Ciertas clases en ciertas naciones conservan por aceptación común una marcada preferencia política, porque siempre la han poseído y porque heredan una especie de pompa que parece hacerlas dignas de ella. Pero en una nueva colonia, en una comunidad donde el mérito puede ser igual y donde no puede haber marcas tradicionales de mérito y aptitud, es obvio que la deferencia política solo puede concederse a una cultura superior previa prueba, primero, de su existencia, y segundo, de su valor político. Pero es casi imposible dar tal prueba de modo que satisfaga a las personas de menor cultura. En una época futura y mejor del mundo tal vez pueda lograrse; pero en esta época las premisas requeridas apenas existen; si la discusión está abierta de manera efectiva, si el debate comienza con justicia, es casi imposible obtener una aquiescencia racional y argumentativa al gobierno de la minoría culta. Hasta ahora, la minoría gobierna por su influencia, no sobre la razón de la multitud, sino sobre sus imaginaciones y sus hábitos; sobre sus fantasías acerca de cosas distantes que no conocen en absoluto, sobre sus costumbres acerca de cosas cercanas que conocen muy bien.
Una comunidad deferente en la que la gran masa de la población es ignorante se encuentra, por tanto, en un estado de lo que en mecánica se denomina equilibrio inestable. Si el equilibrio se altera una vez, no hay tendencia a volver a él, sino más bien a alejarse de este. Un cono equilibrado sobre su punta se halla en equilibrio inestable, pues si se le empuja por mínimo que sea, se apartará cada vez más de su posición y caerá al suelo. Así, en las comunidades donde las masas son ignorantes pero respetuosas, si se permite una vez que la clase ignorante comience a gobernar, se puede decir adiós a la deferencia para siempre. Sus