que las ideas sobre los negocios de un joven bien intencionado, que ha nacido fuera del mundo de los negocios, pero que desea dedicarse a ellos. Apenas tiene idea de en qué consisten. En realidad, se trata de la adaptación de ciertos medios particulares a fines particulares igualmente ciertos. Pero casi ningún joven carente de experiencia es capaz de separar el fin de los medios. Le parece una especie de misterio; y es una suerte si no piensa que las formas son la parte principal y que el fin es meramente secundario. Hay una gran cantidad de hombres de negocios falsamente llamados así que le aconsejarán eso. El tema parece una especie de laberinto. «¿Qué me recomendarías leer?», pregunta el simpático joven; y es imposible explicarle que la lectura no tiene nada que ver con eso, que aún no tiene en su mente las ideas originales sobre las cuales leer; que la administración es un arte como la pintura es un arte; y que ningún libro puede enseñar la práctica de ninguna de las dos cosas.
Antiguamente, este defecto de la aristocracia se ocultaba gracias a sus propias ventajas. Al ser la única clase desahogada económicamente y culta, no tenían competencia; y aunque por lo general no fuesen excelentes en los asuntos de Estado —salvo por alguna capacidad extraordinaria—, eran lo mejor que se podía conseguir. Incluso en los viejos tiempos, sin embargo, se refugiaban de la mayor presión del trabajo rudo. Designaban a un administrador —un Peel o un Walpole, todo menos un aristócrata de modales o de naturaleza— para que actuara o gestionara en su nombre. Pero ahora está surgiendo una clase formada para el pensamiento, repleta de dinero y, sin embargo, entrenada para los negocios. Mientras escribo, dos miembros de esta clase han sido nombrados para puestos de por sí considerables, y destinados con certeza (si algo es seguro en política) al gabinete y al poder. Esta es la clase de hombres de negocios altamente cultos que, tras unos años, pueden dejar los negocios y empezar a ambicionar. Por ahora estos hombres son pocos en la vida pública, porque no conocen su propia fuerza. Es como el cuento del huevo de Colón una vez más; unos pocos hombres originales demostrarán que se puede hacer, y entonces una multitud de hombres