Cámara de los Comunes a algún hidalgo rural, es deseable que muchos sean hombres de cierto rango. Mientras mantengamos un doble juego de instituciones —uno dignificado y destinado a impresionar a las masas, el otro eficiente y destinado a gobernar a las masas—, debemos cuidar de que ambos encajen a la perfección y oculten dónde empieza el uno y dónde termina el otro. Esto se logra en parte concediendo cierto poder subordinado a la parte augusta de nuestro sistema político, pero se ve igualmente favorecido al mantener un elemento aristocrático en la parte útil de nuestro sistema político. En verdad, el instinto deferente garantiza ambas cosas. La aristocracia es un poder en los «distritos electorales». Un hombre que es honourable o baronet, o mejor aún, tal vez, un verdadero conde, aunque sea irlandés, es codiciado por la mitad de los cuerpos electorales; y caeteris paribus, el hijo de un fabricante no tiene ninguna posibilidad frente a él. La realidad del sentimiento de deferencia en la comunidad se comprueba con la elección real de la clase a la que se le guarda deferencia, cuando existe una amplia libertad de elección entre esta y las demás.
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IV. La Cámara de los Comunes
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