Nadie, me imagino, puede dudar de cuán importantes son la unidad y la cohesión en la acción política. Podemos distinguir y definir sus partes; pero la política es una unidad y un todo. Actúa mediante leyes, mediante administradores; requiere ora lo uno, ora lo otro; a menos que pueda mover fácilmente a ambos, pronto se verá entorpecida; a menos que tenga el mando absoluto de ambos, su obra será imperfecta. El carácter entrelazado de los asuntos humanos requiere una energía determinante única; una fuerza distinta para cada compartimento artificial no hará sino un mosaico abigarrado, si es que llega a vivir lo suficiente como para hacer algo. La excelencia de la Constitución británica radica en que ha logrado esta unidad; en que en ella el poder soberano es único, posible y bueno.
El éxito se debe principalmente a la peculiar disposición de la Constitución inglesa, que sitúa la elección del poder ejecutivo en la «Cámara del pueblo»; pero no se habría podido lograr por completo de no ser por dos piezas, a las que me atrevo a llamar la «válvula de seguridad» de la Constitución y el «regulador».
La válvula de seguridad es la singular disposición de la Constitución de la que hablé extensamente en mi ensayo sobre la Cámara de los Lores. El jefe del ejecutivo puede vencer la resistencia de la segunda cámara eligiendo nuevos miembros para esa misma cámara; si no encuentra una mayoría, puede crear una mayoría. Esta es una válvula de seguridad en el más genuino sentido de la palabra. Permite que la voluntad popular —la voluntad de la cual el ejecutivo es el exponente, la voluntad de la cual es el designado— lleve a cabo dentro de la Constitución deseos y concepciones que una de las ramas de la Constitución rechaza y resiste. Da salida a una peligrosa acumulación de poder reprimido que podría arrasar con esta Constitución, tal como acumulaciones similares han arrasado a menudo con constituciones semejantes.