demagogos inculcarán, sus periódicos relatarán, que el gobierno de la dinastía existente (el pueblo) es mejor que el gobierno de la dinastía caída (la aristocracia). Un pueblo rara vez escucha las dos caras de un tema que le interesa profundamente; los órganos populares adoptan la postura que resulta aceptable y, de hecho, ningún otro medio que no sea el popular llega al pueblo. Un pueblo nunca escucha su propia censura. Nadie le diría que la minoría educada a la que destronó gobernaba mejor o con más sabiduría de lo que él gobierna. Una democracia nunca, salvo tras una catástrofe terrible, devolverá lo que una vez se le ha concedido, pues hacerlo equivaldría a admitir en sí misma una inferioridad de la que, salvo por alguna desgracia casi insoportable, jamás podría ser convencida.
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VII. Los prerrequisitos del gobierno de gabinete
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