Ciertamente, el sistema no se puso en manos poco confiables. En el momento crítico, el señor Chadwick, uno de los administradores más activos y capaces de Inglaterra, era el secretario y la fuerza motriz; el comisionado principal era Sir George Lewis, tal vez el mejor administrador selectivo de nuestro tiempo. Pero la Cámara de los Comunes no dejaba en paz a la Comisión. Durante mucho tiempo se la defendió porque los whigs la habían creado y se sentían obligados, como partido, a protegerla. La nueva ley arrancó con un cierto ímpetu intelectual y, hasta que este se agotó, su administración se mantuvo en una existencia tambaleante gracias a una fuerza anormal. Pero después, los comisionados quedaron abandonados a su debilidad intrínseca. Había diputados por todas las localidades, pero no los había para ellos. Había diputados para cada capricho e interés corrupto, pero no para ellos. A los tutores rurales les habría gustado complementar los salarios con tasas; los tutores urbanos odiaban el control y odiaban gastar dinero. La Comisión tuvo que disolverse y se le añadió un jefe parlamentario; el resultado no es perfecto, pero constituye una mejora asombrosa respecto a lo que habría sucedido con el sistema anterior. El sistema nuevo no ha funcionado bien porque la autoridad central tiene demasiado poco poder; pero bajo el sistema previo la autoridad central estaba llegando a no tener, y a estas alturas habría tenido, poder alguno. Y si Sir George Lewis y el señor Chadwick no pudieron sostener un departamento periférico frente al Parlamento, ¡cuán improbable es que un compuesto inferior de prudencia y actividad llegue a sostenerlo jamás!
Estos razonamientos muestran por qué un jefe parlamentario cambiante, un jefe que cambia a medida que cambia el Ministerio, es una necesidad del buen gobierno parlamentario, y afortunadamente existe una disposición natural para que haya tales jefes. La organización de partidos lo garantiza.