intangibles del juicio y el saber. Pero la masa de los antiguos electores no analizaba demasiado: les gustaba tener a uno de sus «superiores» para que los representara; si era rico lo respetaban mucho; y si era lord, tanto mejor. La cuestión que se planteaba a estos electores era: ¿A cuál de los dos ricos vais a elegir? Y cada uno de esos ricos era presentado por grandes partidos cuyas nociones eran las nociones de los ricos, cuyos planes eran sus planes. Los electores se limitaban a seleccionar a uno o dos hombres adinerados para llevar a cabo los proyectos de una o dos asociaciones adineradas.
Hasta tal punto era esto así, que la clase a la que pertenecía el grueso de los votantes de diez libras —la pequeña burguesía— era, por encima de todas las clases, la más duramente tratada en la imposición de los impuestos. Un pequeño tendero, o un empleado que apenas, y solo apenas, era lo bastante rico como para pagar el impuesto sobre la renta, era quizás el único hombre gravemente gravado del país. Pagaba las tasas, los impuestos sobre el té, el azúcar, el tabaco, la malta y los licores, así como el impuesto sobre la renta, pero sus medios eran sumamente escasos. Curiosamente, la clase que en teoría era omnipotente, era la única clase maltratada financieramente. A lo largo de la historia de nuestros anteriores Parlamentos, el electorado no habría podido originar la política que dichos Parlamentos eligieron del mismo modo que tampoco habría podido crear el sistema solar.
Tal como me he esforzado por mostrar en este volumen, la deferencia de los antiguos electores hacia sus superiores era la única forma en que nuestro viejo sistema podía mantenerse. Sin duda se pueden imaginar países en los cuales la masa de los electores sea plenamente competente para formarse buenas opiniones; aproximaciones a ese estado existen felizmente. Pero tal no era el estado de los pequeños tenderos ingleses. Eran apenas competentes para hacer una selección entre dos conjuntos