Pero podrá decirse que esto no es ninguna ganancia; que, culto por culto, el culto al dinero es tan bueno como el culto a la jerarquía. Aun concediendo que así fuera, es una gran ventaja para la sociedad tener dos ídolos: en la competencia de las idolatrías, el culto verdadero tiene una oportunidad.
Pero no es cierto que la veneración por la jerarquía —al menos, por la jerarquía hereditaria— sea tan baja como la veneración por el dinero. Tal como ha marchado el mundo, los modales han sido semihereditarios en ciertas castas, y los modales son una de las bellas artes. Son el estilo de la sociedad; son en el trato cotidiano y hablado de los seres humanos lo que el arte de la expresión literaria es en su trato escrito ocasional.
Al venerar la riqueza no veneramos a un hombre, sino a un apéndice de un hombre; al venerar la nobleza heredada, veneramos la probable posesión de una gran facultad: la facultad de hacer aflorar lo que uno lleva dentro.
La gracia inconsciente de la vida puede darse en las clases medias; personas de finos modales nacen en todas partes, pero debe darse en la aristocracia: y un hombre ha de nacer con un defecto en los nervios si no posee algo de ella. Es una posesión fisiológica de la estirpe, aunque a veces falte en el individuo.
Hay una tercera idolatría de la que la del rango nos libra, y tal vez sea la peor de todas: la del cargo. La divinidad más abyecta es un empleado subalterno y, sin embargo, ahora mismo en los Gobiernos civilizados es la más común. En Francia y en todo lo mejor del continente impera como una superstición. De nada sirve demostrar que el sueldo de los pequeños funcionarios es menor que el mercantil, que su trabajo es más monótono que el trabajo mercantil; que su mente es menos útil y su vida más sosa. A pesar de todo, se les cree más grandes y mejores. Están décorés; llevan un poco de rojo en el lado izquierdo de la solapa y ningún argumento servirá contra eso.