de negocios les encanta una especie de penumbra. Han vivido toda su vida en una atmósfera de probabilidades y de duda, donde nada es muy claro, donde hay algunas posibilidades para muchos acontecimientos, donde hay mucho que decir a favor de varios cursos de acción, donde sin embargo un curso debe ser elegido con determinación y mantenido firmemente. Les gusta escuchar argumentos adecuados a esta bruma intelectual. Tan lejos está de parecerles la cautela o la vacilación en la exposición del argumento como un indicio de imbecilidad, que les parece un signo de pragmatismo. Ellos mismos se enriquecieron mediante transacciones de las cuales no habrían podido exponer la base argumentativa, y todo lo que piden es una conclusión clara aunque moderada, que puedan repetir cuando se les pregunte; algo que sienten que no es un argumento abstracto, sino un argumento abstracto diluido y disuelto en la vida real. «A mí me parece», dijo una vez un joven impaciente, «que los argumentos de Peel no tienen consistencia». Y esa fue la razón por la cual Sir Robert Peel fue el mejor líder de los Comunes en nuestro tiempo; nos gusta que a un argumento se le quite la rigidez y se le deje la sustancia.
Ni en verdad, bajo nuestro sistema de gobierno, los propios líderes de la Cámara de los Comunes están, por lo general, ávidos de llevar las conclusiones partidistas demasiado lejos. Están en contacto con la realidad. Una Oposición, al llegar al poder, suele ser como un comerciante especulador cuyas letras de cambio vencen. Los ministros tienen que cumplir sus promesas, y encuentran dificultades para hacerlo. Han dicho que el estado de cosas es tal y cual, y que si les dan el poder harán esto y aquello. Pero cuando llegan a manejar los documentos oficiales, a conversar con el subsecretario permanente —familiarizado con los hechos desagradables y que, aunque de modales muy respetuosos, resulta de lo más inquebrantable en su opinión—, muy pronto surgen las dudas.