jamás el impulso anómalo hacia el trabajo real; cuán poco común es ese impulso en cualquier parte; cuán poco están calculadas las circunstancias de los príncipes para fomentarlo; cuán poco se puede confiar en él como un rompeolas ordinario frente a sus tentaciones habituales! Los hombres graves y prudentes pueden tener virtudes domésticas en un trono constitucional, pero incluso estas fallan a veces, y figurarse que los hombres de temperamentos más impetuosos las producirán comúnmente, es esperar uvas de los espinos e higos de los abrojos.
Por último, la monarquía constitucional cumple la función sobre la que insistí largamente en mi último ensayo y en la que, aunque es con mucho la mayor, no necesito explayarme de nuevo ahora. Actúa como un disfraz. Permite que nuestros gobernantes reales cambien sin que la gente imprudente se entere. Las masas de ingleses no son aptas para un gobierno electivo; si supieran cuán cerca están de él, se sorprenderían y casi temblarían.