Estos ejemplos (y podrían añadirse otros) prueban, como también lo prueba la historia, cuál era el pensamiento principal de los redactores de la Constitución americana. Evitaban depositar el poder soberano en cualquier parte. Temían que generara tiranía; Jorge III había sido un tirano para ellos, y viniera lo que viniese, no iban a crear un Jorge III. Las teorías acreditadas decían que la Constitución inglesa dividía la autoridad soberana, y, a modo de imitación, los estadounidenses fragmentaron la suya.
El resultado se ve ahora. En el momento crítico de su historia no hay un poder listo y decisivo. El Sur, tras una gran rebelión, yace a los pies de sus vencedores: sus vencedores han de resolver qué hacer con él. Deben decidir las condiciones bajo las cuales los secesionistas volverán a ser conciudadanos, volverán a votar, volverán a estar representados, volverán tal vez a gobernar. El más difícil de los problemas es cómo convertir a antiguos enemigos en amigos libres. La seguridad de su gran deuda pública, y con esa deuda su crédito futuro y todo su poder en futuras guerras, puede depender de que no otorguen demasiado poder a quienes deben ver en la deuda el coste de su propia subyugación, y que deben sentir una inclinación hacia el repudio de la misma, ahora que su propia deuda —el coste de su defensa— ha sido repudiada. Una raza, además, antaño esclavizada, está ahora a merced de hombres que la odian y la desprecian, y aquellos que la liberaron tienen el deber de darle una oportunidad justa para una nueva vida. El esclavo estaba protegido antiguamente por sus cadenas; era un artículo de valor; pero ahora se pertenece a sí mismo, nadie salvo él mismo tiene interés en su vida; y está a merced de los «blancos pobres», cuyo trabajo devalúa y que lo miran con un odio abyecto.