Los principales hombres de Estado en un país libre tienen un gran poder momentáneo. Ellos dirigen la conversación de la humanidad. Son ellos quienes, mediante un par de grandes discursos, determinan lo que se dirá y lo que se escribirá durante mucho tiempo. Ellos, en conjunto con sus consejeros, fijan el programa de su partido —la «plataforma», como la llaman los estadounidenses— sobre el cual ellos y quienes los acompañan han de sostenerse para la campaña política. Es mediante ese programa, mediante una comparación de los programas de los diferentes hombres de Estado, como el mundo forma su juicio.
La mente común y corriente es muy poco apta para decidir por sí misma a qué cuestión política debe prestar atención; ya es bastante con que pueda juzgar decorosamente las cuestiones que llegan hasta ella de forma espontánea y se le presentan; casi nunca fija sus temas; solo puede decidir sobre los resultados de esos temas.
Y al decidir cuáles han de ser estas cuestiones, los hombres de estado tienen ahora una gran responsabilidad, especialmente si plantean cuestiones que exciten a las clases más bajas de la humanidad; si plantean cuestiones sobre las cuales es probable que esas clases se equivoquen; si plantean cuestiones en las que el interés de esas clases no sea idéntico al interés general del Estado, o sea antagónico a este, habrán causado el mayor daño posible.
El porvenir de este país depende del feliz funcionamiento de un delicado experimento, y habrán hecho todo lo posible para viciar ese experimento. Justo cuando es deseable que a los hombres ignorantes, recién llegados a la política, se les planteen buenos asuntos, y solo buenos asuntos, estos estadistas habrán sugerido malos asuntos.