En Inglaterra, por el curioso curso de nuestra sociedad, lo que un teórico desearía ha acabado por suceder.
Los grandes cargos, ya sean permanentes o parlamentarios, que exigen intelecto otorgan ahora prestigio social, y casi solo esos.
Un subsecretario de Estado con 2.000 libras al año es un hombre mucho más influyente que el director de una compañía financiera con 5.000, y el país se ahorra la diferencia.
Pero excepto en unas pocas oficinas como la del Tesoro, que en su día estuvieron ocupadas por gente aristocrática y conservan un tufillo a nobleza de segunda mano, un puesto menor no tiene ninguna utilidad social.
Un gran tendero desprecia al empleado de impuestos; y lo que en muchos países se consideraría imposible, el empleado de impuestos envidia al tendero.
La riqueza sólida cuenta allí donde no se concede ninguna dignidad artificial a las funciones públicas insignificantes. Un empleado de la administración pública es «nadie», y no lograrías que un inglés corriente entendiera por qué debería ser alguien.
Pero debe reconocerse que esta conversión de la sociedad en un recurso político la ha medio arruinado. Una gran parte de la «mejor» gente inglesa mantiene su mente en un estado de decorosa atonía. Mantienen su dignidad; logran ser obedecidos; son buenos y caritativos con sus subordinados. Pero no tienen la menor noción de agilidad mental: ninguna idea de que el encanto de la sociedad depende de ello.