No quiero decir que nuestros hombres de estado deban adoptar un tono pedante y doctrinario con el pueblo inglés; si hay algo que el pueblo inglés detesta profundamente, es precisamente ese tono.
Y hacen bien en detestarlo; si un hombre no puede dar orientación y comunicar instrucción formalmente sin decirle a su audiencia «soy mejor que vosotros; yo he estudiado esto como vosotros no lo habéis hecho», entonces no sirve como guía o instructor.
Un hombre de estado que mostrara tal gaucherie exhibiría un defecto de imaginación y dejaría al descubierto una incapacidad para tratar con los hombres que le constituiría un gran obstáculo en su vocación.
Pero no se requiere de mucha argumentación para guiar al público, y menos aún de una exposición formal de ese argumento.
Lo que más se necesita es la enérgica enunciación de conclusiones claras; si un estadista las expresa de manera afortunada (y si es con algunas ilustraciones ligeras y humorísticas, tanto mejor), habrá cumplido su parte. Él habrá dado el texto, los escribas de los periódicos escribirán el sermón.
Un estadista debe mostrar su propia naturaleza y expresar de forma palpable lo que para él es una verdad importante. Y así guiará y beneficiará a la nación.
Pero si, especialmente en una época en que la gran ignorancia tiene un poder inusual en los asuntos públicos, elige aceptar y reiterar las decisiones de esa ignorancia, no es más que el mercenario de la nación, y hace poco más que perjudicarla.
Se me dirá que esto es muy obvio, y que todo el mundo sabe que 2 y 2 son 4, y que no sirve de nada inculcarlo. Pero respondo que la lección no