hombres más capaces de su tiempo. Habrán tenido que dirigir los asuntos del Parlamento de modo que lo satisfagan; habrán tenido que hablar de modo que lo satisfagan. Ambas cosas a la vez no pueden hacerse sino por un hombre de muy grande y variada capacidad. El ejercicio de ambos dones ha de enseñarle a un hombre mucho del mundo; y si no lo hiciera, un líder parlamentario ha de pasar por un magnífico entrenamiento antes de convertirse en líder. Ha de conseguir un escaño en el Parlamento; captar la atención del Parlamento; ganar la confianza del Parlamento; ganar la confianza de sus colegas. Nadie puede lograr todo esto —nadie, más aún, puede tanto lograrlo como conservarlo— sin una capacidad singular, primorosamente formada en el variado detalle de la vida.
¿Qué oportunidad tiene un monarca hereditario, tal como la naturaleza lo fuerza a ser, tal como la historia lo muestra, frente a hombres tan educados y tan nacidos?
No puede ser más que un hombre corriente para empezar; a veces será inteligente, pero a veces será estúpido; a la larga no será ni inteligente ni estúpido; será el hombre simple y común que recorre la llana rutina de la vida desde la cuna hasta la tumba.
Su educación será la de alguien que nunca ha tenido que luchar; que siempre ha sentido que no tiene nada que ganar; a quien se le ha dado la primera dignidad; que nunca ha visto la vida común tal como es en verdad.
Es ocioso esperar que un hombre común nacido en cuna de oro tenga mayor genio que un hombre extraordinario nacido fuera de ella; esperar que un hombre cuyo puesto siempre ha sido fijo tenga mejor juicio que uno que ha vivido de su juicio; esperar que un hombre cuya carrera será la misma tanto si es prudente como si es imprudente tenga la sutil prudencia de uno que ha ascendido por su sabiduría, que caerá si deja de ser sabio.