de no tener otros le permitiría utilizar estos con singular eficacia. Le diría a su Ministro: «La responsabilidad de estas medidas recae sobre usted. Lo que usted considere mejor debe hacerse. Lo que usted considere mejor contará con mi apoyo pleno y efectivo. Pero observará que por esta y aquella razón lo que se propone hacer es malo; por esta y aquella razón lo que no se propone es mejor. Yo no me opongo, es mi deber no oponerme; pero observe que le advierto». Suponiendo que el rey tenga razón y posea lo que los reyes suelen tener, el don de la expresión eficaz, no podría evitar conmover a su Ministro. Puede que no siempre cambie su rumbo, pero siempre alterará su mente.
En el transcurso de un largo reinado, un rey sagaz adquiriría una experiencia con la que pocos ministros podrían competir. El rey podría decir:
«¿Se ha referido usted a las transacciones que ocurrieron durante tal o cual administración, creo que hace unos catorce años? Ofrecen un ejemplo instructivo de los malos resultados que con toda certeza acompañarán a la política que usted propone. En aquella época usted no participaba en la vida pública de un modo tan prominente como lo hace ahora, y es posible que no recuerde plenamente todos los acontecimientos. Le recomendaría que recurriera a ellos y los discutiera con sus colegas de más edad que tomaron parte en los mismos. No es prudente volver a iniciar una política que tan recientemente funcionó tan mal».
El rey tendría en verdad la ventaja que un subsecretario permanente tiene sobre su superior, el secretario parlamentario: la de haber participado en las gestiones de los anteriores secretarios parlamentarios. Estas gestiones formaban parte de su propia vida; ocupaban lo mejor de sus pensamientos, le causaban tal vez ansiedad, tal vez placer, y habían sido