refinado, que son los defectos de lord Palmerston, debieron de chirriarle al príncipe Alberto, quien poseía la cautela y el valor propios de un erudito.
Los hechos serán conocidos por los hijos de nuestros hijos, aunque no por nosotros.
El príncipe Alberto hizo mucho, pero murió antes de haber podido hacer sentir su influencia en una generación de hombres de estado menos experimentados que él, y ansiosos por aprender de su ejemplo.
Sería pueril suponer que una conferencia entre un ministro y su soberano puede ser jamás una conferencia de pura argumentación. > «La divinidad que cercó a un rey» puede tener menos santidad que antaño, pero aún conserva mucha. Nadie, o casi nadie, puede discutir con un ministro del gabinete en su propio despacho tan bien como lo haría con cualquier otro hombre en cualquier otro lugar. No puede exponer sus propios argumentos con la misma eficacia; no puede refutar con la misma soltura los que se le presentan. El despacho de