constatar. Quiénes acudieron exactamente al principio es oscuro y carece de importancia. No necesito distinguir entre el magnum concilium en el Parlamento y el magnum concilium fuera del Parlamento. Gradualmente, las principales asambleas convocadas por el soberano inglés adoptaron la forma precisa y definida de Lores y Comunes, tal como hoy los vemos en su apariencia exterior. Pero su verdadera naturaleza era muy diferente. El Parlamento de hoy es un órgano gobernante; el Parlamento medieval era, si se me permite decirlo, un órgano expresivo. Su función era decirle al poder ejecutivo —el rey— lo que la nación deseaba que hiciera; hasta cierto punto, guiarlo con una nueva sabiduría y, en grandísima medida, guiarlo con nuevos hechos. Estos hechos eran sus propios sentimientos, que eran los sentimientos del pueblo, porque formaban parte integrante del pueblo. A partir de ahí el rey se enteraba, o tenía los medios para enterarse, de lo que la nación toleraría y de lo que no toleraría; de lo que podía hacer y de lo que no podía hacer. Si se equivocaba mucho en esto, se producía una rebelión.
Hay, como es bien sabido, tres grandes periodos en la Constitución inglesa. El primero de ellos es el periodo antetudor. El Parlamento inglés pareció entonces adquirir una fuerza y un poder extraordinarios. El título a la Corona era incierto; algunos monarcas eran imbéciles. Muchos hombres ambiciosos querían «hacer socios a los ciudadanos». Ciertos precedentes de aquella época fueron citados con grave autoridad siglos después, cuando la época de la libertad realmente había llegado. Pero las causas de este rápido crecimiento produjeron pronto un declive aún más repentino. La confusión lo fomentó, y la confusión lo destruyó.