otro modo. En los tratados de gran importancia, probablemente, al ser ingleses, compartirían el mismo criterio que el resto de los ingleses. Si en tales casos mostraran reticencia a obrar como el pueblo desea, se les impartiría la misma lección que en las cuestiones vitales y apasionantes de la legislación interna, y no es tan probable que esto suceda, pues en estas cuestiones internas y orgánicas el interés y el sentimiento de los pares suelen ser presumiblemente opuestos a los de otras clases: es posible que estén ansiosos por no renunciar al poder mismo que otras clases están ansiosas por adquirir; pero en política exterior no existe una oposición de intereses similar — un par y un no par tienen presumiblemente en ese asunto el mismo interés y los mismos deseos.
Probablemente, si se considerara deseable otorgar al Parlamento un control más directo sobre las cuestiones de política exterior del que posee ahora, el mejor método no sería exigir un voto formal sobre el tratado cláusula por cláusula.
Esto exigiría demasiado tiempo y conduciría a modificaciones innecesarias en detalles menores. Bastaría con permitir que el tratado fuera presentado ante ambas Cámaras, digamos durante catorce días, y que adquiriera validez a menos que una u otra Cámara pusiera objeciones antes de que expirara dicho intervalo.