El difunto Sr. James Wilson, un juez consumado en asuntos administrativos, sostuvo entonces que no debía nombrarse ningún consejo eo nomine, sino que el verdadero Consejo de un ministro del gabinete era un cierto número de secretarios altamente remunerados, muy ocupados y responsables, a quienes el ministro pudiera consultar ya sea por separado o en conjunto, según y cuando él lo decidiera. Tales secretarios, sostenía el Sr. Wilson, debían ser competentes, pues ningún ministro sacrificará su propia comodidad y pondrá en peligro su propia reputación nombrando a un tonto para un puesto tan cercano a él y donde puede causar mucho daño. * Un miembro de una Junta puede ser incompetente fácilmente; si algunos de los otros miembros y los presidentes son competentes, la adición de uno o dos hombres estúpidos no se notará; recibirán sus salarios y no harán nada. * Pero un subsecretario permanente, encargado de un control real sobre asuntos muy importantes, debe ser competente, o su superior será censurado y habrá «un escándalo en el
No puedo discutir aquí, ni soy competente para hacerlo, cuál es el mejor modo de componer los departamentos públicos y de subordinarlos a una jefatura parlamentaria. Debería haber constancia escrita de dictámenes especializados sobre la materia antes de que una persona sin experiencia específica pueda meditar sobre ella con algún propósito. Pero puedo observar que el plan sugerido por el Sr. Wilson es el que se sigue en la parte más exitosa de nuestra administración: la de «Medios y Arbitrios» (Ways and Means). Cuando el Canciller de la Hacienda elabora un presupuesto, exige a los jefes responsables del departamento de ingresos sus estimaciones sobre la renta pública bajo la hipótesis preliminar de que no se introduce ningún cambio y de que los impuestos del año pasado continúan; si, más adelante, piensa