Toda su educación y el hábito de sus vidas los impulsan a obrar así. Entran jóvenes en la rama específica del servicio público a la que se adscriben; se ocupan durante años en aprender sus formas y, después, también durante años, en aplicar dichas formas a asuntos insignificantes. Son, por usar la frase de un viejo escritor, «tan solo los sastres de los asuntos; cortan la ropa, pero no hallan el cuerpo». Hombres formados de tal modo han de acabar considerando la rutina de los negocios no como un medio, sino como un fin; imaginando que la elaborada maquinaria de la que forman parte, y de la que derivan su dignidad, es un resultado grandioso y consumado, y no un instrumento operativo y mudable. Pero en un mundo abigarrado, ora surge un mal, ora otro. Los mismos medios que mejor le ayudaron ayer bien pudieran ser los que más le estorben mañana: tal vez mañana quiera hacer algo distinto, y toda su acumulación de medios para la labor de ayer no sea sino un obstáculo para la labor nueva. El sistema militar prusiano es hoy objeto de asombro general, pero hace sesenta años servía de moraleja en contra de la forma. Todos hemos oído el dicho de que «Federico el Grande perdió la batalla de Jena». Fue el sistema que él había establecido —un buen sistema para sus necesidades y sus tiempos— el que, seguido a ciegas y prolongado en una época distinta, puesto a competir con nuevos rivales, condujo a su país a la ruina. El sistema prusiano, «muerto y formal», se contrastaba entonces con el sistema francés, «vivo», fruto repentino de la nueva democracia explosiva. El sistema que existe ahora es el producto de la reacción, y la historia de su predecesor sirve de advertencia de lo que su propia historia futura también puede ser. No goza de mayor celebridad en su día que el de Federico en el suyo, y el principio enseña que una burocracia,
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V. On Changes of Ministry
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