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nydus/The English ConstitutionPublic
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VI. Sus supuestos frenos y contrapesos

Nuestra ciencia física, que se está convirtiendo en la cultura dominante de millares de personas y que empieza a permear nuestra literatura común hasta un punto que pocos observan lo suficiente, tiende exactamente en la misma dirección.

Las dos peculiaridades son su sencillez y su curiosidad; su aprecio por los hechos más «estúpidos», como solían llamarse, y su deseo incesante de verificación —para cerciorarse, mediante el tedioso ver y oír, de que son hechos—.

La antigua emoción del pensamiento se ha medio extinguido, o más bien se difunde en un placer tranquilo a lo largo de la vida en lugar de concentrarse en espasmos intensos y ávidos.

Un viejo filósofo —un Descartes, supongamos— imaginaba que a partir de verdades primitivas, que podía conocer mediante una ardiente excogitación, lograría deducir por pura deducción el universo entero. Creía que un intenso autoexamen y una intensa razón lo esclarecerían todo. El alma «en sí misma y por sí misma» podría decir todo lo que deseaba de mantenerse fiel a su más sublime aislamiento. El mayor disfrute posible para el hombre era el que esta filosofía promete a sus devotos: el placer de tener siempre la razón y de razonar siempre, sin verse jamás en la obligación de mirar nada.

Pero nuestros planes más ambiciosos de filosofía comienzan ahora de un modo completamente distinto. El señor Darwin empieza:⁠—

“When on board H.M.S. Beagle , as naturalist, I was much struck with certain facts in the distribution of the organic beings inhabiting South America, and in the geological relations of the present to the past inhabitants of that continent. These facts, as will be seen in the latter chapters of this volume, seemed to throw some light on the origin of species⁠—that mystery of mysteries, as it has been

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