En cuarto lugar, la Cámara de los Comunes tiene lo que podría llamarse una función informativa: una función que, aunque en su forma actual es bastante moderna, resulta singularmente análoga a una función medieval. Antiguamente, una de las funciones de la Cámara de los Comunes era informar al soberano de lo que iba mal. Presentaba ante la Corona los agravios y quejas de intereses particulares. Desde la publicación de los debates parlamentarios, una función correspondiente del Parlamento es presentar estos mismos agravios, estas mismas quejas, ante la nación, que es el soberano actual. La nación los necesita tanto como el rey los necesitó jamás. Un pueblo libre es en verdad mayor anverso equitativo, la libertad ejercita a los hombres en el dar y recibir, que es la esencia tosca de la justicia. El pueblo inglés, posiblemente incluso por encima de otras naciones libres, es equitativo. Pero una nación libre rara vez puede ser —y la nación inglesa no lo es— de rápida comprensión. Solo comprende lo que le es familiar, lo que entra dentro de su propia experiencia, lo que concuerda con sus propios pensamientos. «Jamás en mi vida había oído tal cosa», dice el inglés de clase media, y cree que con eso refuta un argumento. El polemista común no puede replicar que su experiencia es limitada, y que la afirmación puede ser cierta aunque no se haya topado con nada parecido en absoluto. Pero un gran debate en el Parlamento sí hace que este sentimiento cale en cierta medida. Cualquier noción, cualquier credo, cualquier sentimiento, cualquier agravio que logre que un número decente de diputados ingleses lo defienda, es percibido por casi todos los ingleses como una opinión tal vez falsa y perniciosa, pero en cualquier caso posible; una opinión dentro de la esfera intelectual, una opinión con la que hay que contar. Y eso es un logro inmenso. Los diplomáticos prácticos afirman que un Gobierno libre es más difícil de tratar que uno despótico; es posible que uno logre que el déspota escuche a la otra parte; sus ministros, hombres de inteligencia formada, sabrán sin duda qué juega en su contra, y es posible que se lo digan. Pero una nación libre jamás escucha otra parte que no sea la suya propia. Los periódicos solo
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IV. La Cámara de los Comunes
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