«El rey», dice un escritor de la época de Jorge IV, «está a nuestro favor y, lo que viene más al caso, la marquesa de Conyngham también lo está». Todo el mundo sabe a qué clase de influencias se han atribuido varios cambios de gobierno italianos desde la unidad de Italia. Es probable que estas agencias siniestras actúen con mayor eficacia justo cuando todo lo demás está revuelto y cuando, por tanto, resultan especialmente peligrosas. La más desenfrenada y perversa de las amantes reales no conspiraría contra una administración invulnerable. Pero muchísimas intrigarán cuando el Parlamento está desconcertado, cuando los partidos están divididos, cuando las alternativas son múltiples, cuando son posibles muchas cosas malas y cuando el gobierno de gabinete ha de resultar difícil.
Es muy importante ver que se puede iniciar una buena administración sin un soberano, porque algunos estadistas coloniales lo han dudado.
«Puedo concebir —se ha dicho— que un Ministerio funcionaría bastante bien sin un gobernador una vez puesto en marcha, pero no veo cómo ponerlo en marcha».
Se ha sugerido incluso que una colonia que se separara de Inglaterra, y tuviera que formar su propio Gobierno, podría no elegir imprudentemente a un gobernador vitalicio, al que se confiara exclusivamente la selección de los ministros, algo así como el gran elector del abad Sieyès.
Pero la introducción de un funcionario semejante en una colonia de esa índole constituiría de hecho la erección voluntaria de un obstáculo artificial para ella. Inevitablemente sería un hombre de partido. El puesto más digno del Estado ha de ser objeto de disputa para las grandes secciones en que se