Consideran que la inteligencia es una payasada y sienten un terror constante, aunque innecesario, de que se les atribuya alguna. Hasta tal punto marca la pauta esta rígida dignidad que los pocos ingleses capaces de brillar socialmente la ocultan por lo general. Se la reservan para personas en las que confían y de las que saben que son capaces de apreciar sus matices. Pero un buen Gobierno bien vale una gran dosis de sosa inercia social. El torpor digno de la sociedad inglesa es inevitable si damos la preferencia, no a las clases más inteligentes, sino a las clases más antiguas, y ya hemos visto cuán útil es eso.
El prestigio social de la aristocracia es, como todo el mundo sabe, inmensamente menor de lo que era hace cien o incluso cincuenta años. Dos grandes movimientos —los dos más importantes de la sociedad moderna— le han sido desfavorables. El auge de la riqueza industrial en innumerables formas ha introducido un competidor que por lo general tiene más intelecto, y que sería supremo de no ser por su torpeza y su gêne intelectual. Cada día nuestras compañías, nuestros ferrocarriles, nuestras obligaciones y nuestras acciones tienden cada vez más a multiplicar estos entornos de la aristocracia, y con el tiempo la ocultarán. Y mientras este sotobosque ha crecido, la aristocracia ha descendido. Tienen menos medios para sobresalir que antes. Su poder radica en su exhibición teatral, en su boato. Pero la sociedad es cada día menos suntuosa. Como ha observado nuestro gran satírico: «El último duque de St. David’s solía cubrir el camino del norte con sus carrozas; las mesoneras y los camareros se inclinaban ante él. El duque actual se escabulle de una estación de ferrocarril, fumando un puro, en un carruaje brougham». La aristocracia no puede llevar la vida de antaño aunque quisiera; está gobernada por un poder superior. Sufren la tendencia de toda la sociedad moderna a elevar el promedio y a rebajar —comparativa y quizás absolutamente a rebajar— la cúspide. A medida que lo pintoresco y los rasgos distintivos de la sociedad disminuyen, la aristocracia pierde el único instrumento de su poder peculiar.