cantinela de insinceridad, pero siempre sabíamos a qué se atenía; tenía el cerebro de un gobernante bajo las ropas de un dandi». La posteridad apenas comprenderá las palabras del anciano memorialista, pero nosotros hoy sentimos su efecto. La Cámara de los Comunes, desde que adoptó su tono de un estadista semejante, ha enseñado peor a la nación y la ha elevado menos que de costumbre.
Creo, sin embargo, que un observador atento decidiría que, en general y por principio, la Cámara de los Comunes no enseña al público tanto como podría enseñarle, o como el público desearía aprender. No deseo que en el Parlamento se expongan asuntos muy abstractos, muy filosóficos o muy arduos. La enseñanza que allí se imparte debe ser popular, y para ser popular ha de ser concreta, encarnada, breve. El problema consiste en conocer la verdad más alta que el pueblo sea capaz de soportar, e inculcarla y predicarla. Ciertamente, lord Palmerston no la predicaba. Nos envileció un poco al predicar una doctrina situada justo por debajo de nuestro propio nivel; una doctrina no lo suficientemente inferior como para repugnarnos en gran medida, pero sí lo bastante como para perjudicarnos al acrecentar una mundanidad que no necesitaba añadidos, y al mermar un amor por los principios y la filosofía que