Pero si de estas maneras, y con sujeción a estas excepciones, el Parlamento mediante su política y su discurso encarna y expresa bien la opinión pública, confieso que debe concederse que no tiene el mismo éxito a la hora de elevar la opinión pública. La tarea docente del Parlamento es la tarea que peor realiza. Probablemente en este momento sea natural exagerar este defecto. El mayor maestro de todos en el Parlamento, el director de la nación, el gran elevador del país —en la medida en que el Parlamento lo eleva— debe ser el Primer Ministro: él tiene una influencia, una autoridad, una facilidad para imprimir un gran tono al debate, o un tono mezquino, que ningún otro hombre posee. Ahora bien, lord Palmerston aplicó firmemente su mente durante muchos años a conferir, no ciertamente un tono mezquino, sino un tono ligero a los procedimientos del Parlamento. Uno de su mayores admiradores ha contado, desde su muerte, una anécdota cuyo pleno efecto apenas ve, o parece ver. Cuando lord Palmerston fue nombrado por primera vez líder de la Cámara, sus modales desenfadados no eran en absoluto populares y algunos predijeron el fracaso. «No —dijo un viejo miembro—, pronto nos educará hasta descender a su nivel; la Cámara pronto preferirá este estilo del Ja, Ja al ingenio de Canning y a la seriedad de Peel». Me temo que debemos admitir que la profecía se cumplió. Ningún Primer Ministro, tan popular y tan influyente, ha dejado jamás en la memoria pública una enseñanza tan poco noble. De aquí a veinte años, cuando los hombres pregunten por el entonces desvanecido recuerdo de Palmerston, no podremos señalar ninguna gran verdad que haya enseñado, ninguna gran política definida que haya encarnado, ninguna palabra noble que en su día fascinara a su época y que, en años posteriores, los hombres no quisieran dejar morir. Pero podremos decir «tenía un trato afable, un sentido firme y sensato; tenía una especie de
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IV. La Cámara de los Comunes
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