Yo también estoy dispuesto a negar por completo que pueda haber algún tratado para el cual no se le puedan dar razones adecuadas al pueblo inglés, que el pueblo inglés deba hacer.
Una gran parte de la reticencia de la diplomacia, según creo que muestra la historia, valdría mucho más que se dijera abiertamente.
Las peores familias son aquellas en las que los miembros nunca se dicen realmente lo que piensan los unos a los otros; mantienen una atmósfera de irrealidad y todos viven siempre en un ambiente de animadversión reprimida. Lo mismo ocurre con las naciones.
A las partes interesadas casi siempre les iría mejor si escucharan las razones de peso que indujeron a los negociadores a hacer el tratado, y los negociadores harían su trabajo mucho mejor, pues la mitad de las ambigüedades en los tratados son causadas porque a los negociadores no les agrada el hecho o no se toman la molestia de formular claramente su propio significado en sus propias mentes. Y se verían obligados a dejarlo claro si tuvieran que defenderlo y debatir sobre él ante una gran asamblea.
En segundo lugar, se podrá objetar al cambio sugerido que el Parlamento no está siempre en sesiones, y que si los tratados requirieran su aprobación, a veces habría que convocarlo fuera de temporada, o los tratados tendrían que retrasarse.
Y esta es, hasta cierto punto, una objeción válida, pero no creo que llegue muy lejos. La gran mayoría de los tratados podrían esperar un poco sin daño, y en los muy escasos casos en que sea necesaria una prisa urgente, se podría justificar perfectamente una sesión otoñal del Parlamento, ya que la ocasión ha de ser de grave y crítica importancia.