lo que somos si hacemos algo mejor), por fuerza respetaremos y admiraremos a quienes jueguen con éxito, y despreciaremos un poco a quienes jueguen sin él. Ya sea este sentimiento correcto o incorrecto, es inútil discutirlo; hasta cierto punto, es involuntario; no corresponde a los mortales decidir si lo tendremos o no; la naturaleza decide por nosotros que, dentro de límites moderados, debemos tenerlo.
Pero la admiración por la riqueza en muchos países va mucho más allá de esto; deja de considerar en absoluto la habilidad de adquisición; respeta la riqueza en manos del heredero tanto como en las del creador; es una simple envidia y amor por un montón de oro en cuanto montón de oro. De esto nos preserva nuestra aristocracia. No hay país donde un «pobre diablo de millonario la pase tan mal como en Inglaterra». El experimento se prueba todos los días, y todos los días se demuestra que el dinero solo —el dinero pur et simple— no comprará la «Sociedad Londinense». El dinero se mantiene a raya y, por decirlo así, acobardado por la autoridad predominante de un poder diferente.