asamblea en la gestión de sus asuntos, de ganarse su atención en cada emergencia, de dominarla en sus horas de entusiasmo. Está sometido de manera notoria a una prueba rigurosa, y si fracasa debe dimitir.
Tampoco ningún partido querría confiar a un hombre débil el gran poder que un gobierno de gabinete confiere a su primer ministro.
El primer ministro, aunque elegido por el Parlamento, puede disolver el Parlamento. Los diputados estarían naturalmente ansiosos de que el poder que podría destruir su codiciada dignidad recayera en manos idóneas. No se atreven a poner en manos ineptas un poder que, además de perjudicar a la nación, podría arruinarlos por completo.
Podemos estar seguros, por tanto, de que siempre que el partido predominante esté dividido, la forma no real de gobierno de gabinete nos asegurará un líder parlamentario justo y capaz, y que nos dará un buen primer ministro, si no el mejor de todos.
¿Puede decirse que la forma real hace más?
En un caso creo que sí puede. > Si el monarca constitucional es un hombre de singular discernimiento, de disposición imparcial y gran conocimiento político, puede elegir de entre las filas del partido dividido a su mejor líder, incluso en un momento en que el partido, si se le dejara a su suerte, no lo nombraría. Si el soberano es capaz de desempeñar el papel de ese espectador plenamente inteligente pero perfectamente desinteresado que ocupa un lugar tan destacado en las obras de ciertos moralistas, tal vez pueda elegir para sus súbditos mejor de lo que ellos elegirían por sí mismos. Pero si el monarca no está tan exento de prejuicios y no posee este discernimiento casi milagroso, no es probable que pueda hacer