Al hacerlo, además, la aristocracia abdica de su posición natural: aquella mediante la cual obtendría mayor poder y en la cual haría mayor bien. Deben ser los líderes de la plutocracia. En todos los países la riqueza nueva está dispuesta a adorar a la vieja riqueza, con tal de que la vieja riqueza se lo permita, y no necesito decir que en Inglaterra la riqueza nueva se muestra ávida en su devoción. Satírico tras satírico nos ha contado cuán rápidos, cuán dispuestos, cuán ansiosos están los recién enriquecidos por relacionarse con los antiguamente ricos. Probablemente en ningún país del mundo el rango tiene tanto valor de «mercado» como en Inglaterra hoy en día. Por supuesto, ha habido muchos países en los que ciertas familias antiguas, ricas o pobres, eran adoradas por poblaciones enteros con una devoción más intensa y poética, pero dudo que haya existido alguno en el que todas las familias antiguas y todas las familias con título hayan recibido una observancia más pronta por parte de quienes eran sus iguales, tal vez sus superiores, en riqueza, sus iguales en cultura, y sus inferiores únicamente en linaje y rango. Los poseedores de las distinciones «materiales» de la vida, como los clasificaría un economista político, se apresuran a adorar a quienes poseen las distinciones inmateriales. Nada puede ser políticamente más útil que tal homenaje, si se utiliza con habilidad; ninguna insensatez puede ser más vana que repelerlo y rechazarlo.
El culto es tanto más importante políticamente por tratarse del culto del superior político al inferior político. En unas elecciones, los no titulados son mucho más poderosos que los titulados.
Ciertos pares a título individual ejercen, debido a sus grandes posesiones, una gran influencia electoral, pero, en su conjunto, la Cámara de los Lores no constituye una fuerza electoral principal. Cuenta con tantos hombres pobres en su interior, y tantos hombres ricos en su exterior, que su valor electoral se ve mermado.