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nydus/The English ConstitutionPublic
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IV. La Cámara de los Comunes

Hay un dicho del siglo XVIII según el cual, en política, «las apariencias groseras son grandes realidades». Es en vano demostrar que las clases trabajadoras no tienen agravios; que las clases medias han hecho todo lo posible por ellas, y así con una multitud de argumentos que no necesito repetir, pues los periódicos los mantienen en composición y nos los sabemos de memoria. Pero mientras la «apariencia grosera» sea que no hay representantes evidentes e incansables que expresen las necesidades de los artesanos, la «gran realidad» será una insatisfacción difusa. Hace treinta años era en vano demostrar que Gatton y Old Sarum eran escaños valiosos y enviaban buenos miembros. Todo el mundo decía: «Vaya, no hay gente allí». Del mismo modo, todo el mundo debe decir ahora: «Nuestro sistema representativo debe de ser imperfecto, pues una clase inmensa no tiene miembros que hablen por ella». La única respuesta al clamor contra las circunscripciones sin habitantes era transferir su poder a circunscripciones con habitantes. Exactamente igual, la manera de acallar la queja de que los artesanos no tienen miembros es darles miembros —crear un cuerpo de representantes, elegidos por los artesanos, que crean, como diría el señor Carlyle, «que el artesanado es lo único necesario»—.

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