su nueva posición y a doblegar, una y otra vez, su voluntad ante la de los Comunes.
La Ley de Reforma de 1867 ha completado, a mi juicio, de manera inconfundible el efecto que la Ley de 1832 comenzó, pero dejó inacabado. El elemento de la clase media ha ganado enormemente con este segundo cambio, y el elemento aristocrático ha perdido en gran medida.
Si examináis atentamente las listas de los miembros, especialmente de los miembros más destacados, de cualquiera de los bandos de la Cámara, no veréis que se trate en general de nombres aristocráticos. Si consideráis el poder y la posición de la aristocracia titulada, es posible que os sorprenda el grado tan pequeño en que contribuye a la parte activa de nuestra asamblea gobernante.
El espíritu de nuestra actual Cámara de los Comunes es plutocrático, no aristocrático; sus estadistas más prominentes no son hombres de abolengo ni de grandes bienes hereditarios; son hombres en su mayoría de desahogada posición, pero están también en su mayor parte vinculados, de un modo u otro, a la nueva riqueza comercial. El espíritu de ambas Asambleas se ha vuelto mucho más contrastado de lo que jamás fue.