formales de sociedad. Es un vestigio de los viejos tiempos en los que Jorge III quería saberlo todo, por muy trivial que fuera, y asentir a todo, por muy insignificante que fuera.
Estas labores rutinarias pueden descartarse de las discusiones. No es por medio de ellas que el soberano adquiere su autoridad, ni para el mal ni para el bien.
El mejor modo de comprobar lo que le debemos a la Reina es hacer un vigoroso esfuerzo de imaginación y ver cómo nos iría sin ella. Despojemos al gobierno de gabinete de todos sus accesorios, reduciéndolo a sus dos componentes necesarios —una asamblea representativa (una Cámara de los Comunes) y un gabinete nombrado por dicha asamblea— y examinemos cómo nos las arreglaríamos solo con ellos. Estamos tan poco acostumbrados a analizar la Constitución, estamos tan habituados a atribuir el efecto entero de la Constitución a la Constitución en su conjunto, que muchísima gente se imaginará que es imposible que una nación prospere o incluso sobreviva con solo estos dos elementos simples. Pero de esa posibilidad depende la general imitabilidad del gobierno inglés. Un monarca al que se pueda reverenciar de verdad, una Cámara de los Lores a la que se pueda respetar realmente, son accidentes históricos casi exclusivos de esta única isla, y enteramente exclusivos de Europa. Un país nuevo, si ha de ser capaz de un gobierno de gabinete, si no ha de degradarse hasta el gobierno presidencial, debe crear ese gabinete a partir de sus propios recursos autóctonos, sin depender de estos restos del Viejo Mundo.
Muchos métodos podrían sugerirse mediante los cuales un Parlamento podría hacer en apariencia lo que nuestro Parlamento hace en la realidad, a saber, designar a un Primer Ministro. Pero prefiero seleccionar el más simple de todos los modos. Veremos entonces el esqueleto desnudo de este sistema político, percibiremos en qué se diferencia de la forma real, y estaremos totalmente libres de la acusación de haber elegido un sustituto indebidamente encantador y atractivo.