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nydus/The English ConstitutionPublic
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II. La Cámara de los Comunes

debería ser conocido. La noción entera de semejante gobierno es que el pueblo político —el pueblo gobernante— mande como le parezca. Todos los actos de cada administración han de ser examinados por él; le corresponde observar si tales actos parecen buenos y, de un modo u otro, intervenir si no parecen buenos. Pero no puede juzgar si se le mantiene en la ignorancia; no puede intervenir si no los conoce. Una prerrogativa secreta es una anomalía, tal vez la mayor de las anomalías. Esa reserva es, sin embargo, esencial para la utilidad de la realeza inglesa tal como es hoy en día. Por encima de todo, nuestra realeza ha de ser venerada, y si uno empieza a hurgar en ella, no puede venerarla. Cuando haya un comité selecto sobre la Reina, el encanto de la realeza habrá desaparecido. Su misterio es su vida. No debemos dejar entrar la luz del día sobre la magia. No debemos arrastrar a la Reina al combate de la política, o dejará de ser venerada por todos los contendientes; se convertirá en un contendiente más entre muchos. La existencia de este poder secreto es, según la teoría abstracta, un defecto en nuestra política constitucional, pero es un defecto propio de una civilización como la nuestra, donde se necesitan poderes augustos y por ende desconocidos, así como poderes conocidos y útiles.

Si intentamos calcular el funcionamiento de este poder interno mediante el testimonio de aquellos, ya estén muertos o vivos, que han entrado en contacto con él, hallaremos una singular diferencia. Tanto los cortesanos de Jorge III como los de la reina Victoria coinciden en cuanto a la magnitud de la influencia real. Para ambos constituye una doctrina secreta aceptada que la Corona hace más de lo que parece. Pero existe una gran discrepancia de opiniones en cuanto a la calidad de esa acción. A don Ch. Fox —Mr. Fox— no le tembló el pulso al describir la influencia oculta de Jorge III como la acción indetectada de «un espíritu infernal». La actuación de la Corona en aquel período era el temor y el pánico de los políticos liberales. Pero ahora

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