Con una Cámara Baja perfecta es seguro que una Cámara Alta carecería casi por completo de valor.
Si tuviéramos una Cámara de los Comunes ideal que representara perfectamente a la nación, siempre moderada, nunca apasionada, pródiga en hombres con tiempo libre, que nunca omitiera las formas lentas y constantes necesarias para una buena deliberación, es seguro que no necesitaríamos una cámara superior.
El trabajo se haría tan bien que no querríamos que nadie lo revisara ni supervisara. Y todo lo que es innecesario en el Gobierno es pernicioso. La vida humana hace necesaria tanta complejidad que un añadido artificial seguramente causará daño: no se puede saber dónde la pieza innecesaria de maquinaria atrapará y atascará las cien ruedas necesarias; pero las probabilidades son concluyentes de que las obstaculizará en alguna parte, tan finas y delicadas son.
Pero aunque junto a una Cámara de los Comunes ideal los Lores serían innecesarios, y por tanto perniciosos, junto a la Cámara real un poder legislativo revisor y con tiempo libre es sumamente útil, si no del todo necesario.
En la actualidad, las mayorías fortuitas sobre cuestiones menores en la Cámara de los Comunes no están sometidas a ningún control efectivo. La nación nunca presta atención a otra cosa que no sean los asuntos principales de política y Estado. Sobre estos forma ese juicio rudo, tosco y rector que llamamos opinión pública; pero acerca de las demás cosas no piensa en absoluto, y sería inútil que lo hiciese. Carece de los elementos para formarse un juicio: el detalle de los proyectos de ley, la parte instrumental de la política, la parte latente de la legislación, escapan por completo de su alcance. No sabe nada de ellos y no podría encontrar el tiempo ni el esfuerzo para la investigación minuciosa mediante la cual únicamente pueden ser comprendidos.