bueno; sin embargo, al igual que todas las asambleas similares, está sujeta a la acción repentina de combinaciones egoístas.

Se dice que hay dos «miembros de los ferrocarriles» en el Parlamento actual. Si estos dos miembros deciden unirse en un punto que al público no le importa, y que a ellos les importa porque afecta a sus bolsillos, son absolutos. Un interés nefasto y formidable puede obtener siempre el pleno dominio de una asamblea dominante por alguna casualidad y por un momento, y por ello es de gran utilidad contar con una segunda cámara de índole opuesta, compuesta de otro modo, en la que ese interés con toda probabilidad no mandará.

El más peligroso de todos los intereses siniestros es el del Gobierno ejecutivo, porque es el más poderoso. Es perfectamente posible —ha sucedido y volverá a suceder— que el Gabinete, al ser muy poderoso en los Comunes, imponga a la nación medidas menores que a esta no le gustaban, pero que no comprendía lo suficiente como para prohibir. Si, por lo tanto, se puede encontrar un tribunal de revisión en el que el ejecutivo, aunque poderoso, sea menos poderoso, el Gobierno será mejor; la cámara moderadora impedirá los casos menores de tiranía parlamentaria, aunque no impedirá ni obstaculizará gran cosa la revolución.

Toda gran asamblea es, por otra parte, un cuerpo fluctuante; no es una sola cámara, por decirlo así, sino un conjunto de cámaras; es un grupo de hombres esta noche y otro mañana por la noche.

Cierta unidad se preserva sin duda mediante la obligación que el ejecutivo se supone que debe asumir, y de hecho asume, de mantener el cuórum; se provee así un elemento constante en torno al cual se acumulan y desaparecen toda clase de variables.

Pero aun tras hacer el debido cálculo del peso total de esta maquinaria protectora, nuestra Cámara de los Comunes está, como deben estarlo todas las cámaras de este tipo, sujeta a giros y arrebatos repentinos de sentimiento, debido a que los miembros que la componen cambian de vez en cuando.

El resultado pernicioso es perpetuo en nuestra legislación; muchos actos del Parlamento son amalgamas de diferentes motivos, porque la mayoría que aprobó un conjunto de sus cláusulas es diferente de la que aprobó otro conjunto.

Pero el mayor defecto de la Cámara de los Comunes es que carece de tiempo libre. La vida de la Cámara es la peor de todas las vidas: una vida de rutina agobiante. Tiene ante sí una cantidad de asuntos tal como ninguna asamblea similar ha tenido jamás. El Imperio británico es un agregado heterogéneo, y cada trozo del agregado aporta su parte de asuntos a la Cámara de los Comunes. Es la India un día y Jamaica al día siguiente; luego otra vez China, y después Schleswig-Holstein. nuestra legislación abarca todos los temas, porque nuestro país contiene todos los ingredientes. Las meras preguntas que se hacen a los ministros abarcan la mitad de los asuntos humanos; las leyes de proyectos de ley privados (Private Bill Acts), los meros privilegia de nuestro gobierno —por subordinados que debieran ser— probablemente le dan a la Cámara de los Comunes más trabajo absoluto que todo el negocio, tanto nacional como privado, de cualquier otra asamblea que se haya reunido jamás. Todo el panorama está tan atiborrado de asuntos cambiantes que resulta difícil mantener la cabeza en él.

Sea también lo que fuere en lo sucesivo, cuando se dé con un sistema mejor, por el momento la Cámara hace por sí misma todo el trabajo de legislación, todo el detalle y todos los artículos.

Una de las muestras más desvalidas de ingenio desvalido y mente desaprovechada es un comité plenario de la Cámara sobre un proyecto de ley de muchos artículos que enemigos ansiosos intentan estropear y diversos amigos intentan enmendar. Una ley del Parlamento es al menos tan compleja como una capitulación matrimonial; y se hace poco más o menos como se haría una capitulación si se dejara a votación y la zanjara la mayor parte de las personas interesadas, incluidos los hijos por nacer.

Hay un defensor para cada interés, y cada interés clama por cada ventaja. El Gobierno ejecutivo, por medio de sus fuerzas disciplinadas y de los pocos miembros valiosos que se sientan a pensar, preserva una cierta clase de unidad.

Pero el resultado es muy imperfecto. La mejor prueba de una máquina es el trabajo que produce. Que cualquiera que sepa cómo deben ser los documentos legales lea primero un testamento que acaba de hacer y luego una ley del Parlamento; sin duda dirá: «Habría despedido a mi abogado si hubiera hecho mi gestión como la legislatura ha hecho la de la nación».

Tal como es la Cámara de los Comunes, una buena Cámara de revisión, regulación y freno constituiría un beneficio de gran magnitud.

¿Pero es la Cámara de los Lores una cámara de ese tipo? ¿Hace este trabajo? Esta es una cuestión casi nunca debatida.

La Cámara de los Lores, desde hace treinta años al menos, ha sido en la discusión popular un asunto dado por sentado. La pasión popular no se ha cruzado en su camino, ni se ha avivado una imaginación vívida para esclarecer el asunto.

La Cámara de los Lores tiene el mayor mérito que una cámara semejante puede tener: es posible. Es increíblemente difícil conseguir una asamblea revisora, porque es difícil encontrar una clase de revisores respetados. Un senado federal, una segunda Cámara, que representa la unidad estatal, tiene esta ventaja; encarna un sentimiento profundamente arraigado en la sociedad —un sentimiento que es anterior a la política complicada, que es mil veces más fuerte que los sentimientos políticos comunes—, el sentimiento local. «Mi camisa», dijo el patriota suizo de los derechos cantonales, «me es más querida que mi abrigo». Cada Estado de la Unión americana sentiría que una falta de respeto hacia el Senado es una falta de respeto hacia sí mismo. En consecuencia, el Senado es respetado; cualesquiera que sean los méritos o deméritos de su actuación, puede actuar; es real, independiente y eficaz. Pero en los gobiernos comunes resulta fatalmente difícil dotar de poder a una entidad impopular en el seno de un gobierno popular.

Es casi lo mismo decir que la Cámara de los Lores es independiente. No sería poderosa, no sería posible, a menos que se sepa que es independiente.

Los Lores son, en varios aspectos, más independientes que los Comunes; su juicio tal vez no sea un juicio tan bueno, pero es categóricamente su propio juicio. La Cámara de los Lores, como cuerpo, no es accesible a ningún soborno social. Y esto, en nuestros días, no es asunto menor.

Muchos miembros de la Cámara de los Comunes, a los que no se puede influir mediante ninguna otra forma de corrupción, están muy influidos por esta, su clase más insidiosa. Los directores de la prensa y sus escritores son peores —al menos los más influyentes que se acercan a la tentación—; pues por la «posición», como la llaman, por cierta intimidad con la aristocracia, algunos de ellos harían casi cualquier cosa y dirían casi cualquier cosa.

Pero los Lores son quienes dan los sobornos sociales, y no quienes los aceptan. Están por encima de la corrupción porque son los corruptores.

No tienen ningún electorado al que temer o congraciar; poseen los mejores medios de cualquier clase del país para formarse un juicio desinteresado y sereno. Tienen también tiempo libre para formarlo. No tienen ocupaciones que los distraigan que merezcan tal nombre.

  • Los deportes de campo no son más que pasatiempos, aunque algunos lores pongan en ellos la seriedad de un inglés.
  • Pocos ingleses pueden sepultarse en la ciencia o la literatura; y la aristocracia posee tal vez menos de ese ímpetu que las clases medias.
  • La sociedad es demasiado correcta y aburrida como para constituir una ocupación, como lo ha sido en otros tiempos y eras.
  • La aristocracia vive con el temor de las clases medias —del tendero y del comerciante—.
  • No se atreven a tramar una sociedad de disfrute como la que una vez formó la aristocracia francesa.

La política es la única ocupación que un par tiene digna de tal nombre. Puede dedicarse a ella sin distracciones. La Cámara de los Lores, además de independencia para revisar con criterio judicial y posición para revisar con eficacia, tiene tiempo libre para revisar intelectualmente.

Estos son grandes méritos: y, considerando lo difícil que es conseguir una buena segunda cámara, y cuánta necesidad tenemos de una segunda con nuestra primera cámara actual, bien podemos estar agradecidos por ellos.

Pero no debemos permitir que nos cieguen. Esos méritos de los Lores tienen defectos muy cercanos a ellos que contribuyen en gran medida a hacerlos inútiles. Con su riqueza, su posición y su tiempo libre, la Cámara de los Lores, a primera vista, nos gobernaría mucho más de lo que lo hace si no tuviera defectos secretos que la obstaculizan y debilitan.

El primero de estos defectos apenas puede llamarse secreto, aunque, por otra parte, tampoco es muy conocido. Un crítico severo, aunque no hostil, de nuestras instituciones dijo que «el remedio para admirar a la Cámara de los Lores era ir a verla», y no para verla en un gran día de lucimiento político o en un momento de desfile, sino en el trámite ordinario de los asuntos.

Hay tal vez diez pares en la Cámara, posiblemente solo seis; el cuórum para despachar asuntos es de tres. Unos pocos más pueden deambular por allí o no hacerlo: esos son los principales oradores, los juristas (hace unos años, cuando Lyndhurst, Brougham y Campbell estaban en plena forma, eran con mucho los oradores predominantes) y unos cuantos estadistas que todo el mundo conoce. Pero la masa de la Cámara no es nada.

Por esto los oradores formados en los Comunes detestan hablar en los Lores. Lord Chatham solía llamarlo el «Tapiz».

La Cámara de los Comunes es un escenario de vida si es que alguna vez ha habido un escenario de vida. Cada miembro de la multitud, cada átomo del conjunto, tiene sus propios objetivos (buenos o malos), sus propios propósitos (grandes o mezquinos); sus propias nociones, tales como son, de lo que es; sus propias nociones, tales como son, de lo que debe ser. Hay una confluencia heterogénea de elementos vigorosos, pero el resultado es uno y bueno. Existe un «sentimiento de la Cámara», un «sentido» de la Cámara, y nadie que sepa algo al respecto puede despreciarlo. Un hombre de mundo muy astuto llegó a decir que «la Cámara de los Comunes tiene más sentido que cualquiera de sus miembros».

Pero no existe tal «sentido» en la Cámara de los Lores, porque no hay vida. La Cámara Baja es una cámara de políticos ávidos; la Alta (por decirlo suavemente), de políticos poco ávidos.

Esta apatía no es, en verdad, tan grande como indicaría la apariencia exterior. Los comités de los Lores (como es bien sabido) hacen una gran labor y la hacen muy bien. Y, tal como es, la apatía es muy natural. Una Cámara compuesta de hombres ricos que pueden votar por delegación sin asistir no asistirá mucho. Pero, tras cualquier rebaja, la verdadera indiferencia ante sus deberes de la mayoría de los pares es un gran defecto, y la aparente indiferencia es un defecto peligroso. En lo que respecta a la política, hay una verdad profunda en el axioma de Lord Chesterfield de que «el mundo debe juzgarte por lo que aparentas, no por lo que eres». El mundo sabe lo que aparentas; no sabe lo que eres. Una asamblea —una asamblea revisora especialmente— que no se reúne, que parece importarle poco cómo revisa, carece de un ingrediente político fundamental. Puede ser de utilidad, pero difícilmente convencerá a la humanidad de que así sea.

El siguiente defecto es aún más grave: no afecta simplemente a la obra aparente de la Cámara de los Lores, sino a su obra real. Como cuerpo legislativo revisor, está compuesto de un modo demasiado uniforme. Los errores son de diversa índole; pero la constitución de la Cámara de los Lores solo previene un único error: el de un cambio demasiado precipitado.

Los Lores —dejando a un lado a unos pocos juristas y a unos pocos marginados— son todos terratenientes con mayor o menor riqueza. Todos tienen, en mayor o menor medida, las opiniones, los méritos, los defectos de esa única clase. Revisan la legislación, en la medida en que la revisan, exclusivamente de acuerdo con los supuestos intereses, los sentimientos predominantes, las opiniones heredadas de dicha clase.

Desde la Ley de Reforma, esta uniformidad de tendencia ha sido muy evidente. Los Lores se han sentido —sería duro decir hostiles, pero sí dudosos— respecto a la nueva legislación. Había en ella un espíritu ajeno al suyo, y han tratado de expulsarlo siempre que han podido.

Ese espíritu es lo que se ha denominado el «espíritu moderno». No es fácil concentrar su esencia en una frase; vive en nuestra vida, anima nuestras acciones, sugiere nuestros pensamientos. Todos sabemos lo que significa, aunque llevaría todo un ensayo acotarlo y definirlo. A esto se oponen los Lores; allí donde está implicado, no son revisores imparciales, sino parciales.

Esta unidad de composición no sería ningún defecto; sería, o podría ser, incluso un mérito, si la crítica de la Cámara de los Lores, aunque fuera una crítica recelosa, fuese al menos una crítica de gran entendimiento. La legislación característica de cada época debe tener defectos característicos; es el resultado de un carácter, por necesidad defectuoso y limitado. Debe malinterpretar ciertas clases de cosas, debe pasar por alto otras. Si pudiéramos contar con un crítico complementario, un crítico que viera lo que la época no veía, y que viera con acierto lo que la época malinterpretaba, tendríamos un crítico de valor incalculable. ¿Pero es la Cámara de los Lores ese crítico? ¿Puede decirse que su animadversión hacia la legislación de la época se funda en la percepción de lo que la época no ve, y en una percepción rectificada de lo que la época sí ve? El partidario más extremista, el admirador más fervoroso de los Lores, si posee una mente ecuánime y templada, no puede afirmarlo. La evidencia es demasiado contundente. En el libre comercio, por ejemplo, nadie puede dudar de que los Lores —en opinión, en lo que deseaban hacer y habrían hecho de haber actuado según su propio criterio— estaban totalmente equivocados. Esta es la prueba más clara del «espíritu moderno». Aquí es más fácil estar seguro de lo acertado que en otros ámbitos. El comercio es como la guerra; su resultado es evidente. ¿Se gana dinero o no se gana? Hay tan poca apelación a las cifras como a una batalla. Ahora bien, nadie puede dudar de que Inglaterra está mucho mejor gracias al libre comercio; de que tiene más dinero, y de que su dinero está más distribuido del modo en que desearíamos que lo estuviera. En el único caso en el que podemos someter a prueba indiscutible el espíritu moderno, este acertó, y la dudosa Cámara Alta —la Cámara que lo habría rechazado de ser posible— se equivocó.

Hay otra razón. La Cámara de los Lores, al ser una cámara hereditaria, no puede poseer más que una capacidad común. Puede contener —casi siempre ha contenido, casi siempre contendrá— a hombres extraordinarios. Pero sus legisladores natos promedio no pueden ser extraordinarios. Al ser un grupo de primogénitos elegidos por el azar y la historia, no puede ser muy sabia. Sería un milagro permanente que semejante cámara poseyera un conocimiento de su época superior al de los demás hombres de su tiempo; que poseyera un conocimiento superior y complementario; que descifrara lo que ellos no disciernen, y viera con verdad aquello que ellos veían, en verdad, pero veían erróneamente.

La dificultad es más profunda. La tarea de revisar, de revisar adecuadamente la legislación de esta época, no es solo aquella para la cual una aristocracia carece de facilidad, sino una que le resulta difícil de realizar. Miren el libro de estatutos de 1865 —los estatutos generales del año. Encontrarán, no piezas literarias, no asuntos sutiles y delicados, sino asuntos toscos, montones rudos de pesados asuntos. Tratan sobre comercio, sobre finanzas, sobre la reforma del derecho estatutario, sobre la reforma del derecho consuetudinario; tratan sobre diversas clases de negocios, pero siempre de negocios. Y no hay ser humano con educación menos propenso a conocer los negocios, mejor colocado para conocer los negocios que un joven lord. Los negocios son en realidad más agradables que el placer; interesan a toda la mente, a la naturaleza integral del hombre de manera más continua y más profunda. Pero no lo parece. Es difícil convencer a un joven que puede disfrutar del mejor placer de que así será. A un joven lord que acaba de heredar 30.000 libras al año por lo general no le importará mucho la ley de patentes, la ley de los «peajes de tránsito» ni la ley de prisiones. Como Hércules, tal vez elija la virtud, pero difícilmente Hércules podría elegir los negocios. Tiene todo para tentarlo a alejarse de ellos y nada para tentarlo a acercarse. Y aun si desea entregarse a los negocios, dispone de medios mediocres. El placer está cerca de él, pero los negocios están lejos. Pocas cosas son más divertidas que las ideas sobre los negocios de un joven bien intencionado, que ha nacido fuera del mundo de los negocios, pero que desea dedicarse a ellos. Apenas tiene idea de en qué consisten. En realidad, se trata de la adaptación de ciertos medios particulares a fines particulares igualmente ciertos. Pero casi ningún joven carente de experiencia es capaz de separar el fin de los medios. Le parece una especie de misterio; y es una suerte si no piensa que las formas son la parte principal y que el fin es meramente secundario. Hay una gran cantidad de hombres de negocios falsamente llamados así que le aconsejarán eso. El tema parece una especie de laberinto. «¿Qué me recomendarías leer?», pregunta el simpático joven; y es imposible explicarle que la lectura no tiene nada que ver con eso, que aún no tiene en su mente las ideas originales sobre las cuales leer; que la administración es un arte como la pintura es un arte; y que ningún libro puede enseñar la práctica de ninguna de las dos cosas.

Antiguamente, este defecto de la aristocracia se ocultaba gracias a sus propias ventajas. Al ser la única clase desahogada económicamente y culta, no tenían competencia; y aunque por lo general no fuesen excelentes en los asuntos de Estado —salvo por alguna capacidad extraordinaria—, eran lo mejor que se podía conseguir. Incluso en los viejos tiempos, sin embargo, se refugiaban de la mayor presión del trabajo rudo. Designaban a un administrador —un Peel o un Walpole, todo menos un aristócrata de modales o de naturaleza— para que actuara o gestionara en su nombre. Pero ahora está surgiendo una clase formada para el pensamiento, repleta de dinero y, sin embargo, entrenada para los negocios. Mientras escribo, dos miembros de esta clase han sido nombrados para puestos de por sí considerables, y destinados con certeza (si algo es seguro en política) al gabinete y al poder. Esta es la clase de hombres de negocios altamente cultos que, tras unos años, pueden dejar los negocios y empezar a ambicionar. Por ahora estos hombres son pocos en la vida pública, porque no conocen su propia fuerza. Es como el cuento del huevo de Colón una vez más; unos pocos hombres originales demostrarán que se puede hacer, y entonces una multitud de hombres comunes les seguirá. Estos hombres conocen los negocios en parte por tradición, y esto es mucho. Hay familias universitarias —familias que hablan de becas y que invierten la capacidad de sus hijos en versos latinos tan pronto como la descubren—; solía haber familias indias de la misma clase, y probablemente las vuelva a haber cuando el sistema competitivo haya tenido tiempo de fomentar una nueva estirpe. Del mismo modo, existen familias de empresarios para quienes todo lo relativo al dinero, todo lo relativo a la administración, es tan familiar como el aire que respiran. Todos los estadounidenses, se ha dicho, conocen los negocios; está en el aire de su país. Así ciertas clases conocen los negocios aquí; y un lord difícilmente puede conocerlos. Es una dificultad tan grande aprender de negocios en un palacio como aprender de agricultura en un parque.

A cierto género de negocios, en verdad, esta doctrina no se aplica. Hay un género de negocios en el que nuestra aristocracia todavía tiene, y es probable que conserve durante mucho tiempo, cierta ventaja. Este es el negocio de la diplomacia.

Napoleón, que conocía bien a los hombres, jamás, de poder evitarlo, empleaba a hombres de la Revolución en misiones ante las cortes antiguas; decía: «No le hablaban a nadie y nadie les hablaba»; y así no enviaban a casa ninguna información. La razón es obvia.

La diplomacia del viejo mundo en Europa se llevaba a cabo en gran medida en los salones y, en buena parte, por necesidad sigue siendo así. Las naciones se tocan en sus cumbres. Es siempre la clase más alta la que más viaja, la que más sabe de las naciones extranjeras, la que menos tiene del sectarismo territorial que se llama a sí mismo patriotismo, y a menudo se cree que es así.

Incluso aquí, en verdad, en Inglaterra, la nueva clase mercantil es en mérito real igual a la aristocracia. Su conocimiento de las cosas extranjeras es igual de grande, y su contacto con ellas a menudo mayor. Pero, a pesar de todo, la nueva raza no es tan útil para la diplomacia como la antigua raza.

Un embajador no es simplemente un agente; es también un espectáculo. Es enviado al extranjero tanto para lucirse como por la sustancia; debe representar a la Reina ante cortes extranjeras y soberanos extranjeros. Una aristocracia es, por su naturaleza, más apta para tal labor; está entrenada para la parte teatral de la vida; es apta para eso si es apta para algo.

Pero, con esta excepción, una aristocracia es necesariamente inferior en los asuntos a las clases más cercanas a ellos; y no es, por tanto, una clase adecuada, si pudiéramos elegir las clases, para constituir una cámara destinada a revisar cuestiones de negocios. En verdad, resulta un ejemplo singular de lo natural que son los negocios para la raza inglesa el que la Cámara de los Lores funcione tan bien como lo hace. La apariencia común de la “Cámara en pleno” es una broma —una peligrosa anomalía, de la que el señor Bright se sirve a veces—, pero una gran cantidad de trabajo sustancial se realiza en las “Comisiones”, y a menudo muy bien hecho. La gran mayoría de los pares no hace nada del trabajo que se le ha encomendado, y no podría hacerlo; pero una minoría —una minoría nunca tan amplia ni tan entregada como en esta era— lo hace, y lo hace bien. Aun así, nadie que examine el asunto sin prejuicios puede decir que el trabajo se hace a la perfección. En un país tan rico en talento como Inglaterra, se puede y se debe aplicar mucha más potencia intelectual a la revisión de nuestras leyes.

Y la Cámara de los Lores no solo hace su trabajo imperfectamente, sino que a menudo, al menos, lo hace tímidamente.

  • Al ser solo una sección de la nación, le teme a la nación.
  • Habiendo estado acostumbrada durante años y años, en los asuntos más importantes, a actuar en contra de su propio criterio, apenas sabe cuándo actuar según ese criterio.

El hastío deprimente con el que apaga las ilusiones de un joven par entusiasta es a veces ridículo.

«Una vez que las Leyes de Granos se hayan ido, y los distritos electorales putrefactos, ¿para qué molestarse con el artículo IX del proyecto de ley para regular las fábricas de algodón?»

es el pensamiento latente de muchos pares. Una palabra de los líderes, de «el duque», o de lord Derby, o de lord Lyndhurst, despertará las energías dormidas sobre cualquier asunto; pero la mayoría de los Lores son débiles y desolados.

Estos graves defectos se habrían visto reducidos de inmediato, y con el paso de los años casi borrados, si la Cámara de los Lores no se hubiera opuesto a la propuesta del primer Gobierno de Lord Palmerston de crear pares vitalicios.

El expediente era casi perfecto. La dificultad de reformar una vieja institución como la Cámara de los Lores es necesariamente grande; su posibilidad descansa en una casta continua y en una antigua deferencia. Y si uno empieza a agitarse al respecto, a vocear en mítines al respecto, esa deferencia desaparece, su encanto particular se pierde, su santidad reservada se desvanece. Pero, por una extraña fatalidad, existía en los recovecos de la Constitución una antigua prerrogativa que habría hecho innecesaria la agitación —que habría logrado, sin agitación, todo lo que la agitación podría haber logrado—.

Lord Palmerston era —ahora que ha muerto, y su memoria puede contemplarse con calma— un amigo de la aristocracia tan firme, un aristócrata tan cabal, como cualquiera en Inglaterra; aun así, propuso utilizar ese poder. Si la Cámara de los Lores hubiera estado todavía bajo el liderazgo del duque de Wellington, tal vez habrían dado su aquiescencia. Ciertamente, el duque no habría reflexionado sobre todas las consideraciones que un estadista filosófico le habría presentado; pero se le habría encaminado correctamente mediante una de sus peculiaridades. Le desagradaba, por encima de todas las cosas, oponerse a la Corona. En una gran crisis, en la crisis de las Leyes de Granos, en lo que él pensaba no era en lo que los demás pensaban, el asunto económico en discusión, el bienestar del país pendiendo de un hilo, sino en la tranquilidad de la Reina. Consideraba que la Corona era una parte tan superior en la Constitución que, incluso en ocasiones vitales, atendía únicamente —o decía atender únicamente— a la comodidad momentánea del soberano presente. Nunca se sentía cómodo al oponerse a un acto visible de la Corona. Es muy probable que, si el duque hubiera seguido siendo el presidente de la Cámara de los Lores, habrían permitido que la Corona prevaleciera en su bien elegido plan.

Pero el duque había muerto, y su autoridad —o parte de ella— había recaído en una persona muy diferente. Lord Lyndhurst tenía muchas y grandes cualidades: poseía un intelecto espléndido —una facultad para hallar la verdad tan grande como la de cualquier otro de su generación—, pero no amaba la verdad. Con esa gran facultad para hallar la verdad, fue un creyente en el error —en lo que su propio partido hoy admite que es un error— durante toda su vida. Habría podido hallar la verdad como estadista del mismo modo en que la halló como juez; pero nunca la halló. Jamás la buscó. Fue un gran partidario, y aplicó una capacidad de argumentación, y una facultad de argumentación intelectual pocas veces igualada, para respaldar los dogmas de su partido.

La propuesta de crear pares vitalicios fue planteada por el partido antagónico; en ese momento amenazaba con perjudicar a su propio partido. Para él, esta fue una gran oportunidad. El discurso que pronunció en esa ocasión vive en la memoria de quienes lo escucharon. Sus ojos no le permitían leer en ese momento, de modo que repitió de memoria, y con total exactitud, todas las autoridades de letra gótica vinculadas con la cuestión. Un esfuerzo intelectual tan grande rara vez se ha visto en una asamblea inglesa. Pero el resultado fue deplorable. No por medio de sus autoridades de letra gótica, sino por medio de su autoridad reconocida y su vívida impresión, indujo a la Cámara de los Lores a rechazar la propuesta del Gobierno. Lord Lyndhurst afirmó que la Corona ya no podía crear pares vitalicios, y así es como no existen los pares vitalicios.

La Cámara de los Lores rechazó la inestimable, la sin par oportunidad de ser tácitamente reformada. Una oportunidad así no se presenta dos veces. Los pares vitalicios que se habrían incorporado entonces habrían estado entre los hombres más destacados del país. Lord Macaulay iba a figurar entre los primeros; Lord Wensleydale —el más erudito y no el menos lógico de nuestros abogados—, en el lugar mismo de honor. Treinta o cuarenta hombres de esa talla, añadidos con sensatez y moderación conforme avanzaran los años, le habrían otorgado a la Cámara de los Lores el elemento mismo que, como cámara crítica, tanto necesita. Le habría dado críticos. Los hombres más consumados en cada materia habrían podido entonces, sin consideraciones ajenas de familia y de fortuna, sumarse a la Cámara de Revisión. El elemento mismo que le faltaba a la Cámara de los Lores le fue ofrecido, por así decirlo, mediante una providencia constitucional, y lo rechazaron. Por qué clase de esfuerzo puede repararse ese error no sabría decirlo; pero, a menos que se repare, la capacidad intelectual jamás podrá ser lo que habría sido, nunca será lo que debiera ser, nunca será suficiente para su labor.

Otra reforma debería haber acompañado a la creación de pares vitalicios.

Los votos por poder deberían haber sido abolidos.

Tarde o temprano, la escasa asistencia de la Cámara de los Lores destruirá la Cámara de los Lores. Hay ocasiones en las que las apariencias son realidades, y esta es una de ellas. La Cámara de los Lores, la mayoría de los días, se parece tan poco a lo que debería ser, que la mayoría de la gente no creerá que es lo que debe ser.

La asistencia de los pares reflexivos será, por razones obvias, mayor cuando ya no pueda verse abrumada por la inasistencia, por los votos comisionados de los pares irreflexivos.

La abolición de los votos por poder habría hecho de la Cámara de los Lores una Cámara real; la incorporación de pares vitalicios la habría hecho una buena Cámara.

El mayor de estos cambios habría ayudado de manera muy sustancial a la Cámara de los Lores en el desempeño de sus funciones subsidiarias. Quizás ocurra siempre en una gran nación que ciertos cuerpos de hombres sensatos situados de manera prominente en su Constitución adquieran funciones, y ejerzan útilmente funciones, que en un principio nadie esperaba de ellos, y que no se identifican con su designio original. Esto le ha sucedido especialmente a la Cámara de los Lores. El ejemplo más evidente es la función judicial. Esta es una función que ningún teórico asignaría a una segunda cámara en una nueva Constitución, y que es fruto del azar en la nuestra. Gradualmente, de hecho, se ha hecho sentir la ineptitud de la segunda cámara para las funciones judiciales. Bajo nuestros arreglos actuales, esta función no se confía a la Cámara de los Lores, sino a un Comité de la Cámara de los Lores. En una sola ocasión, el juicio de O’Connell, toda la Cámara, o unos pocos en el seno de la Cámara, quisieron votar, y se les dijo que no podían, o destruirían la prerrogativa judicial. Nadie, en verdad, se atrevería realmente a depositar la función judicial en las mayorías fortuitas de una asamblea fluctuante: lo es según una teoría adormecida; no lo es en la realidad viva. Como cuestión jurídica también, es motivo de grave duda si debería haber dos tribunales supremos en este país: el Comité Judicial del Privy Council y (lo que es de hecho aunque no de nombre) el Comité Judicial de la Cámara de los Lores. Hasta hace muy poco tiempo, un comité podía decidir que un hombre estaba cuerdo en lo referente al dinero, y el otro comité podía decidir que estaba loco en lo referente a las tierras. Este absurdo ha sido enmendado; pero el error del que surgió no ha sido enmendado: el error de tener dos tribunales supremos a los cuales, a medida que pasa el tiempo, se someterá con la frecuencia suficiente la misma cuestión, y cada uno de los cuales de vez en cuando seguramente la decidirá de manera diferente. No considero la función judicial de la Cámara de los Lores como una de sus verdaderas funciones subsidiarias, primero porque de hecho no la ejerce, segundo porque deseo verla privada de ella en apariencia. El tribunal supremo del pueblo inglés debería ser un gran tribunal visible, debería regir a todos los demás tribunales, no debería tener competidor, debería unificar nuestra ley, no debería estar oculto bajo las togas de una asamblea legislativa.

Las verdaderas funciones subsidiarias de la Cámara de los Lores son, a diferencia de sus funciones judiciales, muy análogas a su naturaleza sustancial. La primera es la facultad de criticar al poder ejecutivo. Una asamblea en la que la masa de los miembros no tiene nada que perder, donde la mayoría no tiene nada que ganar, donde todos poseen una posición social firmemente consolidada, donde nadie tiene un electorado, donde a casi nadie le importa el ministro en turno, es precisamente la asamblea en la que hay que buscar, de la que hay que esperar, una crítica independiente. Y, de hecho, la encontramos. La crítica a los actos de las últimas administraciones por parte de Lord Grey ha sido admirable. Pero tal crítica, para tener todo su valor, debe ser multifacética. Todo hombre de gran capacidad imprime su propio sello a su propia crítica; estará llena de pensamiento y sentimiento, pero se tratará entonces de un pensamiento y sentimiento idiosincrásicos. Necesitamos muchos críticos con capacidad y conocimiento en la Cámara Alta —no iguales a Lord Grey, pues serían difíciles de hallar—, pero semejantes a Lord Grey. Deben parecerse a él en su imparcialidad; deben parecerse a él en su claridad; deben parecerse a él, sobre todo, en ofrecer una visión complementaria de un asunto. Existe la visión del actor sobre un asunto, la cual (hablando de una acción madura y debatida, de la acción del Gabinete) casi con seguridad incluye todo lo viejo y lo nuevo, todo lo comprobado y determinado. Pero también existe la visión del espectador, que probablemente omita uno o varios de estos elementos viejos y ciertos, pero que también contenga algún asunto nuevo o lejano que el actor, absorto y ocupado, no pudo ver. Debería haber muchos pares vitalicios en nuestra cámara secundaria capaces de brindarnos esta crítica superior. Me temo que no los veremos pronto, pero como primer paso deberíamos aprender a desearlos.

La segunda acción subsidiaria de la Cámara de los Lores es aún más importante. Si tomamos la Cámara de los Comunes, no tras posibles pero muy improbables mejoras, sino tal como es de hecho y tal como se encuentra, está abrumada de trabajo. La tarea de dirigirla recae en el Gabinete, y esa tarea es muy dura. Todo miembro del Gabinete que esté en los Comunes tiene que «asistir a la Cámara»; debe contribuir con sus votos, si no con su voz, a la gestión de la Cámara. Incluso en un asunto tan menor como el Departamento de Educación, el Sr. Lowe, un observador consumado, habló de la conveniencia de encontrar a un jefe «no expuesto a la prodigiosa labor de asistir a la Cámara de los Comunes». Es casi necesario que ciertos miembros del Gabinete estén exentos de su fatiga y permanezcan inmunes a su entusiasmo. Pero también es necesario que tengan el poder de explicar sus opiniones a la nación; de ser escuchados como los demás son escuchados. Hay varios planes para lograrlo, los cuales quizás discuta un poco al hablar de la Cámara de los Comunes. Pero algo es evidente: la Cámara de los Lores, para sus propios miembros, alcanza este objetivo; les da voz, les da lo que ningún plan competidor les da⁠— posición . Los miembros desocupados del Gabinete hablan en los Lores con autoridad y poder. No son administradores con derecho a la palabra —empleados (como a veces se sugiere) traídos para dar una conferencia a una Cámara, pero sin derecho a votar en ella—, sino que son los iguales de aquellos a quienes se dirigen; hablan como les gusta y replican como eligen; se dirigen a la Cámara no con la «voz contenida» de los subordinados, sino con la fuerza y la dignidad de un rango seguro. Los pares vitalicios nos permitirían utilizar esta facultad de nuestra Constitución con mayor libertad y variedad. Nos otorgaría un mayor dominio del ocio capaz; mejoraría a los Lores como púlpito político, pues ampliaría la lista de sus predicadores selectos.

El peligro de la Cámara de los Comunes es, tal vez, que sea reformada con demasiada precipitación; el peligro de la Cámara de los Lores es, ciertamente, que tal vez nunca sea reformada.

Nadie pide que sea así; está bastante a salvo de una destrucción violenta, pero no está a salvo de la putrefacción interna. Puede perder su veto del mismo modo que la Corona ha perdido su veto.

Si la mayoría de sus miembros descuidan sus deberes, si todos sus miembros continúan perteneciendo a una sola clase, y esta no precisamente la mejor; si sus puertas se cierran al genio que no puede fundar una familia y al talento que no posee cinco mil libras al año, su poder disminuirá año tras año y al fin desaparecerá, tal como ha desaparecido gran parte del poder real⁠—sin que nadie sepa cómo.

Su peligro no está en el asesinato, sino en la atrofia; no en la abolición, sino en la decadencia.

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