lo demás tal como está. No destruirá la Cámara de los Lores y dejará a los jóvenes lores ricos, con su riqueza y sus títulos, sentados en los Comunes. Probablemente arrasaría con todos los títulos a su paso —al menos con todos los títulos legales— y de un modo u otro rompería el curioso sistema por el cual las haciendas de las grandes familias van a parar al primogénito. Ese sistema es muy artificial; se puede esgrimir un buen argumento a favor, pero no se puede esgrimir un argumento sonoro, un argumento que llegue a la multitud y la gobierne. La cosa parece una injusticia, y en una época de pasión popular no se sostendría. Mucho antes de llegar a la división igualitaria obligatoria del Código Napoleónico, se podrían estipular cláusulas estrictas para obstruir e impedir estas grandes acumulaciones de propiedad. Ciertamente, pocas cosas son menos probables que una tempestad violenta como esta para destruir haciendas grandes y hereditarias. Pero entonces, también, pocas cosas son menos probables que un estallido para destruir la Cámara de los Lores; mi punto es que una catástrofe que nivele una no perdonará a la otra.
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